Los eventos de la semana pasada fueron la última y la más estremecedora demostración de un país en llamas, dividido por el odio en lo que pareciera ser una burla de su mismísimo nombre: los Estados "Unidos" de América. Después de un verano de manifestaciones y protestas en las que vecinos se enfrentaron a vecinos, amigos y parientes se enfrentaron unos en contra de otros, finalmente llegamos a esto: un ataque al Congreso en el momento en que los representantes elegidos iban a cumplir con su obligación constitucional de determinar al líder democráticamente elegido por la nación.

Tiemblo ante la idea de que este país, bendecido por Dios como ningún otro país en la historia reciente, sea destruido no por enemigos externos, sino que, como tantos imperios del pasado, se erosione desde adentro, un suicidio fabricado por la locura y la insensatez.

Debemos encontrar una forma de seguir adelante que nos lleve a apreciar nuevamente los valores y los ideales que fueron la fuente original de nuestra grandeza.

El milagro que necesitamos hoy es el que Dios eligió cuando se presentó por primera vez ante Moshé y lo nombró como líder del pueblo judío. Para darse a conocer, Dios decidió aparecer en un arbusto que estaba en llamas, pero milagrosamente el fuego no lo consumía. Este era un mensaje. Moshé había huido de Egipto mientras su pueblo enfrentaba las llamas del odio y la esclavitud. Moshé temía que su pueblo hubiera perecido. Por eso Dios le aseguró desde el interior de la zarza ardiente que era posible que tuviera lugar un milagro de supervivencia en contra de todas las probabilidades. Mientras los hebreos continuaran aferrándose a sus creencias y escucharan el mensaje de Dios en sus propias vidas, el fuego no sería un fuego de destrucción.

En hebreo, la zarza o arbusto es llamada sné. La raíz de esa palabra daría nombre al lugar que simbólicamente se transformó en una fuente de ética, moralidad y civilización. El mismo lugar donde Dios eligió a Moshé y le enseñó la forma de asegurar la supervivencia milagrosa, posteriormente sería más conocido como el Monte Sinaí. El nombre Sinaí deriva de la palabra sné.

Los padres fundadores entendieron con claridad lo que distinguió a los Estados Unidos y aseguró sus bendiciones Divinas.

Benjamín Franklin resumió la futilidad de tratar de construir una nación sólo a través del poder del hombre, y la necesidad de recibir ayuda Divina: "Señor, yo he vivido mucho tiempo, y mientras más vivo, más veo pruebas convincentes de esta verdad, que Dios gobierna todos los asuntos de los hombres. Si un gorrión no puede caer a la tierra sin que Él lo note, ¿cómo puede ser probable que surja un imperio sin Su ayuda? En las Sagradas Escrituras se nos asegura que 'si Dios no construye la casa, en vano se esfuerzan quienes la construyen'. Yo creo en esto con firmeza y también creo que sin Su ayuda no tendremos en esta construcción política más éxito que el que tuvieron quienes construyeron Babel".

John Adams, en 1756 lo expresó de forma muy bella: "Supongan que hay una nación en alguna región alejada que adopta la Biblia como su único libro legal, y cada miembro debe regular su conducta por los preceptos allí exhibidos. Cada miembro estaría obligado a la templanza, la frugalidad y la laboriosidad, a la justicia, la bondad y la caridad para con sus semejantes, y a la piedad, el amor y la reverencia hacia el Dios Todopoderoso… ¡Qué utopía, qué paraíso sería esa región!".

Estas son las palabras del discurso de despedida de George Washington: "De todas las disposiciones y hábitos que llevan a la prosperidad política, la religión y la moralidad son soportes indispensables… Permitamos con cautela suponer que la moralidad pudiera mantenerse sin la religión… Tanto la razón como la experiencia nos prohíben esperar que la moralidad nacional pueda prevalecer si se excluyen los principios religiosos".

Estas son las ideas consagradas en la Declaración de la Independencia: "Por lo tanto nosotros, los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso General, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por la autoridad del buen pueblo de estas Colonias, solemnemente hacemos público y declaramos: Que estas Colonias Unidas son, y deben serlo por derecho, estados libres e independientes… Y para apoyar esta declaración, confiando firmemente en la protección de la Divina Providencia, comprometemos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor".

En las innumerables respuestas a los espantosos acontecimientos que hoy amenazan nuestra democracia, no encuentro enfatizadas las palabras de nuestros fundadores. Necesitamos poner en primer plano la idea de que "todos los hombres son creados iguales" porque este es el reconocimiento de nuestra singularidad compartida como creaciones a imagen de Dios, lo que requiere que nos unamos con respeto mutuo y buena voluntad.

Después de la tragedia de la semana pasada, ya no son los políticos quienes pueden asegurar nuestra supervivencia. Los Estados Unidos necesitan una poderosa afirmación de su singularidad espiritual. Lo que más hace falta elevar y escuchar es la voz de sus líderes espirituales con el mensaje de lealtad a la ética y los mensajes morales del Sinaí.

Tenemos que bajar el volumen del odio y la recriminación que resuena en los titulares y amplificar la pequeña y apacible voz que trata de recordarnos nuestra obligación de ver a Dios en medio de las llamas de la zarza ardiente. Esa es la visión que asegurará que nosotros y que el sueño de los padres fundadores no se consuma.