“Mamá, mis zapatillas están destrozadas”.

Tomé las zapatillas de Yaakov en mi mano; el olor de la pre-adolescencia flotaba en el aire.

“No puede ser”, dije, girándolas una y otra vez al tiempo que metía mis dedos en los agujeros que iban de un lado a otro del calzado. “Sólo tienen tres semanas. Salieron una fortuna. ¿Qué les hiciste, las metiste en una trituradora de papel?”.

“No fui yo”, dijo Yaakov. “En realidad no les hice nada”.

Sus ojos azules reflejaban su inocencia. Tomé mi cartera.

“Vamos”, dije. Conduje hasta la tienda de calzados y tiré las vergonzosas zapatillas sobre el mostrador. “Quiero que me devuelvan el dinero”.

El propietario de la tienda se acercó hacia mí sin prisa. “¿Una devolución? ¿Por qué?”.

“Señor, ¡aquí hay más agujeros que zapatillas!”, contesté. “Compré zapatillas, no sandalias”.

El hombre suspiró, las sostuvo en el aire y las miró; mejor dicho, las atravesó con su mirada. “Quizás su hijo juega mucho al fútbol”, replicó.

“Jugué fútbol una sola vez con ellas”, dijo Yaakov. “Y para eso las compré”.

“Mmm”, dijo el hombre. “¿Quisieras comprar otro par?”.

“¿Para que le haga agujeros del tamaño de un cráter la próxima vez que decida jugar con los chicos en el recreo?”, pregunté. “No, gracias. Quiero que me devuelvan el dinero”.

“No puedo hacerlo”, dijo el hombre. “Lo siento”.

Salimos de la tienda y tiré las zapatillas. Entonces fui a otra tienda de calzados y compré un nuevo par de zapatillas, hechas especialmente para futbol.

“¿Por qué no peleaste más con él?”, me preguntó mi hijo cuando volvíamos a casa.

“No valía la pena. No voy a volver a comprar en esa tienda. El dueño tomó una decisión comercial muy insensata: en el corto plazo ganó 50 dólares, pero en el largo plazo perdió mucho más dinero que eso. Perdió un cliente”.

Cuando el teléfono sonó y aquella importante persona comenzó a hablarme, mi hijo cruzó la puerta con sus mejillas llenas de lágrimas.

Corto y largo plazo. ¿No sería prudente sopesar todas las decisiones que tomamos en la vida a la luz de esos dos valores opuestos?

Recuerdo una importante entrevista telefónica que había programado para la noche cuando mis hijos debían estar durmiendo. Cuando el teléfono sonó y aquella importante persona comenzó a hablarme, mi hijo cruzó la puerta con sus mejillas llenas de lágrimas.

“Mami”, me dijo con voz ronca, “necesito hablar contigo”.

“Cariño”, dije. “¿Puede esperar? Justo ahora tengo una entrevista muy importante con una persona muy importante”.

Dudó. “Es importante, pero…”

Vacilé. Yo todavía tenía que terminar un artículo y esta mujer, que era muy difícil de contactar, estaba al teléfono. Pero mi pequeño hijo a veces también podía ser difícil de contactar. En el corto plazo este artículo era más apremiante, pero en el largo plazo hablar con mi hijo era una inversión mucho más valiosa.

“Lo siento”, le dije a la mujer en el teléfono. “Me tengo que ir. Mi hijo me necesita”.

Lo que mi hijo compartió conmigo, al día siguiente ya había sido solucionado. Pero el recuerdo que le quedó de mí cortando con esa importante mujer por él, es eterno.

Cuando mi esposo vuelve del trabajo y yo estoy exhausta por mi propio día de trabajo y maternidad, todo lo que quiero es desconectarme del mundo por unas horas. Pero él quiere pasar tiempo conmigo – contarme algo que pasó en el trabajo o quizás un nuevo entendimiento que tiene sobre alguno de nuestros hijos. En el corto plazo preferiría dormir. Pero en el largo plazo comunicarme con mi esposo es construir un edificio que nos mantendrá siempre en un buen lugar.

Como trabajadora independiente, los ingresos crecen y decrecen. Recuerdo una vez que me llegó una prestigiosa oferta laboral en un momento en que estábamos muy preocupados por nuestra economía. Me pidieron que creara anécdotas humorísticas basadas en las historias de la Torá. Como la Torá es sagrada para mí, tenía miedo de burlarme de las palabras preciosas que hay en ella. En el largo plazo el trabajo no era acorde con mi sistema de valores de judía creyente. Pero en el corto plazo, podría tapar muchos agujeros económicos en mi vida.

No tomé el trabajo.

En el judaísmo, el concepto del largo plazo es incluso más largo que lo que nuestra comprensión humana puede concebir. Nuestras acciones son infinitas. Ellas continúan más allá de nuestra existencia finita. Perduran para defendernos en el mundo venidero. Son vitales y nunca se olvidan.

Y Dios nunca quiere perder un cliente.