Mi amada madre, Ruth Bachner, una sobreviviente del Holocausto, falleció por COVID-19 el 11 de mayo del 2020, sola en una habitación de un hospital.

Durante el Holocausto mi madre estuvo escondida en un convento. Una niña valiente de doce años completamente sola y temiendo por su vida, sin nadie que la protegiera o la consolara. Desde que tengo memoria, a mi madre le encantaba estar con otras personas y no le gustaba estar sola, lo cual yo supongo tenía sus raíces en sus experiencias durante el Holocausto. Fue desgarrador que, en su lecho de muerte, como en el convento, nadie pudiera estar a su lado para consolarla, recitar Tehilim o decirle que la amaban.

La pandemia requirió cambios significativos en todos los aspectos de nuestra vida, desde la forma en que vivimos, trabajamos y socializamos, hasta cómo morimos. No podría haber imaginado cuán diferente sería estar de duelo, despojada de muchos de los rituales judíos que honran y respetan al difunto y consuelan a los deudos, en comparación al duelo por mi padre en el año 2008.

Cuando falleció mi padre, yo no estaba preparada mentalmente para ese golpe. Mi padre sobrevivió a Auschwitz y otros cinco campos de concentración. Durante y después del Holocausto, él superó a la muerte tantas veces que yo creía que iba a lograr sobrevivir a todo, incluyendo la neumonía ante la cual sucumbió. Yo seguí los rituales de duelo, hablé de él en el funeral, me senté en shivá, y fui consolada por todos los que vinieron a compartir mi dolor.

Estos rituales judíos que brindaron curación a los deudos durante miles de años me guiaron a través de las etapas del duelo, comenzando con el estremecimiento y el profundo dolor inicial hasta llegar a conectarme con el recuerdo de mi padre como una bendición.

Mis padres, Ruth y Fred Bachner

Que mi madre muriera sola y quedara en el limbo durante cuatro días esperando a ser enterrada, fueron las primeras señales de que el honor y el respeto a los difuntos se había visto comprometido.

El servicio junto a la tumba, limitado a diez personas y 15 minutos, no tuvo minián ni discursos. No nos permitieron acompañar a mi madre a la tumba, colocar su ataúd en la tierra ni palear tierra para llenar la tumba o por lo menos hasta cubrir el ataúd. Si no hubiese pensado en llevar una pala, ni siquiera hubiera podido colocar una pequeña cantidad de tierra. Fue desgarrador que mi madre no recibiera el honor y el respeto que se merecía, y que una vez más volviera a estar sola.

Después del funeral, hice un encuentro por Zoom en honor a mi madre, donde fue elogiada y reconocida como una eshet jail, una 'mujer de valor'. Hablaron muchos que conocieron a mi madre durante décadas y la recordaron como una persona cálida y afectuosa. Este encuentro honró a mi madre y fue una fuente de consuelo y curación, a diferencia de todo lo que siguió.

"La casa de campo de la familia" – mi madre, su hermano y sus padres en Bélgica después de la guerra. (Mis abuelos estuvieron ocultos en esa casa como mucama y mayordomo).

La shivá en aislamiento, sin visitas para consolar al deudo y recordar al difunto, epitomiza el grado en el cual las restricciones por el COVID-19 despojaron a los rituales de su propósito. A mí me preocupó cómo eso iba a impactar sobre mi capacidad para superar las distintas etapas del duelo.

El último día de la shivá, la vela seguía ardiendo. La llama que representa el alma se elevaba con fuerza. Tomé eso como una señal de que mi madre sabía que yo no estaba lista para terminar la shivá o para dejarla partir, así que no apagué la llama. Mi madre me estaba acompañando. La escuché decirme: "Cariño, está bien, si quieres me quedaré un poco más".

Nueve días después del entierro, la llama ya no ardía. Una vez más mi madre me habló: "Cariño, hoy es un lindo día. Sal a caminar con tu familia". Supe que mi madre tenía razón y di la tradicional caminata alrededor de la manzana para volver a introducirme en la normalidad y simbolizar que ya no estaba en shivá. Luego regresé a casa para seguir la cuarentena.

Las líneas entre el comienzo y el fin de la shivá están borrosas. Me sentía atrapada e incómoda y necesitaba guardar duelo como se debe, para encontrar el mismo consuelo y curación que encontré cuando falleció mi padre. Todas las casas de culto estaban cerradas, así que asistí a los servicios de mi sinagoga online.

Para mí, los servicios por Zoom carecían de todo lo que es inherentemente importante para el duelo y el proceso de curación. No hay conexiones personales, sólo nombres en una pantalla. A través de una conexión online no se pueden replicar la simpatía, la empatía ni los abrazos. Encontré otras maneras de guardar duelo y honrar a mi madre. Mirar los testimonios de mi madre sobre el Holocausto es una fuente de consuelo y amor renovado hacia mi madre y una forma de conectarme con ella, profundizar mi entendimiento y seguir adelante con su legado.

La muerte de una madre no es algo sencillo, especialmente ahora, con las restricciones sobre los rituales judíos que brindaron curación a los deudos durante miles de años. Siento un inmenso respeto por nuestros eruditos del Talmud que con una visión y comprensión asombrosa de la psiquis humana establecieron el proceso de las distintas etapas del duelo miles de años antes que existiera la psicología moderna. La interrupción de estos rituales quita sentido al proceso del duelo. Su ausencia resalta su importancia.

Me siento agradecida por las palabras de un amigo sabio y espiritual que sugirió: "Las almas de quienes fallecen ahora con entierros rápidos y shivá sin visitas, son tan puras que ascienden directamente al cielo y no requieren los rituales tradicionales del duelo". Que estas palabras sean una fuente de consuelo y entendimiento para todos aquellos que han perdido a seres queridos durante esta pandemia.


Foto principal del artículo por Toshi Tasaki.