Crecí en un hogar donde no se practicaba el judaísmo. Mis papás eran laicos y así nos criaron a nosotros. Tengo una escena muy bien grabada en la memoria. Cuando era niña me gustaba ir a dormir a las casas de mis amigas de la escuela, y cuando volvía en el auto, apretaba por unos segundos los ojos y pedía (no sabía a Quién exactamente) “Que haya invitados en casa”. Recuerdo que me gustaba en demasía que mis papás invitaran amigos a cenar, porque la casa se transformaba en una “fiesta”. El clima era más alegre, se generaba una especie folklore alrededor de las velas, todos colaborábamos para armar la mesa. Se escuchaban risas, incluso música, se comía rico. Pero, claramente esto no sucedía todos los días, ni todas las semanas. Creo que mis papás siempre recordarán cómo yo les preguntaba “¿Viene alguien a comer?”.

Hoy soy una mujer adulta observante. Hace un mes y medio que mis hijos no salen de casa. La pandemia ha hecho que nadie pueda venir como invitado y nosotros tampoco ir a otros lugares. El confinamiento me ha enseñado muchas cosas valiosas. Una de ellas es que, aunque nadie pueda visitar a otra persona en este contexto, aunque sólo podamos estar con quienes compartimos el hogar, siempre tendremos la visita más esperada y hermosa: “La Reina Shabat”.

Desde los preparativos previos a su llegada, cocinar la comida, ordenar la casa, elegir la ropa, preparar los candelabros, hasta el comienzo, todo colabora en que esa experiencia sea realmente profunda y marque una diferencia con los días de la semana. Los niños aprenden muchas cosas de las pautas que conforman la tradición. El confinamiento social, produjo que los rezos deban ser realizados en casa. Cada familia le impregna su propio sello a los pasos que conforman la preparación de Shabat.

En nuestro caso, después de encender las velas, nos escuchan rezar y cantar las canciones en honor a la Reina Shabat. Cuando finalizan, esperan que se les diga su bendición especial, y después ya empiezan con el: “¿Qué puedo llevar a la mesa?”. Cada uno, de acuerdo a su tamaño, colabora para armar la mesa que compartiremos. Después, escuchan la bendición del vino, el kidush, y esperan para poder tomar el jugo de uva. Nunca falta un “¿Puedo tomar un poco más?”.

La Rebetzin Esther Jungreis z’’l en su libro Vivir comprometido explica que el Talmud nos relata que nuestros sabios recibían al Shabat anunciando: “¡Vamos a recibir a la novia, la reina!”. Rabí Shimon Bar Iojai, el gran maestro de la Cábala enseñó que el Shabat se presentó ante el trono de Dios y suplicó: “Todos los días de la semana tienen una pareja; el domingo tiene al lunes, el martes tiene al miércoles, y el jueves tiene al viernes. Pero yo no tengo compañero”. “El pueblo judío será tu compañero” le respondió Dios. Por eso, en cada Shabat le damos la bienvenida a nuestra Reina y sólo en la medida en que nos alegremos con ella, le cantemos, la amemos y le expresemos nuestro amor, hasta ese punto lograremos acercarnos a Dios.

Como todo lo que uno se proponga lograr en esta vida, siempre tenemos que esforzarnos para conquistar esa meta. Nada nos dará placer, si previamente no nos involucramos con el objetivo trazado y ponemos manos a la obra. Tal vez, en este momento no podamos hacer todo lo correspondiente al Shabat, pero seguro estará a nuestro alcance cumplir con algunos de sus pasos fundamentales. Para así, después, de a poco y con alegría, adentrarnos por completo en la experiencia espiritual más neurálgica del pueblo judío.

“Nuestros sabios establecieron que el precepto de encender las velas recae sobre la mujer, ya que ella es la akéret habáit (artífice de la casa), pero en realidad, la palabra akéret viene de la palabra ikar (principal): es decir, la mujer es la base principal de cada familia judía”. (Guía práctica para Shabat). Las luces simbolizan el Shalom bait (la paz y la armonía en el hogar), y por eso, se encienden de una manera especial. La Rebetzin Jungreis explica que existe una hermosa costumbre, que el esposo prepare las velas de Shabat para su esposa, ya que así pueden lograr, mediante su esfuerzo compartido, que la paz y la luz reinen en su hogar”.

Amar el Shabat fue en mi caso un proceso, no se dio de un día para el otro, tuvimos que pasar varias pruebas para poder entenderlo, profundizarlo e internalizarlo en el corazón. Ahora puedo decir que, más de lo que yo le “brindo” a la Reina, Ella nos lo brinda a nosotros. Poder tener una fiesta semanal familiar, donde por fin los celulares están apagados, cualquier distracción queda de lado, para poder mirarnos a los ojos, disfrutar y agradecerle a Dios por todo lo que nos da.

Sólo es cuestión de dar un primer paso...