Todos conocemos las terribles pérdidas y los trastornos del 2020. Muerte, enfermedad, pérdida de empleo, inseguridad alimentaria, tensión mental, escuelas cerradas, polarización. No necesitamos repetirlo. Todos lo sabemos.

Pero quizás sean menos evidentes los beneficios que esta pandemia catalizó. ¿Cómo se comparan los beneficios con las pérdidas? Lo dejo para que lo evalúen otros, pero definitivamente tuvimos un año de beneficios y mejores hábitos. Vale la pena enumerarlos y agradecer por ellos. No debemos dejar que el COVID los opaque.

La vida es menos apresurada. Se parece menos a un manicomio. Hay más tiempo para pensar. En el 2020 quedó en evidencia que la contemplación no es un lujo, no es un arte olvidado, sino una parte valiosa de cada día.

La vida es menos abstraída. Está menos llena de obligaciones que tenemos que cumplir porque… simplemente porque tenemos que hacerlas. No, en el 2020 quedó en evidencia que no todo lo que pensábamos que debíamos hacer, realmente lo debíamos hacer.

La vida es menos material. En el 2020 gracias a todas las compras que no pudimos hacer, quedó en evidencia que, aunque comprar ciertas cosas es necesario y está bien extrañarlo o comprar en línea, había otras compras no eran necesarias. El tiempo que le dedicábamos, los ítems que se compraban, no eran necesarios.

La vida es menos arrogante. En el 2020 quedó en evidencia que no toda deficiencia social o médica tiene una respuesta ya preparada. Quedó en evidencia que los expertos pueden enfrentar la incertidumbre tal como el resto de las personas. En el 2020 se abrió un lugar para reconocer un "Poder superior". No estuvimos en control, a pesar de lo acostumbrados que estábamos a pensar que la humanidad puede controlarlo todo.

La vida se volvió menos egoísta. Menos centrada en nuestras necesidades y deseos. En el 2020 quedó en evidencia que la humanidad puede responder a las necesidades y los deseos de otros, a veces con acciones directas, otras veces simplemente con empatía.

La vida se volvió menos ensimismada. En el 2020 quedó en evidencia cómo viven los demás, desde los que operan restaurantes hasta los periodistas y los trabajadores de la salud. Hemos aprendido mucho sobre las recompensas y los peligros de profesiones que no son la nuestra.

La vida se volvió menos obsesionada. En el 2020 quedó en evidencia que a pesar de lo mucho que podemos extrañar cosas tales como un partido de fútbol o hockey profesional, teatro y conciertos, de todos modos es posible vivir sin eso.

La vida se volvió menos rutinaria. En el 2020 quedó en evidencia que las relaciones son más valiosas y que se les debe prestar más atención, incluso si sólo se lo puede hacer a través de Zoom o de otro contacto indirecto.

La vida se volvió menos insensata. En el 2020 quedó en evidencia que aunque todos llegamos a depender más de los medios electrónicos para el trabajo y las compras, también nos volvimos más críticos respecto a la inconsciencia de las interminables imágenes que parpadean en la pantalla. Muchos ahora dedicamos más tiempo a leer, ya sea en la pantalla o a la antigua, con un libro o un periódico en la mano.

La vida se volvió menos descuidada. En el 2020 quedó en evidencia que damos menos por sentada nuestra salud; nos lavamos las manos y no olvidamos tomar nuestros medicamentos, nos preocupamos por hacer ejercicios (dentro o fuera de un gimnasio). Al protegernos contra el COVID-19 llegamos a protegernos también contra otros daños a la salud.

La vida se volvió menos anónima. En el 2020 quedó en evidencia que en los barrios residenciales en verdad vive gente en esas casas que parecen estar vacías a la mañana, a la tarde y a la noche. Ahora se ve mucha más gente caminando en las calles.

La vida se volvió menos desconectada de la naturaleza. En el 2020 quedó en evidencia que no necesitamos sentarnos en la playa ni escalar una montaña para valorar un árbol en flor o el jardín de un vecino mientras deambulamos por el barrio.

La vida se volvió menos temporal. En el 2020 quedó en evidencia que la muerte nos rodea a todos, que en nuestro horizonte hay algo más que nuestros objetivos mundanos. Ya sea que lo enfoquemos en una vida después de esta vida o como un legado dentro de este mundo, nuestro horizonte se ha expandido.

La vida fue testigo de cierto quiebre de límites. Por lo menos para quienes viven en "burbujas" y niveles económicamente privilegiados, la vida y los problemas de los demás se volvieron más visibles y evidentes, porque esta pandemia no respeta esos límites.

La vida se volvió menos segura. No podemos predecir con seguridad y de forma automática lo que ocurrirá la próxima temporada. La incertidumbre nos obliga a valorar más lo que tenemos ahora.


Este artículo fue publicado originalmente en "Intermountain Jewish News" de Denver, Colorado.