Me desperté esta mañana y escuché las trágicas noticias. Supongo que las noticias trágicas no son algo extraño hoy en día en Israel —principalmente debido a la guerra— pero realmente me afectó. Robin Williams ha muerto a los 63 años. El zumbido de los medios de prensa como abejas alrededor de la miel, publicando palabras como “suicidio”, “depresión”, “drogadicción” y “alcoholismo”.

En mi humilde opinión, no hubo actor más talentoso ni comediante más genial que Robin Williams. Desde el momento en que aparecía en escena, desplegaba una asombrosa habilidad para provocar la reacción y los sentimientos más profundos en su audiencia. Él podía hacernos reír, por supuesto, así como lo hizo tan brillantemente como comediante en vivo, en el revolucionario programa de TV Mork & Mindy, o en comedias clásicas como La Sra. Doubtfire y Buenos días, Vietnam. Pero también podía tocar la parte más profunda de nuestra alma y hacernos llorar como lo hizo en La sociedad de los poetas muertos, Un ruso en Nueva York, o En busca del destino por la cual obtuvo su único Oscar.

A pesar de que Williams nació y fue criado como un episcopaliano (en mi ciudad natal, Chicago), siempre tuvo un fuerte “aire judío”. Él siempre utilizaba palabras en ídish en sus rutinas, representó varios personajes judíos en diversos largometrajes —incluyendo la película Una señal de esperanza—, y se describía a sí mismo como un “judío honorario”. El año pasado Williams twitteó una foto de sí mismo con una kipá en la cabeza y escribió “¿Es muy tarde para un cambio de carrera? ¿Rabino Robin?”. Además, muchas de sus escenas memorables calzan perfectamente con la creencia y filosofía judía.

El año pasado, como parte del seminario pre Iom Kipur que realizamos anualmente, yo puse un video de Williams hablándole a Dios sobre la vida y la muerte, un fragmento de la película Patch Adams —la historia del emblemático doctor que combinaba arte y humor con un amplio conocimiento en medicina para tratar a los pacientes—. En la película, uno de los colegas y buenos amigos de Adams es asesinado, y el mismo Adams contempla la posibilidad de suicidarse. De pie en el borde de un acantilado, a punto de saltar, él le grita al cielo “¿¡Qué quieres de mí!?”. De pronto, una mariposa se posa sobre su hombro y el vuelve a apreciar el valor de la vida y las maravillas de la creación.

Incluso la voz de Williams tenía un toque mágico y fue el alma de muchas películas animadas, entre ellas Aladino, donde interpretó al Genio de la lámpara; Robots; y la película ganadora del premio Oscar Happy Feet: el pingüino. También estaba involucrado activamente en trabajos caritativos, en particular el programa “Comic Relief”, y frecuentemente presentaba sus rutinas cómicas ante las tropas americanas en diferentes partes del mundo. Su exuberancia, espontaneidad e irreprimible energía encantó a millones de personas; era apreciado y amado por todos aquellos que lo conocieron. Carpe diem 'aprovecha la vida', el mantra que le enseñó a sus estudiantes en La sociedad de los poetas muertos, fue claramente el credo que mejor define su legado.

Lo cual hace a su vez que su muerte sea aún más trágica y confusa. ¿Por qué un hombre extremadamente talentoso y amado pone fin a su vida de forma tan prematura? Con tantas cosas buenas a su alrededor —fama, fortuna, amigos y familia—, ¿qué espacio había para los demonios?

Por supuesto, cada enfermedad tiene su propia lógica interna, y las dolencias emocionales o psicológicas que él cargaba en su interior no son algo que podremos comprender plenamente. Su esposa Susan Schneider dijo en un comunicado después de su muerte: “Mientras lo recordamos, nuestra esperanza es que el foco no estará en la muerte de Robin, sino en los innumerables momentos de alegría y risa que le brindó a millones de personas”.

Lo que más me llega hoy es la lección que se puede aprender de la vida —y muerte— de Williams aquí en Israel. En cierto sentido, nosotros también vivimos una vida bi-polar. Nosotros como nación, como pueblo, estamos oscilando constantemente entre los polos opuestos de éxtasis y tragedia. Estamos ya sea celebrando milagros y maravillas, o aflicción y dolor por la pérdida de nuestros seres queridos. Construimos un gran país a partir de las cenizas del Holocausto, y luego, inmediatamente nos invadió la ansiedad y la preocupación por la amenaza existencial que emana de nuestros hostiles vecinos. Ganamos guerras, gracias a Dios, en contra de todas las probabilidades, pero luego agonizamos por las consecuencias de cada conflicto. Cada causa de celebración se ve atenuada por una advertencia en contra del exceso de confianza, pero a su vez, cada nube negra contiene su propio rayo de esperanza. Incluso nuestro calendario hace eco de esta dualidad: nuestras festividades están entremezcladas con nada menos que seis días de ayuno, los cuales nos recuerdan que nunca estamos demasiado lejos de una tragedia, pero al mismo tiempo, siempre hay una razón para celebrar.

Nuestra última guerra que aún sigue en curso, ha inyectado una medida de depresión en la gente. Estamos preocupados por el rumbo que está tomando el conflicto y nos preguntamos cuál es la solución para una situación aparentemente irremediable. El suicidio no es una opción. Hemos atravesado cada tormenta a lo largo de nuestra historia y, con la ayuda de Dios, atravesaremos también ésta y emergeremos en gloria y majestad.

Robin, vuela hacia arriba, encuentra refugio en algún nido celestial. Como dice el Talmud, aquel que hace reír a la gente tiene un lugar asegurado en el Mundo Venidero. Y nosotros también buscaremos nuestro propio refugio, en las alas de Dios, y en la fortaleza de nuestro orgulloso pueblo, cuyos mejores momentos aún están por venir.