Los Miserables’, escrita por Víctor Hugo y publicada por primera vez en 1862, es considerada una de las mejores novelas del siglo 19. Adaptada para el teatro como un musical, se convirtió en una sensación mundial en los años ochenta, y ahora es una película épica que promete hacer furor en la entrega de los premios Oscar.

Es una historia profundamente conmovedora que trata sobre una de las tribulaciones más relevantes de la humanidad. Pero lo que más me fascina es que, en su preludio en francés, ‘Philosophie, Commencement d'un livre’, Víctor Hugo reveló que originalmente quiso que ‘Los Miserables’ fuese un libro religioso.

De todos los temas que se encuentran en este increíble trabajo, hay uno que le hace frente a una pregunta que todo el que aspira a vivir la vida de forma honesta y ética debe enfrentar. ¿Cuál es la mejor forma de resolver el conflicto entre misericordia y justicia?

Jean Valjean y el Inspector Javert, los dos protagonistas principales de ‘Los Miserables’, están encerrados en una batalla de por vida. De acuerdo a la ley, Jean Valjean, el héroe, es un criminal: Robó una rodaja de pan para alimentar a su hambrienta familia. Por este crimen es encarcelado durante nueve años y luego es forzado a llevar una insignia amarilla que lo identifica como ex convicto – algo que resuena con la judería post Holocausto mucho más de lo que Víctor Hugo pudo haber imaginado.

Su némesis, el Inspector Javert, es el ostensible defensor de la ley y el orden. Es destacable que Javert no tiene nombre de pila. Un nombre de pila es personal, nos define como individuos, nos concede la singularidad, y es la clave para nuestra amistad y cercanía con los demás. Pero Javert es demasiado frio, demasiado formal, demasiado oficioso para ser reconocido con un nombre de pila. Simplemente no es lo suficientemente humano para merecerlo.

El inspector Javert es ley sin sentimiento; sólo busca la justicia ciega. Se rehúsa a admitir la posibilidad del arrepentimiento. Le obsesiona volver a arrestar a Jean Valjean a pesar de su absoluta rehabilitación. Se ve a sí mismo como un santo porque dedica su vida a castigar a los pecadores. En su fijación con el pecado pierde de vista la posibilidad de la salvación.

Víctor Hugo transmite una verdad que los teólogos judíos opinan que está expresada en los dos nombres bíblicos de Dios.

El genio de Víctor Hugo fue permitirnos, a través de la capacidad que tiene la novela de personificar dos ideologías conflictivas, entender una verdad que los teólogos judíos opinan que está expresada en los dos nombres bíblicos de Dios.

El primer versículo de la Torá nos dice: "En el comienzo Elokim creó los cielos y la tierra". El nombre Divino que es usado, Elokim (transliterado con la letra "k" en lugar de la "h" para no escribir innecesariamente Su nombre) es sinónimo de Dios como legislador. Se refiere al atributo divino de justicia, ‘midat hadin’. Es el Dios que creó las leyes de la naturaleza – leyes inquebrantables e indiferentes a las preferencias específicas de las personas.

Sin embargo, como explica el comentario de Rashi (Génesis 1:1):

No dice "En el comienzo Adokai creó…", porque en un inicio fue Su intención crear el mundo con el atributo divino de justicia; [pero luego] Él percibió que el mundo no lo resistiría, por lo que le antepuso el atributo divino de misericordia, aliándolo al atributo divino de justicia, y esa es la razón por la que está escrito en el capítulo 2:4: "En el día en que Adokai, Elokim, hizo la tierra y el cielo".

Dios exclusivamente como juez es algo imposible. Dios tiene otro nombre. Para tratar con el mundo, también tiene que ser Adokai (transliterado con la letra "k" en lugar de la "n") – el nombre de Dios de cuatro letras conocido como el tetragrama. Ese nombre es la ‘midat ha-rajamim’, el atributo de compasión y misericordia. Elokim gobierna con justicia, Adokai mitiga con misericordia. El uno sin el otro, traicionaría la esencia del armonioso espíritu celestial.

Esta dualidad de Dios tiene para nosotros una importancia tremenda. Nosotros debemos intentar imitar a Dios; Sus atributos tienen que ser nuestros. La forma en que Él actúa es la forma en que tenemos que actuar nosotros. Debemos aprender a encontrar el balance correcto entre ley y amor, entre el duro desapego y la empática compasión.

La ley judía es un sistema que lucha fuertemente para combinar estos dos atributos divinos. Esto exige mucho de nosotros, pero a la vez también ofrece los medios de arrepentimiento y perdón. Enseña que "en donde se para un báal teshuvá (un pecador arrepentido), incluso los más justos no merecen pararse".

El pecado tiene consecuencias y el crimen tiene castigo; pero el arrepentimiento siempre es posible. El perdón se le concede a quienes han superado sus fallas.

Sin un corazón, la justicia es ciega – y la justicia ciega es, al final de cuentas, injusta.

Aquellos como Jean Valjean no son perseguidos y cazados por crímenes cometidos en un pasado distante, por crímenes que ya hace tiempo han sido expiados. El Inspector Javert es el paradigma de quien pervierte el propósito de la ley, convirtiéndolo de rehabilitación en venganza. Sin un corazón, la justicia es ciega – y la justicia ciega es, al final de cuentas, injusta.

Víctor Hugo encontró una forma poderosa de ilustrar este punto. Jean Valjean salva la vida de Javert, su enemigo acérrimo, poniéndolo así en un profundo dilema moral. En medio de un tumulto de emociones, la mente de Javert simplemente no puede reconciliar la imagen que tuvo de Valjean durante todo este tiempo - de un brutal ex convicto - con sus actos de bondad en las barricadas. Su compromiso de toda la vida a la justicia estricta no le permite dejar que Valjean salga en libertad, pero sabe que si lo arresta, estaría actuando de manera legal pero inmoral. Por primera vez en su vida, Javert es confrontado por una situación en la que debe decidir entre justicia y misericordia.

Incapaz de encontrar una solución para este dilema, y horrorizado ante la repentina comprensión de que el pasado de Valjean ya no merecía un cruel castigo en el presente, el sistema de valores de Javert es completamente destruido.

Javert no pudo hacer las paces con la disonancia entre su compromiso de toda la vida con la ley y su recientemente encontrado entendimiento de la necesidad de la compasión. En términos judíos, podríamos decir que Javert sólo había entendido el concepto de Dios como justicia, sin haber aprendido nunca la necesidad de también servir a los ideales del Dios que personifica la misericordia.

Javert sólo encontró una solución a su dilema: Sin saber priorizar entre la justicia o la misericordia, Javert se suicida ahogándose en el río Sena.

Cuán destacable es que ‘Los Miserables’ llegue a la misma conclusión registrada por Rashi en su comentario al primer versículo de la Torá. El mundo no puede existir solamente con justicia, sin misericordia – y quienes lo intenten, perderán incluso su voluntad de seguir viviendo.