Sin lugar a dudas, el coronavirus nos sacudió el piso. Antes de la pandemia nos movíamos por el mundo con esa falsa sensación de seguridad y control, y en unos pocos días un virus microscópico produjo algo cósmico. Era difícil imaginar algo que pudiera desencadenar cambios tan profundos en tan poco tiempo.

Hay muchas lecciones que podemos aprender de la cuarentena y del confinamiento y pienso que entre todas ellas hay algo en común. Todas estas lecciones juntas tienen el potencial de transformarnos en las personas que realmente debemos ser.

1. De "yo" a "nosotros"

Al comienzo de la pandemia había una abrumadora sensación de miedo e incertidumbre. ¿Recuerdas el pánico por quedarse sin comida, sin desinfectante o sin papel higiénico? ¡Fue una locura!

A mí me costó no juzgar a los demás al observar que cargaban el carro del supermercado con 10 docenas de huevos, 10 paquetes de pollo y 10 bolsas de leche. Me esforcé para juzgarlos favorablemente, pensé que tal vez tenían familias muy numerosas, quizás sus padres ancianos vivían con ellos, tal vez repartían comida a otras personas… Me esforcé, realmente lo hice.

Pero al ver los estantes del supermercado vacíos durante semanas, sentí que todos pensaban sólo en sí mismos. Esta actitud de: "Lo único que importa soy yo. Mientras yo tenga lo que necesito, todo estará bien". Era una situación muy triste y poco judía.

Aunque en el judaísmo la dignidad del individuo es una prioridad, no logramos sobrevivir tanto tiempo como pueblo sin tener una responsabilidad colectiva. Esto lo vemos claramente en nuestras plegarias. En las Altas Fiestas nos reunimos para rezar comunitariamente y pedimos perdón todos juntos. En la festividad de Sucot invitamos huéspedes para celebrar la alegría del judaísmo y unimos las cuatro especies como una señal de nuestra unidad.

Nuestros Sabios dijeron: "Kol Israel arevim zé bazé", cada judío es responsable el uno por el otro. El judaísmo no es sólo un código de responsabilidad individual; también somos responsables por nuestros semejantes.

Rav Jonathan Sacks describe bellamente esta idea de responsabilidad colectiva como algo que nos conecta como ciudadanos del mundo. Ser ciudadano de un estado, o residente de un barrio, inevitablemente significa participar en cierto destino colectivo. "Lo que me ocurre sólo está parcialmente determinado por lo que yo hago. También se ve determinado por lo que hacen los demás. Ya sea con nuestro acuerdo o en contra de nuestra voluntad, nos vemos afectados por quienes nos rodean". Nuestro rol en la propagación y contención de este virus habla profundamente de nuestra conexión y responsabilidad mutua.

Puedo dar testimonio de que las cosas cambiaron. En cierto momento hubo un cambio (¿quizás cuando volvieron a poner en los estantes papel higiénico?). Vimos que todo el mundo pasó de una actitud de YO a un NOSOTROS.

Primero vimos que la gente comenzó a reconocer y a agradecer la increíble dedicación y sacrificio de quienes trabajan en la línea de fuego. En todo el mundo hubo una corriente de gratitud que cubrió al planeta como una manta de amor. Para mí, eso significó que la actitud de "lo único que importa soy yo" había sido reemplazada por "¡en esto estamos todos juntos!".

Durante esta época vimos manifestaciones increíbles de bondad, generosidad y amor. Poco después de Pésaj salió a la luz una de estas historias destacadas de bondad. Una familia tuvo una idea para ayudar a una vecina que iba a estar completamente sola en el Séder y la invitaron a compartirlo con ellos. Para lograrlo, en cada casa empujaron la mesa del comedor hasta la ventana, para poder estar lo más "cerca" posible. Después del Iom Tov, el hijo de la mujer la llamó para saber cómo lo había pasado. Ella le dijo: "¡En verdad fue muy bello! ¡Todas las canciones que cantan los vecinos son exactamente las mismas melodías que nosotros cantamos en nuestro Séder! ¿No es increíble?".

Lo que hace que esta historia de increíble bondad sea todavía más increíble es el trasfondo. La semana previa al Séder, después de que los vecinos invitaran a la mujer a unirse a su Séder a través de las ventanas, ellos llamaron a su hijo y le dijeron: "Por favor, enséñanos las melodías que ustedes cantan en su mesa para que tu mamá se sienta lo más incluida posible". Durante esa semana la familia practicó las nuevas melodías de las canciones.

El COVID sacó a la luz lo mejor de nosotros y demostró la unidad al ver a los demás como parte de una gran familia, am ejad belev ejad, 'una nación con un solo corazón'.

2. Gratitud

Este año será recordado como el año en que nos vimos obligados a bajar la velocidad de nuestras vidas cotidianas y hacer un balance de todas nuestras bendiciones. Al estar sentados en casa, alejados del caos externo, comenzamos a valorar más profundamente lo que tenemos, regalos básicos como la salud, un hogar y una familia.

Con esta valoración, aprendimos a ser más humildes, a ceder el control, a enfrentar cada día tal como se presenta, a vivir un poco más en el presente. Este fue un período para enfocarnos en la gratitud a Dios por todo lo que Él hace por nosotros a cada instante.

Cuentan que un hombre anciano se contagió de COVID-19 y tuvieron que conectarlo a un respirador. Gracias a Dios sobrevivió. Cuando se recuperó lo suficiente para salir del hospital, le dieron la cuenta que debía pagar, que incluía el oxígeno que recibió durante las dos semanas que estuvo conectado al respirador. El hombre miró la cuenta y comenzó a llorar. El administrador del hospital le dijo: "Yo sé que es mucho dinero. No se preocupe, no tiene que pagarlo todo junto".

El anciano lo miró y le dijo: "No lloro por la cuenta. Lloro porque pensé cuánto le debo a Dios por todo el oxígeno que me dio gratis durante toda mi vida".

La pandemia nos ayudó a entender que Dios responde a cada instante plegarias por cosas que ni siquiera pedimos. ¿Acaso le pedimos a Dios levantarnos esta mañana y poder ver, escuchar, respirar o caminar? La mayoría tomamos estas cosas como algo obvio. ¿Cuándo fue la última vez que realmente le pedimos a Dios por eso? Sin embargo, Él nos da cada día estas bendiciones. Que Dios no lo permita, pero si nos quitaran esas cosas, apreciaríamos mucho más esas bendiciones.

El COVID-19 nos ayudó a comprender que las cosas pequeñas en verdad son COSAS GRANDES. No dejemos que termine este año sin aprender estas lecciones fundamentales.

3. Dios no tiene un plan B

Dios es todopoderoso, sabe todo y es completamente bueno. Cuando comenzó el COVID, muchas personas se preguntaron por qué estaba ocurriendo esto del coronavirus. ¿Acaso Dios no entendía que se suponía que yo debía enviar a mis hijos al campamento de verano, o casar a mi hija con 400 de sus amigos más cercanos, o que en ese mismo momento debía cuidar a mis padres ancianos?

Cada uno tiene su propio "debería haber sido". Pensamos que todo lo que tuvimos que reorganizar es un Plan B. Pero Dios dirige el mundo, así que todo lo que nos ocurre, lo bueno, los desafíos, todo… incluso el coronavirus, es el PLAN A. Dios no tiene un Plan B. ¡Dónde estamos es donde debemos estar! Esto significa que estamos destinados a reunirnos sólo con 10 personas respetando la distancia social, a usar máscaras y, para nuestros hermanos israelíes, volver a estar en cuarentena.

Reconocer que no podemos controlar lo que nos ocurre, que sólo podemos controlar cómo respondemos a lo que nos ocurre, para mí fue algo que me cambió la vida.

Un día, todos los bar mitzvá y graduaciones, funerales y visitas de shivá por zoom, y los servicios de las Altas Fiestas al aire libre serán un recuerdo lejano. A pesar de todo lo que cambió este año, lo que no cambió son los momentos de la vida judía que fueron tan significativos e inolvidables.

La cuarentena y el confinamiento nos enseñaron muchas lecciones. Este fue el año en el que entendimos con más profundidad cuán esenciales son las relaciones significativas y que, cuanto más nos enfocamos en NOSOTROS, en vez de hacerlo sólo en el YO, mejor nos va. Fue un año en el que realmente contamos nuestras bendiciones y nos enfocamos en todo lo que hicimos en vez de ver todo lo que perdimos. Y también aprendimos que Dios no tiene un Plan B, y que en la forma en que respondemos a lo que nos ocurre se encuentra nuestra máxima fortaleza.

Para terminar, en los últimos días se habló mucho de "nuestras burbujas". En el idioma vernáculo actual, esto está destinado a mantenernos a salvo y prevenir la propagación del COVID-19, pero el concepto es mucho más profundo. A lo largo de esta pandemia, tuve tiempo para reflexionar sobre mi burbuja y el impacto que tuvo sobre la trayectoria de mi vida. Puedo afirmar con certeza que haber traído a Dios a mi burbuja fue el mayor regalo de todos, porque por más aislados que nos hayamos sentido, con Dios en nuestra vida nunca estamos realmente solos.

¿Qué lecciones aprendiste durante la cuarentena? Comparte tus ideas en la sección de comentarios.