Es el peor ataque terrorista del que se tenga memoria en Austria. En la noche del lunes 2 de noviembre, cuando el centro de Viena estaba repleto de gente que intentaba disfrutar la última noche antes de que Austria impusiera un cierre a causa de la pandemia, un grupo de terroristas musulmanes fuertemente armados dispararon decenas de tiros en Schwedenplatz, una plaza pública en el corazón del distrito judío de Viena.

"Este es el centro de la comunidad judía", explicó Shalom Berenholtz, quien tiene un restaurant en el barrio y fue testigo del ataque. Berenholtz vio a uno de los terroristas correr por la calle disparando indiscriminadamente.

"Sólo fuera de nuestro edificio dispararon por lo menos 100 rondas", explicó Rav Shlomo Hofmeister, cuya sinagoga está en la zona. La gente que estaba sentada fuera de los cafés y restaurantes en Judengasse ("el callejón judío") y en Seitenstettengasse se encontró bajo ataque, porque los terroristas dispararon al azar.

Dos mujeres, un policía y otro hombre murieron casi de inmediato. Más de una docena de personas resultaron heridas, varios de gravedad. Por lo menos uno de los terroristas fue abatido por la policía y varios más fueron detenidos. La persecución del resto de los terroristas se prolongó hasta altas horas de la noche.

Los líderes judíos en Viena alentaron a los judíos austríacos a no salir de sus casas, y aconsejaron que si tienen que salir, se saquen primero la kipá.

Al leer sobre el espantoso ataque, esforzándome para descifrar el alemán en mi teléfono, el mensaje a los judíos austríacos era tan extremo que apenas pude creer lo que estaba viendo: "¡¡Terroralarm!! Zu Hause bleiben fur 24 Stunden – ¡¡Alerta terrorista!! ¡No salir de las casas durante 24 horas!". Este era un mensaje oficial enviado a todos los judíos en Viena por el grupo comunitario judío de la ciudad, informando a los judíos vieneses que era demasiado peligroso que un judío saliera a la calle.

Para mí, el momento en que esto ocurrió no podía ser peor. Yo estaba esperando mi turno en el correo, para enviar un sobre con todos los documentos que durante meses estuve preparando para enviar a Viena: mi aplicación para recibir la ciudadanía austríaca.

Hace poco, Austria aprobó una ley que permite que los descendientes directos de personas que se vieron obligadas a escapar del país por los nazis puedan recibir la ciudadanía. Como mis abuelos se fueron de Austria después de que los nazis subieran al gobierno y llegaron a los Estados Unidos apenas unas pocas semanas antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, respondo a las condiciones y decidí pedir la ciudadanía por varias razones.

Crecí escuchando historias de todos los parientes que perdimos durante el Holocausto. En muchos aspectos, mi familia era sumamente austríaca. A menudo comíamos comidas austríacas y oímos historias sobre la infancia de nuestros abuelos en ese país. La idea de obtener la ciudadanía austríaca es como recuperar lo que en un momento perdió mi amada abuela.

Pedir la ciudadanía también es una forma de buscar que se haga justicia, dar un pequeño paso para corregir algunos de los males que le hicieron a mi familia. La historia de mi abuela demuestra que en verdad ella nunca fuer realmente una austríaca, no ante los ojos de muchos de sus compañeros que se convirtieron en nazis apasionados en la década de 1930; no ante los ojos del régimen nazi y, después de llegar a los Estados Unidos y de los horrores del Holocausto, tampoco ante sus propios ojos.

Durante meses estuve sumergida en la historia austríaca, recopilando montañas de documentos de mi abuela y de otros parientes, reuniendo papeles y catalogando mi historia familiar.

Encontré la partida de nacimiento de mi abuela, escrita en anticuada caligrafía alemana. Leí la dirección donde ella vivía con sus padres y encontré por Internet el hermoso e imponente edificio de departamentos. Encontré sus formularios de inscripción a la Universidad de Viena, donde estudió medicina. Revisé viejas fotografías familiares, e incluso encontré una flor edelweiss que mi abuela recogió en un campo en los Alpes, secó entre las páginas de un libro y años más tarde llevó a los Estados Unidos.

Leí con gratitud sobre el canciller austríaco, Sebastián Kurz, que es un defensor de Israel dentro de la Unión Europea. Me uní a un grupo en línea de personas que también desean obtener la ciudadanía austríaca y comparamos notas sobre nuestros abuelos austríacos. Estuve en contacto con oficiales en el consulado austriaco, que fueron increíblemente serviciales y amables. Incluso comencé a aprender alemán, no porque tenga planes de vivir en Austria en el futuro, sino porque llegué a sentirme íntimamente conectada con el país.

Pero el trágico ataque del lunes nos recordó que no importa cuán seguros nos sintamos los judíos en Europa, en los Estados Unidos o en cualquier parte, no importa cuánto las autoridades gubernamentales nos aseguren que estamos protegidos, nunca podemos realmente relajarnos. Ese no es nuestro hogar.

Hace tiempo que Austria se despojó de muchas de sus espantosas actitudes antisemitas y hoy les da la bienvenida a los judíos con los brazos abiertos. Pero, de todos modos, hoy los judíos no pueden caminar por las calles sin tener miedo. Los ataques terroristas coordinados en Viena aparentemente fueron perpetrados por terroristas musulmanes y tenían como objetivo a todos los austríacos, no sólo a los judíos. Sin embargo, comenzaron en el corazón del barrio judío de Viena.

Una encuesta del 2019 de la Liga Antidifamación reveló elevados niveles de antisemitismo en Austria (y en otras naciones europeas): 10% de los austriacos culpaban a los judíos por la mayoría de las guerras del mundo; 44% dijo que los judíos hablan "demasiado" sobre el Holocausto y el 31% de los austríacos estuvieron de acuerdo con que la gente odia a los judíos debido a la forma en que ellos se comportan. En Austria, como en todas partes, los judíos tuvieron las tasas más elevadas de ataques.

Mientras esperaba mi turno en el correo pensé en mis hermanos y hermanas judíos en Viena, a quienes les ordenaron no salir de sus casas para que no los ataquen ni los maten. Para tratar de pensar en otra cosa y no en los ataques, volví a revisar los documentos que estaba por enviar a Austria para pedir mi ciudadanía. De repente parecieron mucho menos alegres y prometedores que antes.

Allí estaba el certificado de nacimiento de mi abuela, con la palabra israelitish (israelita) estampado en grandes letras. Estaba su inscripción a la Universidad de Viena, pero en 1938 la expulsaron de la universidad junto con todos los demás estudiantes judíos. Sus documentos de inscripción de ese año, escritos en una prolija letra cursiva, tienen superpuestas enojadas y gruesas líneas de tinta roja garabateadas sobre la página. Observé su permiso de emigración con el sello oficial con la esvástica. Esa misma esvástica que desfiguró su bella imagen en su pasaporte.

Sí, hoy les dan la bienvenida a los judíos en Austria, pero ellos enfrentan a diario la amenaza de la violencia y un trasfondo de odio, tanto por parte de algunas comunidades de inmigrantes musulmanes como de ciertos segmentos de la población general. Hace unas pocas semanas, el canciller de Austria, Sebastián Kurz, anunció un nuevo plan del gobierno para brindar seguridad a los lugares judíos. Eso fue en respuesta a los recientes ataques a los judíos austríacos, incluyendo el violento ataque del 24 de agosto del 2020, cuando un inmigrante sirio atacó con un bate de béisbol a Elie Rosen, un líder comunitario de la ciudad de Graz, cuando él se dirigía a un centro judío local. "Las últimas semanas demostraron que tenemos que actuar unidos para proteger todavía con más determinación la vida judía en Austria", dijo en ese momento el canciller Kurz.

Pensé mucho qué diría mi abuela respecto a que yo pida la ciudadanía en el país del cual ella tuvo que escaparse. Imaginé que me contaría una historia que le gustaba relatar sobre los días previos a que tuviera que escapar de Austria. Mi abuela había ido a que le hicieran ropa nueva, y la modista le dijo que estaba loca si se iba del país. Toda su familia, todos sus amigos, toda su vida estaba en Viena. Sin duda el sentimiento antijudío desaparecería muy pronto. Mi abuela miró a la modista y le preguntó: "¿Qué harías si estuvieras en un tren que viaja fuera de control? ¿Un tren sin un conductor que lo guíe? Sin ninguna duda te bajarías. No te quedarías para ver adónde te lleva el tren. Bueno, yo me bajo".

Con el incremento del sentimiento antijudío en el mundo, mi abuela hubiera repetido algo que me dijo muchas veces cuando vivía: el futuro del pueblo judío está en Israel.

Al observar al mundo hoy en día, yo diría que tenía razón.