Las siguientes escenas son algunas de las más conmovedoras de la Torá.

Abraham, a quien Dios le había asegurado grandes bendiciones, clama con desesperación: "¿¡Que cosa puedes darme que tenga algún tipo de significado siendo que no tengo hijos!?".

Itzjak y Rivka lloran mientras se lamentan por su esterilidad, ellos rezan con todo su corazón para que Dios responda sus plegarias y puedan concebir.

Rajel le suplica a su marido Yaakov que interceda en su favor para que ella también, al igual que su hermana Lea, quede embarazada, “porque de lo contrario”, le dice “déjame morir”.

Ahora avanza rápido hasta la actualidad y descubre la nueva realidad que fue retratada hace un tiempo en la portada de la revista Time “La vida sin hijos: tenerlo todo sin tener hijos”.

Los hechos son alarmantes. La tasa de natalidad americana es la más baja de la historia. Para muchas parejas, tener hijos es simplemente demasiada carga, una limitación en el estilo de vida libre donde cada uno hace lo que quiere, y un drenaje financiero para sus bolsillos cuando ese dinero podría ser utilizado en actividades mucho más divertidas y placenteras.

La tasa de natalidad americana es la más baja de la historia.

Como Kathleen Gerson, profesora de sociología de la Universidad de Nueva York, sucintamente lo describe "Otros compromisos toman el lugar de lo que la maternidad podría haber significado".

Yo sé que hay personas que simplemente no están hechas para ser padres. A gran escala, puede ser mejor que aquellos que tienen fobia a los niños o que son psicológicamente incapaces de criarlos, no asuman esta responsabilidad. Pero lo que realmente me perturba es la nueva moda en donde se opta por no tener hijos voluntariamente, bajo la equivocada premisa de que esta es la manera ideal de "realmente tenerlo todo".

Aquí van algunos números: 49% de las mujeres sin hijos entre los 40 y 44 años decidieron no tener hijos voluntariamente. Entre el 2007 y el 2011 la tasa de fertilidad bajó en un 9%. Un informe de Pew Research de 2010 demostró que la tasa de fertilidad ha bajado en todos los grupos raciales y étnicos. Una de cada cinco mujeres estadounidenses llega al fin de sus años de maternidad sin hijos, comparado con una de cada diez en los años 70.

Entonces he aquí la gran paradoja. En una época en la cual los lujos que generaciones anteriores ni siquiera soñaban son fácilmente alcanzables incluso para los sectores más bajos de la sociedad, tener hijos se ha convertido en un gasto de recursos económicos y psicológicos demasiado grande para hombres y mujeres que buscan lo que ellos consideran la “vida más satisfactoria posible”.

Los voceros de esta nueva ola filosófica anti hijos dicen que es tiempo de que “nos cuestionemos el imperativo reproductivo”. En otras palabras, Dios fue demasiado demandante cuando nos ordenó "fructificarnos y multiplicarnos".

Seguro, tener hijos no es fácil. Nadie niega que la paternidad es un rol lleno de obligaciones y cargas. Comienza con los pañales sucios, las despertadas en la mitad de la noche, y sólo sigue con más desafíos y dificultades. Como dice el refrán en idish “Sin niños, ¿que haríamos para afligirnos?”. Y a pesar de todo esto, desde Adán y Eva —por lo menos hasta ahora— las personas, al igual que nuestros ancestros bíblicos, rezaban para tener niños.

Elegir voluntariamente no tener hijos es negar la imagen Divina que hay en cada uno de nosotros: el espíritu de Dios, cuyo primer acto registrado en la Biblia fue transformarse en el Creador.

Los filósofos judíos mucho tiempo atrás se preguntaron. Dado que Dios es autosuficiente, ¿para qué necesitaba crear el mundo? Dios es infinito, perfecto. No le falta nada. ¿Por qué nos necesitaba? La respuesta es profundamente relevante. El mundo fue creado como un acto de amor. Parte de lo que hace que Dios sea perfecto es su esencia de jésed, ‘bondad’. Dios es amor, bondad y benevolencia. Todo esto requiere de recipientes. El amor Divino demanda creación, porque si nosotros no fuésemos sus hijos, Dios no podría darle completa expresión a Su verdadera esencia como nuestro amado Padre en el cielo.

Hace un tiempo atrás, Rav Jonathan Sacks, en su posición en aquel entonces como Rabino Jefe del Reino Unido, envió sus saludos y felicitaciones al Duque y la Duquesa de Cambridge por el nacimiento de su primer hijo. De todas las cosas que él podría haber destacado en aquella ocasión, encontré intensamente conmovedor que Rav Sacks puso el foco en el tema de "el privilegio de tener la posibilidad de amar". Él quería que los nuevos padres supieran que: "No hay una labor más sagrada, ni una más satisfactoria. Cada niño concebido con amor es un testimonio de una profunda y conmovedora esperanza en el futuro, en la renovación humana y en la vida misma como la más suprema bendición. Y cada padre o madre sabe en su corazón que el verdadero privilegio no es ser amado sino tener la posibilidad de amar".

Para completar nuestra imagen Divina necesitamos la posibilidad de amar. Necesitamos estar entre aquellos que dan en vez de aquellos que reciben. Necesitamos conocer el privilegio de amar igual como un Dios perfecto "necesita" de nosotros para poder materializar Su bondad.

Tener hijos es la expresión final de ser un creador como Dios.

La alegría de concebir un hijo, proveerle todas y cada una de sus necesidades, dar sin esperar retribución a cambio por la "inversión", es un amor único y profundo que no se puede replicar. Las parejas sin hijos pueden tener suficiente tiempo y dinero para viajar alrededor del mundo, satisfacer cada fantasía hedonista, vivir sus vidas en aparente encanto, pero nunca experimentarán la forma más profunda de felicidad que proviene de asemejarse a Dios al convertirse en un creador.

En este mes de Elul, mientras nos preparamos para las Altas Fiestas, debemos recordar que la porción de la Torá que leemos el primer día de Rosh HaShaná es la respuesta de Dios a una plegaria. No a una plegaria por bienestar. No a una plegaria por poder. No a una plegaria por éxito, como sea que se defina. Nosotros empezamos el nuevo año recordando que Dios respondió las profundas plegarias de Sara y Jana, y las bendijo para que pudieran concebir. Como judíos, sabemos desde ya hace mucho tiempo que la familia será siempre la llave para la realización personal y la felicidad.