Mel Gibson está de regreso.

Después de más de una década como un paria por sus pronunciamientos antisemitas y racistas, Mel Gibson, el ícono de Hollywood quien ganó mala fama por decirle a un oficial de policía que “los judíos son responsables por todas las guerras en el mundo”, está intentando un gran regreso. ¿Cómo deberíamos reaccionar ante Hacksaw Ridge, la nueva película que Gibson dirigió y que recibió una ovación de diez minutos en el Festival de cine de Venecia?

La película cuenta la poderosa historia de Desmond Doss (Andrew Garfield), el primer “objetor consciente” en recibir la Medalla de Honor de los Estados Unidos por salvar vidas heroicamente como médico durante la batalla de la primavera de 1945 en Okinawa, y ya se está postulando para recibir un Oscar. Los críticos de cine la han alabado casi de manera unánime. No hay duda de que la película es un logro artístico significativo.

Pero la pregunta ruega ser formulada: ¿Acaso el arte es independiente de las consideraciones morales? ¿Hace alguna diferencia si el director de una película que explora las más intensas emociones de aquellos que lucharon contra el régimen nazi en la Segunda Guerra Mundial ha negado consistentemente la realidad del Holocausto?

Hace no muchos años atrás, Mel Gibson anunció que filmaría una película sobre Yehudá el Macabeo, posiblemente como un intento de reparar el daño a su imagen provocado por su horrible representación de los judíos en su infame y parcial recuento de la crucifixión de Jesús en La pasión. Esto le dio pie al director del Museo de la Tolerancia del Centro Simón Wiesenthal para decir: “Usar ­[a Gibson] como director o quizás como la estrella de una película sobre Yehudá el Macabeo, es como pedirle a Madoff que sea el director de la Comisión de Seguridades e Intercambio de los Estados Unidos, o a un supremacista blanco que represente a Martin Luther King Jr.”. Joe Eszterhas, contratado originalmente como escritor para el guion de la película, se retiró posteriormente y le dijo a Gibson: “He llegado a la conclusión de que tú odias a los judíos”, y la película nunca se realizó.

Pero con Hacksaw Ridge recién estrenada, es relevante recordar una famosa —y de cierta forma similar— controversia al principio de los años 80. La cadena de televisión CBS produjo la película Playing for Time, una conmovedora representación escrita por Arthur Miller de Fania Fenelon, una pianista francesa, cantante de cabaret, miembro secreto de la Resistencia, y además judía. Al ser capturada por los nazis, ella fue enviada a Auschwitz en donde se convirtió en una de las legendarias niñas de la orquesta que utilizó la música para sobrevivir al Holocausto. La Mädchenorchester von Auschwitz (literalmente “Orquesta de niñas de Auschwitz”) se formó inicialmente en abril de 1943 como un proyecto de la supervisora en jefe de las SS Maria Mandel, para los alemanes que deseaban tanto una herramienta de propaganda para los visitantes y los noticieros, como una herramienta para subir la moral del campo. Fania sobrevivió participando forzadamente en la farsa de actuaciones musicales en el corazón del infierno.

Contratada para el papel principal como Fania estaba la simpatizante de la OLP, y abierta antisemita, Vanessa Redgrave, quien había sido citada diciendo: “Israel debería ser borrado de la faz de la tierra”.

Fania Fenelon se enfureció, pero ella no podía hacer nada en cuanto a la identidad de la actriz que la representaba. En la tormenta de protestas que se desataron por este incidente en el reparto, CBS tomó la posición de que no se podía permitir que las preferencias políticas de Redgrave afectaran el juicio del productor en relación a su habilidad como actriz.

Ahora bien, permítanme destacar la mayor ironía de todas: todo el punto de Playing for Time era transmitir la horrible tragedia de una era barbárica de la historia reciente, sin embargo, la producción repitió un error de perspectiva fundamental que hizo posible el Holocausto. Fania Fenelon fue forzada a tocar música mientras sus compañeros reclusos eran asesinados. Esta era la expresión de la cultura alemana que no veía ninguna contradicción entre la música como arte civilizado y el asesinato como política nacional.

La orquesta de Auschwitz tenía un apoyo filosófico. El guardia de la SS que arrancaba a un bebé de los brazos de su madre, salpicaba su cerebro contra la pared y luego calmadamente tomaba su violín para disfrutar los compases de Beethoven, creía que las dos acciones eran compatibles. Lo que el nazismo predicó en la mitad del siglo XX, después de miles de años de supuesto “progreso” para el hombre civilizado, es precisamente lo que fue utilizado para justificar el derecho de Redgrave de ser juzgada únicamente en relación a lo artístico en vez de en relación a las consideraciones morales, así como la “Kultur” alemana separaba lo uno de lo otro.

El problema no era el rol en sí, sino la lógica para la creatividad. Como ideal de la civilización occidental, Andre Maurois nos dijo con agudeza, “El arte es un esfuerzo por crear, además del mundo real, un mundo más humano”. ¿Fue entonces mera coincidencia que los años 30 vieron primero el surgimiento de la decadencia de “life-is-a-cabaret” inmediatamente antes del decaimiento moral de la sociedad alemana?

Fueron aquellos que obligaron a los músicos a tocar música de fondo para el genocidio, los que dejaron como legado la convicción de que el arte no tiene nada que ver con el corazón y que la belleza —a pesar de lo que Keats nos haya dicho estupendamente— no tiene nada que ver con la verdad.

Tenemos que saber mejor. Mel Gibson, es triste decirlo, pero realmente no ha cambiado mucho; sigue siendo el hombre que orgullosamente nos dijo sobre su padre, un infame negador del Holocausto que, “nunca me ha mentido”. Y para aquellos que menosprecian las viles vociferaciones del pasado de Gibson como aberraciones inducidas por el tequila, Christopher Hitchens señaló perceptivamente que ‘in vino veritas’, en el vino está la verdad, y que “uno no decide abruptamente, entre el primer y el segundo trago de tequila, que los Protocolos de los Sabios de Sión son válidos después de todo”.

Fue en agosto de este año —no hace una década sino en el 2016— que Mel Gibson compartió con Glenn Beck la diatriba de que el “pueblo judío” había robado una copia de su película de Jesús hace más de 12 años y que la utilizaron para atacarlo y convertir su vida en un infierno antes del estreno de la película.

En sus palabras: “Y entonces algunos del pueblo judío, me imagino que algunos rabinos o algo así, no me metí en eso, alguien robó una copia de la película antes de que fuera estrenada… y entonces hicieron un asunto de eso en el New York Times con todos estos rabinos destruyéndome como un antisemita. Y no podía creerlo… nadie estaba realmente preocupado de que estos tipos robaron la película…”.

Entonces, como nos cuenta Glenn Beck, el director de La pasión de Cristo sigue culpando a los judíos por sus problemas, y supongo que también alega que ellos lo han “crucificado” al igual como hicieron con Jesús.

Mel Gibson no ha expresado remordimiento, pero pide que lo perdonemos; él simplemente quiere que nosotros nos olvidemos de todo el asunto y sigamos adelante. Incluso peor, él se está retratando a sí mismo como la víctima, diciéndole a Stephen Colbert, anfitrión del programa Late Night, “Ese momento en el tiempo no debería definir el resto de mi vida”. A él le gustaría que nosotros simplemente disfrutemos de su nueva película como una obra de arte.

Pero no puede haber perdón sin remordimiento genuino. Y después del Holocausto, yo me rehúso a separar el arte del corazón, o a confundir cualquier pasión por el mérito artístico de una película, con admiración por el director lleno de odio de La pasión.