Esta vez el periódico New York Times realmente se ha superado a sí mismo.

Si hubiera un premio por hipocresía, este periódico sería el seguro ganador. Con pocos meses de diferencia, el equipo editorial del New York Times tomó dos posturas diametralmente opuestas sobre el mismo tema: la única diferencia es si se trataba de las sensibilidades religiosas de musulmanes o de judíos.

En febrero, cuando la ciudad de Toronto permitió que en un horario específico hubiera sesiones sólo de mujeres en una piscina pública a pedido de los residentes musulmanes, el New York Times estaba encantado. A pesar de ser una historia del extranjero, los escritores del grupo editorial hablaron con entusiasmo sobre esta hermosa demostración de “integración comunitaria”. Era “un modelo de integración”. Allí estaba Canadá enseñando cómo se les puede dar la cortesía del entendimiento y la consideración de una política que permitiría extender los beneficios comunitarios a todos con un mínimo costo, a ciudadanos que tienen una visión distinta de lo que es la modestia y moralidad. Es verdad que la piscina no estaría disponible para todos en todos los horarios, pero cada uno podría encontrar un momento para disfrutar de la recreación financiada con medios públicos.

Así que la reconciliación por temas religiosos —afirmaba el New York Times— era algo bueno a pesar de que requiriera un pequeño sacrificio. Pero es interesante que no vean las cosas así cuando se trata de judíos ortodoxos solicitando unas cuantas horas cada semana en la piscina municipal de Brooklyn; horas apartadas sólo para mujeres, cuyos escrúpulos religiosos les impiden nadar junto con hombres.

Repentinamente, quienes anteriormente defendieron la inclusión, ahora ven las cosas desde un punto de vista totalmente nuevo. El deseo de un gran grupo de residentes de esa área en particular de ser fieles a sus tradiciones en cuanto a modestia es, de acuerdo al New York Times, una afrenta a “las leyes de la ciudad de Nueva York y a la constitución”. La misma constitución en cuyo nombre los liberales demandan enérgicamente igualdad para los matrimonios del mismo sexo, uso irrestricto de los baños para las personas transgénero y otros tantos “derechos” que podrían enojar a otros, pareciera —de acuerdo a la interpretación del Times— oponerse inequívocamente a tomar en cuenta las creencias de los judíos ortodoxos.

Es una asombrosa ilustración de una actitud perfectamente ejemplificada en el siguiente chiste:

Una anciana ve en el autobús a un caballero con un gran abrigo negro, una barba larga y un sombrero, y le dice: “¿Por qué ustedes los jasídicos no pueden vestirse un poco más modernos? ¿Por qué no pueden vestir un lindo traje y afeitar sus barbas para que se vean más respetables? Estamos en el siglo XXI en la ciudad de Nueva York, y ustedes son una vergüenza para todos”.

El señor le responde a la anciana: "No soy judío. Soy amish y me visto de acuerdo a las tradiciones de mi pueblo".

La señora se disculpa respetuosamente: "Por favor perdóneme. No me di cuenta. Y a propósito, realmente admiro la forma en que su pueblo ha logrado mantener sus costumbres".

Substituye "musulmán" por "amish" y obtendrás la esencia del antisemitismo del New York Times. Al ser un periódico liberal que está constantemente en guardia ante la aparición de la más mínima muestra de racismo o islamofobia, lo políticamente correcto es lo que dirige todo artículo o comentario editorial. Sin embargo, si cambias la víctima de "musulmán" a "judío" o de "árabe" a "israelí", la perspectiva repentinamente cambia en 180 grados.

Uno sólo puede preguntarse si esta insensibilidad casi incomprensible y este abandono de la razón se debe en alguna medida al hecho de que los dueños originales del New York Times eran judíos, pues la historia nos ha dado suficientes buenos ejemplos del fenómeno de judíos que se odian a sí mismos, y que están tan desesperados por ser aceptados, que niegan y desprecian su propia identidad.