Hace dos años y medio atrás hubo una boda que fue mundialmente conocida en todas las partes del globo, la boda de Lionel Messi y Antonela Roccuzzo.

Comencemos por el principio. Me llamo Daniela, tengo 31 años, estoy casada con Leandro y tenemos dos hijos. Ambos somos baalei teshuvá (término que se refiere a aquellos que a retornaron al judaísmo observante de la Torá). En la actualidad vivimos en la ciudad de Rosario, Argentina. Leandro es Ingeniero en Sistemas, y yo soy Licenciada en Ciencias Políticas. Me dedico a dar clases de Torá en el marco de Olamí Mundial.

¿Cómo fue que conocí a Antonela la esposa de Lionel Messi?

Cuando tenía 12 años mis padres decidieron mudarse de la ciudad donde vivíamos, Santa Fe, a Rosario. Allí ingresé a un nuevo colegio, donde Anto junto a otras compañeras resultaron ser grandes amigas mías. Durante la secundaria compartimos muchos momentos juntas. Mis papás habían decidido no darme educación judía formal, ya que mi mamá pertenece a la comunidad, pero mi papá no. En la infancia no tuve ni Rosh HaShaná, ni Iom Kipur, sólo sabía que era judía y que eso era algo especial.

Así fue que el lazo de amistad con mis amigas de la secundaria marcó una gran etapa en mi vida. Juntas atravesamos momentos de alegrías y tristezas. El vínculo traspasó el contacto cotidiano de la secundaria, y así fuimos creciendo. En particular, en relación a la boda de mi amiga, vimos florecer el amor entre Anto y Leo desde los inicios. Se conocieron de pequeños, una amistad que años después mutó hasta convertirse en lo que son ahora, un matrimonio sólido, con entrega, amor y tres hermosos principitos. Incluso, a modo de anécdota, el baby shower del primer hijo de Anto fue en mi casa de soltera. Un pequeño departamento que decoramos con mucho cariño para celebrar la llegada de Thiago. 

Ese día, además sucedió algo curioso. Fue un viernes del año 2012. Ese día me habían invitado por primera vez a celebrar Shabat en la casa del rabino con el que había empezado a estudiar Torá y, a su vez, allí conocí al que posteriormente sería mi marido.

Pero dejemos esa historia para otro momento y volvamos a cómo se sucedieron los acontecimientos que resultaron en que no pude ir al casamiento de mi amiga. 

Retrospectivamente, no tengo dudas de que “la mano” de Hashem estuvo en cada circunstancia, los detalles revelan el gran nisaión (prueba) que nos estableció.

El año anterior al casamiento de Anto y Leo, mis amigas se reúnen en Rosario, aprovechando la venida de Anto desde Barcelona a la ciudad. Yo no participé de ese encuentro porque me encontraba viviendo en la ciudad de Santa Fe nuevamente.

Posteriormente a esa reunión, una de mis amigas me revela la sorprendente noticia: ¡Dani, Anto nos contó que se va a casar próximamente! ¡Qué alegría! Inmediatamente me puse muy contenta por ella y quería felicitarla, pero mi amiga me pidió que no le diga nada, porque “Anto te quiere contar personalmente”. Ella quería contarme su gran novedad. Así hice y no le dije nada. Pero el tiempo pasó, y no nos pudimos ver (ella hacía años que vivía en España). Por lo tanto, no me pudo dar la noticia personalmente.

En el momento en que mi amiga me dijo que Anto y Leo se iban a casar, lo primero que pensé fue: “¡Qué alegría!”. Y lo segundo fue: “Por favor que no lo hagan un viernes”.

Si bien mis amigas sabían de mi proceso de acercamiento al judaísmo observante, no conocían todos los detalles de Shabat. Pero, por los motivos que describí, no le pude comentar mi inquietud, de que, en la medida que pudiesen, no celebraran la boda un día viernes. 

Así pasaron varios meses, en los cuales olvidé el anuncio de la futura boda, hasta que un día, nos volvemos a encontrar con el grupo de amigas. Una de ellas nos dice: “Les tengo que contar, me enteré la fecha del casamiento de la Negra” (así le decimos cariñosamente). Por otras conexiones que tenía, mi amiga se enteró de la fecha del casamiento, antes de que Antonela nos contara oficialmente. ¡Qué emoción!

Cuando nos dijo la fecha, tomé el celular y me fijé qué día de la semana caía. ¿Cuál fue el resultado? ¡VIERNES! Entré en pánico, y les dije a mis amigas: “¡Chicas, es viernes, cae un viernes, 30 de junio de 2017!”.

Para esa altura del proceso de teshuvá nosotros ya observábamos Shabat por completo. Por lo cual la fecha de la boda generaba un problema grande. 

Nuevamente, como me había enterado de manera indirecta de la fecha de la boda, no pude comentarle nada a Anto. Me tuve que guardar mis emociones encontradas. Los casamientos son hitos de vida, y esto también lo era en la vida de mi amiga. Ella vino especialmente a mi casamiento en marzo de 2014. 

Así sucedió que más tarde Anto finalmente nos da la noticia de la fecha del casamiento y nos envía las invitaciones. Allí le digo que caía un viernes y que para mí era muy difícil asistir. Ya era tarde, estaba todo encaminado, no se podía cambiar de fecha. Para ese momento empezamos a conversar con nuestro rabino sobre qué posibilidades halájicas había de por lo menos estar en el hotel previamente y bajar a saludar a mi amiga en la noche de su boda. Podíamos ir al hotel el viernes temprano y adecuar todo para pasar Shabat ahí, sin transgredirlo. Pero esta idea nos hacía ruido en nuestro interior. Con mi marido nos preguntábamos ¿cuál es el mensaje que daremos a nuestras familias y entorno si “asistimos” al casamiento un viernes? ¿Qué es lo que quiere Hashem de esto? ¿Pasaremos la prueba si asistimos a saludar solamente y pasamos Shabat en el Hotel?

Además, se sucedió un giro de los acontecimientos que ratificaron nuestros pensamientos. En un momento de la planificación de su fiesta de casamiento, los novios cambiaron el lugar de la fiesta. En un principio se iba a realizar en el hotel Puerto Norte de Rosario. Pero, luego cancelaron ese espacio y decidieron hacerlo en el Hotel Casino de Rosario. ¡Ante ese cambio tuve una esperanza interna de que, dado que ahora se hacía en otro lugar, el día también pasara a sábado por la noche por lo menos!

Otra vez la desilusión, el día seguía inamovible. Para ese entonces yo seguía viviendo en la Ciudad de Santa Fe, por lo cual estar alejada de mi entorno de toda la vida también aumentaba mis emociones encontradas. Quería compartir la alegría con mis amigas y devolverle a Anto el gesto que tuvo de venir especialmente de Barcelona a mi casamiento en 2014 en la ciudad de Rosario. Pero era muy difícil… 

La preparación para la boda por parte de mis amigas copó los temas de los encuentros. Qué vestidos usarían, cómo se maquillarían, que invitados famosos irían, etc. 

Finalmente, tomamos la decisión de no asistir a la boda. Habíamos decidido con Leandro que no iríamos al casamiento. Por más que halájicamente podíamos hacerlo, pensamos que eso no sería superar la prueba que Hashem nos había preparado.

No voy a mentir, me sentía un poco triste. Y ese Shabat tuvo un sabor agridulce. Pero, Hashem es tan grande que me mandó un regalo especial, por el que siempre le estaré agradecida.

Una semana antes del casamiento, Anto nos envía un mensaje, en el cual nos invitaba el jueves previo a la boda, a un almuerzo para los amigos y amigas de los novios. Algo íntimo, solamente los más allegados. ¡No cabía en mi emoción! Era algo totalmente inesperado que me permitía compartir con ella su alegría, sin dejar de observar Shabat. Estaba muy contenta. Así fue que salí a comprar un libro para regalarle. Quería llevarle algo personal que demostrara que realmente la quiero y que le deseaba que tuviera un matrimonio sólido, feliz, que durase toda la vida. Compré un libro sobre el matrimonio, le escribí una dedicatoria y salí hacia el encuentro.

Antonela Roccuzzo junto a la autora en el evento previo a su boda.

Llegamos a una estancia hermosa, estilo campestre, donde se encontraban todos sus amigos. La saludamos, la felicitamos, conocimos a sus amigas de Barcelona. Y yo estaba con mi bolsita en la mano para poder acercarme en algún momento y conversar con ella. Estaba un poco nerviosa, no es una situación fácil decirle a una amiga de toda la vida que lamentablemente no podrás asistir ese día tan importante a celebrar con ella. Así que me armé de valentía, me acerqué, nos fuimos a un costado, y con lágrimas en los ojos le dije que la quería mucho, que les deseaba lo mejor para esta nueva etapa de su vida, pero que lamentablemente no podía ir. Las dos nos emocionamos, como lo hago nuevamente al escribir estas líneas. Tomó el libro, nos abrazamos y me dijo: “No lo comprendo, pero te respeto”. Y volvimos con el resto del grupo.

Ahí está la magia de la amistad, del valor real de querer a una amiga. Ninguna de mis amigas objetó mi decisión, ni me hizo sentir incómoda por no asistir. Ninguna de ellas es judía y, sin embargo, supieron respetar mi decisión. Ese jueves a la tarde, después del evento pre boda, todas partieron hacia el hotel. Anto las invitaba a quedarse en el hotel desde la noche del jueves hasta el domingo.

Y a mí me fue a buscar Leandro y partimos los dos hacia nuestro hogar.

¿Cómo sabemos que superamos una prueba que Dios nos puso para crecer? Dicen que Hashem nos vuelve a probar con el mismo desafío para poder constatar que salimos victoriosos. Hace un mes, un tío por parte paterna cumplió 60 años y realizó una fiesta. Le dijo a mi papá que había averiguado salones para hacerlo el día sábado, pero no encontró ninguno disponible. Así que lo realizó un viernes. Pero gracias a Dios, dos años y medio después del primer nisaión, ese viernes mi corazón estuvo nuevamente tranquilo, feliz, en paz. La cena del viernes fue en casa con mi familia, sentía gratitud por llegar a esa instancia con la convicción de que ese era el mejor lugar donde podía estar.

Gracias a Dios fueron dos años de crecimiento interior que me permitieron avanzar y poder vivir estos desafíos de otra forma. Como explica la Rebetzin Esther Jungreis en su libro La vida es una prueba, el milagro más grande que se revela después de superar una prueba, es la individualidad interior. La cual renace con más fortaleza que antes, mostrándote la potencialidad que tienes para ser mejor cada día y acercarte a Hashem de corazón.

Gracias una vez más amiga mía por haberme respetado y querido como soy. Te quiero.