A lo largo de los años, probé muchos sistemas populares de organización que llegaron al mercado. Siempre comencé con fuertes e importantes objetivos profesionales, fechas límites y logros, pero después de un tiempo perdía impulso, me sentía abatida por las hojas en blanco que tenía ante mí. Sin embargo, en un ejemplo de "la esperanza que triunfa sobre la experiencia", el último enero comencé una nueva agenda planificadora. Era fácil de usar y tenía mi nombre grabado en la cubierta. Quizás esta vez lograría tener éxito.

Pero al estilo del “Día de la marmota”, llegó el día en que no anoté nada. Una semana. Un mes. Había estado registrando especialmente proyectos relativos a mi trabajo, pero también había un número creciente de obligaciones y compromisos personales: una visita de shivá a una amiga de la familia; preparar y llevar una comida semanal a otra amiga cuyo padre atravesaba una crisis médica; cuidar a mi nieto de dos años todos los miércoles mientras su madre dormía después de estar de guardia toda la noche como enfermera en el hospital. Cuidé a mi esposo durante una semana después de una cirugía planificada, y dos veces a la semana buscaba a una amiga para ir a clases de yoga. También comencé una serie diaria de estudio sobre los Neviim y traté valientemente de mantener el ritmo. Mis semanas se completaban con numerosas llamadas telefónicas, mensajes de texto y algunas visitas inesperadas y muy bien recibidas de mis hijos y nietos. Pero la mayoría de estas actividades no las registré.

Sin embargo, nuestra fase actual de vida de cuarentena “quédate en casa”, sacó a la luz el hecho de que todos esos esfuerzos no registrados, llamadas, visitas, sesiones de estudio, atención de seres queridos y disciplinas que promueven la salud, también eran logros. Ahora daría cualquier cosa por esa oportunidad semanal de cuidar a mi nieto, leerle un cuento mientras se acurruca sobre mi regazo y sostener su mano mientras caminamos por la vereda buscando hormigas.

Por ahora, le leo cuentos a través de la computadora, eso es la "nueva vida Zoom". Es incómodo sostener el libre de cuentos para que mis nietos puedan ver los dibujos y estirar mi cuello para poder leer, pero me alegra que me pidan que lo haga.

Con mi amiga, ahora cada una hace ejercicios desde su casa y nos vemos en un pequeño rincón de la pantalla de la computadora. Ambas extrañamos nuestras charlas nutritivas en el auto al ir y volver de la clase.

Últimamente, cuando la necesidad de bikur jolim o shivá fue tan intensa, nos vimos limitados a proveer un poco de consuelo a través de llamadas telefónicas, emails o FaceTime.

Personalmente, mi trabajo como escritora siempre me resultó inmensamente satisfactorio, pero el aislamiento forzado de cualquiera que no viva en nuestra casa durante los dos últimos meses dejó claro que fallé en registrar en mi planificador los logros más importantes y satisfactorios: todos los encuentros vigorizantes y que construyen relaciones con nuestros seres queridos, amigos o miembros de la comunidad a quienes quizás no conocemos bien pero para quienes nuestros pequeños actos de dar, o simplemente nuestra presencia, pueden brindar un mínimo de consuelo.

Ahora que las restricciones comienzan a suavizarse, ya no veo la hora de encontrarme personalmente con parientes, amigos y miembros de la comunidad, no con 2 metros de distancia ni detrás de una máscara deprimente. No hay un día en el que no me comiencen a caer lágrimas al imaginar el momento en que pueda dar un fuerte abrazo a mis hijos y nietos.

Yo soy sólo una en medio de millones de personas que descubrieron, o quizás redescubrieron, cuánto necesitamos valorar las actividades que por lo general cedemos a una institución, comercio u organización. Aprovechamos nuestro individualismo, autosuficiencia, creatividad, ingenio y humanidad cuando horneamos pan casero, hacemos proyectos de manualidades con nuestros hijos, leemos con más detención, trabajamos en el jardín, supervisamos las lecciones escolares de nuestros hijos, rezamos en nuestros hogares y quizás escuchamos la voz calma de los otros que también se conectaron con ese minián. En esta época de miedo, inseguridad y tragedia, recibimos el regalo de llegar a conocer mejor a nuestros esposos, hijos, padres e incluso a nosotros mismos.

El énfasis occidental en los logros materiales y la competencia me llevó a pensar que mucho de lo que hacía en mi vida sólo constituía logros en minúscula, algo que no valía la pena registrar en mi planificador “profesional”. Pero por supuesto, nuestras vidas no se miden por cuánto vendemos, escribimos, diseñamos o construimos. Se miden por lo que damos de nosotros mismos a nuestra familia, amigos y comunidad. Estos actos y encuentros diarios merecen un lugar en cualquier registro que llevemos.