“¿Por qué la gente odia tanto a los abogados defensores de derecho criminal?”, le pregunté a Ben Brafman, el legendario abogado defensor criminal que defendió a clientes de alto calibre como Dominique Strauss-Kahn, Puff Daddy, Jay-Z, la estrella de la NFL Plaxico Burress, numerosos políticos e incluso a la mafia italiana. “La verdad es que, al final de cuentas, tu trabajo es básicamente proteger a los criminales, ¿verdad?”.

Brafman sonrió, sin inmutarse. “Supuestos criminales”, me corrigió. Y a continuación me dijo algo que me sorprendió.

“Yo no me concentro en mi reputación entre la gente. Lo que me preocupa es mi reputación entre las personas que son importantes en mi rubro, en este caso, los jueces. Después de todos los años que llevo en esta profesión, ellos saben que lucharé con todas mis fuerzas para probar que una condena no está más allá de una “duda razonable”. Pero saben perfectamente que nunca mentiré. Yo trabajo con el gris, pero nunca diré que lo negro es blanco o que lo blanco es negro. Esta ocupación no se trata de glamour o de popularidad. No. Mi trabajo es mantener la honestidad y la transparencia a nivel de gobierno.

“Incluso a un perpetrador que no es inocente se le debe permitir una defensa tal como lo decreta la Constitución. Especialmente con la enorme importancia que en la actualidad se le brinda a la corte de la opinión pública, yo hago mi trabajo para proteger la ley. Sin mi trabajo, la sociedad corre el riesgo de caer en una autocracia. Incluso si esos autócratas creen que ellos son los chicos buenos”.

El abogado defensor criminal Benjamín Brafman

Me quedé pensando un momento en sus palabras. Tiene un buen punto. Mientras Brafman hablaba, yo observaba su elegante oficina en Manhattan. Las paredes cubiertas de fotografías acompañado por celebridades, magnates y políticos de todos los sectores. Una copia de la New York Magazine declarándolo el “Mejor abogado defensor criminal de Nueva York”, enmarcada y colgada humildemente en medio de los premios que recibió en la Barra Estatal y en una cantidad de instituciones legales nacionales e internacionales. El éxito está literalmente inscrito en las paredes. Lo que descubrí rápidamente es que hay un ingrediente consistente para su éxito: el sacrificio.

Brafman creció en un hogar que no le pudo brindar las cosas más refinadas de la vida, y eventualmente llegó a la escuela de leyes en la Universidad del Norte de Ohio. Cuando ya estaba casado, se propuso como meta obtener un trabajo de verano en la firma de defensa criminal de Robert McGuire y Andrew Lawler, en Manhattan. Leyó todos sus casos y llamó por teléfono desde Ohio al teléfono fijo de McGuire en Nueva York. Educadamente, McGuire rechazó su pedido. Brafman insistió y McGuire terminó la conversación diciéndole: “Si alguna vez estás en Nueva York, podemos almorzar juntos”. Al día siguiente, Brafman se presentó en su oficina a primera hora de la mañana. Dicen que McGuire dijo: “Era más fácil contratarlo que idear una excusa para no contratarlo”.

A partir de ese día, Brafman se convirtió en el prototipo clásico de lo que significa ser un abogado judío norteamericano en el siglo XXI. Él es una leyenda legal, respetado por sus amigos y por sus enemigos por igual. En la tarde que pasé con el señor Brafman, él compartió sus historias, valores e ideologías personales para el éxito. He aquí tres puntos destacados de nuestra conversación.

El autor con Benjamín Brafman

1. Escoge tus sacrificios

Brafman regularmente les aconseja a los jóvenes abogados que deben “escoger” sus sacrificios. Su mantra es que no son las credenciales prestigiosas ni un mejor entrenamiento académico lo que lleva a la persona a cruzar la meta, sino la antigua y buena ética de trabajo.

“No hay atajos”, me dijo Brafman. “Algunos de mis contemporáneos recorrieron el mundo, pero yo no viajo ni en el verano, ni siquiera ahora. Recuerdo un momento en el que interrogué a un testigo en el estrado. Era un caso complicado que se había alargado durante muchos meses. Al fondo de la sala estaba sentada una clase de una prestigiosa escuela de leyes local. En el intermedio, uno de esos jóvenes estudiantes de leyes se me acercó: ‘¡Vaya, señor Brafman, su interrogación fue maravillosa! Realmente fue muy divertido verlo en acción’. Yo le pregunté qué había hecho el verano anterior. Se confundió un poco, pero me respondió que había pasado el verano navegando en The Hamptons. Le respondí que yo había pasado todo el verano preparando el interrogatorio de ese día en base a cientos de conversaciones y escritos que había reunido. Él se sorprendió. A esto me refiero cuando digo que uno debe escoger sus sacrificios.

“Cuando recién estaba comenzando, regresaba a mi casa a las 7 p.m. y continuaba trabajando en la mesa del comedor hasta las 2 de la madrugada. Yo elegí no sacrificar ese tiempo, en vez de quedarme en la oficina, yo trabajaba en casa para no estar lejos de la compañía de mi esposa y de mi familia. Pero también escogí hacerlo de esta forma para que mis hijos vieran cuán duro trabajaba. No quería que ellos pensaran que yo simplemente volvía a casa y miraba televisión. No es fácil. Cuando mi padre estaba moribundo, estuvo seis meses en estado de coma. Yo pasé casi todas las noches y los fines de semana en el hospital, preparándome para el día siguiente en la corte al lado de su cama. No era tan eficiente al otro día en mi oficina, pero ese fue el sacrificio que yo elegí.

“Además de no tomarme mucho tiempo de vacaciones, otro sacrificio que elegí fue el sueño. Yo funciono durmiendo dos o tres horas”. Brafman hace una pausa, se ríe y agrega: “Si no fuera porque cuido Shabat, estaría muerto”.

2. Humanizar a todo el mundo

La carrera de Brafman se focaliza en humanizar a todo el mundo, incluso a aquellas personas acusadas de un crimen atroz. Él lucha por humanizar en especial a aquellos a quienes la sociedad tiende a demonizar. “Una de las lecciones que aprendí, es que lo importante no es qué fue lo que pasó, sino por qué pasó”.

“Una gran parte de mi trabajo es humanizar a mis clientes ante el jurado. Pero parte del hecho de ser capaz de humanizar a alguien es también ser un ser humano. A veces, un interrogatorio requiere tener un estilo fuerte y agresivo. Pero por lo general, el verdadero arte es obtener información útil de un testigo a partir de un interrogatorio relajado y amigable.

Brafman a menudo recurre al sentido del humor para conquistar a la multitud. Durante un caso en el que había múltiples acusados, quien se describe a sí mismo como “un pequeño hombre judío”, le dijo al jurado: ‘El fiscal quiere que ustedes crean su historia. Yo quiero ser quince centímetros más alto. Pero a ninguno de los dos se nos cumplirá nuestro deseo”.

El señor Brafman (a la izquierda) con Dominique Strauss-Kahnn (a la derecha)

En verdad, antes de estudiar derecho, Brafman quiso ser comediante. De niño hizo presentaciones en Catskills, contando chistes y encantando a las audiencias. Como dijo a la revista Esquire Carrie Goldberg, autora de Nobody's Victim: Fighting Psychos, Stalkers, Pervs, and Trolls: “Los casos no se deciden con evidencia. Se deciden a partir de la narración de la historia, y Ben es un experto narrador. Eso es algo que no enseñan en la escuela de leyes”.

3. Mantente fiel a tus valores

De niño, Brafman no encajaba en el modelo de la Ieshivá que era popular en la comunidad judía ortodoxa donde vivía. Un día, el director sintió que ya tenía suficiente de sus trucos, y le informó a su padre que el pequeño Benjamín quedaba expulsado de la Ieshivá. Cuando su padre fue a buscarlo, el director le dijo: “Biniamín no calza en esta Ieshivá, pero él fue bendecido con una capacidad de comunicación sumamente efectiva. Quizás en el futuro podrá usarla para algo bueno”.

Hasta el día de hoy, Brafman utiliza su capacidad para comunicar no sólo con propósitos profesionales sino también para transmitir los valores de sus ancestros judíos. Con orgullo, Brafman cuenta: “En los últimos cinco años hablé en más de cien conferencias y cenas de gala para organizaciones de caridad y sin fines de lucro”. Él considera que su amor por la Torá y por los valores judíos es mérito de sus padres, ambos sobrevivientes del Holocausto.

Su madre, Rose, huyó de los nazis a los 16 años y llegó a los Estados Unidos. Los padres de Rose y una de sus hermanas fueron asesinados en los campos de concentración. Al hablar en su entierro en 1996, Brafman dijo solemnemente: “Este es el primer día en que mi madre no siente miedo”. Su padre, Sol, tuvo el mérito de rescatar un rollo de la Torá de una sinagoga que fue incendiada en Kristallnacht.

En un discurso que Brafman dio en el 2011 en honor de sus abuelos, titulado: “Yo fui asesinado en Auschwitz”, Brafman dijo: “Uno tiene que conocer el terror, no sólo para ponerse triste o enojarse, sino para estar vigilante”. Para Brafmanm, esa vigilancia no se traduce sólo en enfrentarse al antisemitismo, sino también en mostrarse orgulloso por su sistema de valores de la Torá.

El orgullo judío de Brafman ya fue documentado. En 1999, el rapero Sean “Puff Daddy” Combs quiso acaparar a Brafman. Combs es una persona acostumbrada a que las cosas se hagan a su manera y le dijo a Ben que debería estar a su disposición 24/7. Brafman le respondió que él sólo estaba disponible “24/6” y que él respetaba el Shabat. Poco tiempo después, un viernes por la noche, el teléfono de Brafman comenzó a sonar sin cesar. Él sospechó que se trataba de Combs. De todas formas, se negó a levantar el teléfono. Apenas concluyó Shabat, de inmediato llamó a Combs y se disculpó por no responderle antes. Combs se río y le agradeció por permitirle ganar $10.000 en la apuesta que hizo con sus amigos respecto a que Brafman se negaría a atender su llamada en “su Shabat judío”. Cuando Brafman ganó el caso en favor de Combs un viernes a la tarde, la cámara lo captó diciendo a la prensa que debía correr a su casa para llegar a la sinagoga a tiempo para Shabat.

“Yo soy un judío observante. Pero cuando hablo con la prensa siempre tengo cuidado de no presentarme a mí mismo como un “judío”, sino más bien como un profesional, y cuido cada palabra que sale de mi boca”. Él presenta estas creencias en sus charlas y habla sobre este tema con miles de sus hermanos judíos. Su mensaje es que es necesario que aquellos que manifiestan abiertamente su devoción a Dios y a la Torá hagan un Kidush Hashem, ‘santifiquen el nombre de Dios’, siendo extremadamente honestos, sumamente corteses y enormemente éticos en todas sus interacciones con la sociedad en general.

“Lo que el mundo necesita es más tolerancia. No sólo tolerancia en la sociedad general, sino dentro de nuestra propia comunidad judía”. Él lamenta todas las peleas políticas y religiosas internas de la comunidad judía. “Esta fue la grandeza del Rebe de Lubavitch. Él amaba a cada judío, a cada ser humano, y nunca juzgó críticamente a nadie. Necesitamos más corazones abiertos como el de él”.

Una de sus mayores fuentes de inspiración fue su amado hermano mayor, Rav Aharón Brafmanm, quien falleció hace poco.

Benjamín Brafman con su hermano mayor, Rav Aharón Brafman zt’’l. ©2016

“Mi hermano era sumamente educado y podría haberse dedicado a cualquier cosa”, contó Brafman, conteniendo sus lágrimas por primera vez en nuestra entrevista. “Pero él decidió dedicarse al jinuj (educación)”. Rav Aharón Brafman fue durante muchos años el amado director de la Ieshivá Derej Ayson de Far Rockaway, hasta su muerte a los 74 años en el 2017. “Él era la clase de persona que exuda tolerancia y amor por todo el mundo. Él se preocupaba profundamente por cada uno, especialmente por sus alumnos. Él era capaz de ver en sus rostros qué les preocupaba y trabajaba, incluso más duro de lo que trabajo yo, para apoyarlos y satisfacer cada una de sus necesidades”.

Después del fallecimiento de su hermano, Brafman abrió un jéder (colegio) en el barrio de Ramat Eshkol en Jerusalem, llamado Torat Aharón (“La Torá de Aharón”), en honor a su amado hermano. El jéder está bajo el liderazgo del propio hijo de Brafman, Rav David Brafman. “Mi hijo es un rabino erudito que trabaja extremadamente duro, tal como mi hermano. Mi hermano dedicó su vida al jinuj, y yo espero poder hacer lo mismo en los años que me quedan”.

Brafman se ríe cuando le pregunto si alguna vez pensó que terminaría recaudando fondos para una Ieshivá. “No, nunca pensé que iba a hacerlo en esta etapa de la vida”. Él resalta que cuando recauda fondos para sus otros emprendimientos de caridad (como la investigación del cáncer) se “vende fácil”. Pero incluso para un hombre de su estatura, recursos y conocidos, es difícil recaudar dinero para Ieshivot. A veces algunos de sus clientes, sumamente agradecidos por sus servicios, hacen una donación para el jéder. Otras veces, la gente le da dinero porque no pueden creer que Ben Brafman les esté pidiendo que donen. “No hay ningún método para esta locura. A veces el cheque es por $50 y otras veces es por $50.000”.

La fachada del jéder en Jerusalem, Israel, que Brafman dedicó en honor a su hermano, Rav Aharón Brafman zt”l.

Entre todos sus grandes logros, el que más valora es la historia de un humilde rollo de la Torá que está en la Ieshivá donde su hermano enseñaba. “Mi padre sobrevivió bajo condiciones infernales. Cuando llegó a los Estados Unidos, se negó a callar sobre los horrores que había presenciado. Por el contrario, él dedicó su vida a su familia y a Dios con renovado vigor. Hace algunos años, hice que un escriba restaurara el rollo de la Torá que mi padre rescató en Kristallnacht. ¿Quién fue el escriba? Uno de los nietos de mi padre. Luego doné el rollo de la Torá a la Ieshivá de mi hermano. Cada año, en el sagrado día de Iom Kipur, toda la congregación lee de aquel rollo de la Torá. ¿Sabes quién la lee? El bisnieto de mi padre”.

Brafman hace una pausa. Yo contengo la respiración.

Entonces me mira fijamente a los ojos. “Dicen que nunca debemos olvidar. Pero yo digo que siempre debemos recordar quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos”.

Para un hombre que se dedica a defender a supuestos criminales, él habla como un ángel.