Cuando se trata de luchar por 'santidad' e 'integridad', me pregunto si todos somos como la rana en una olla siendo hervida hasta morir. Hoy en día vestimos, miramos, escuchamos, leemos, hablamos y enviamos por email cosas que hace unos pocos años nos habrían avergonzado.

Vivimos en un mundo con menos barreras en el cual se desintegran los límites. Las personas luchan por el derecho de vestir, o de no vestir, lo que quieran. Anuncios publicitarios, afiches, señalizaciones, publicidades y banners colocan incansablemente imágenes frente a nuestros ojos que están diseñadas para ser tentadoras, atractivas y seductoras. Los programas de televisión que incluyen temas, relaciones, lenguaje e imágenes que alguna vez hubieran estado relegadas a canales de cable de mala fama y aparecido en la mitad de la noche, son ahora parte de la televisión popular que las familias ven juntas durante la hora de la cena.

Esto no ocurrió de la noche a la mañana; es el producto de un lento pero constante movimiento de “la línea roja” durante décadas. La sociedad a nuestro alrededor está cambiando y a menos que nos distingamos conscientemente en nuestra búsqueda de santidad, vamos a hervir espiritualmente hasta la muerte.

Al comprometerse a liberarnos de la esclavitud de Egipto, Dios promete sacarnos de los “sivlot mitzraim”, traducidos clásicamente como 'de debajo de las cargas y la esclavitud de Egipto'. Sin embargo, el Jidushei HaRim explica que sivlot viene de la palabra en hebreo savlanut, 'paciencia'. Entonces la frase puede ser interpretada como: "Yo los redimiré de la paciencia que han tenido y de la disposición de soportar la hedonista y decadente cultura de Egipto".

La redención vino a través de alcanzar un lugar de estar asqueados y repugnados con la degradación y corrupción de Egipto. Cuando ya no teníamos savlanut, 'paciencia' y 'tolerancia' para la cultura de Egipto, es cuando estuvimos en camino hacia la redención y a una vida de kedushá, 'santidad'.

Sí, la paciencia es una virtud, pero es hora de estar hartos de permitirnos que nosotros y nuestros estándares sean definidos por la cultura pop, la industria de la moda, las agencias de publicidad, los escritores de Hollywood y segmentos de la sociedad que ofrecen progresismo, cuando en realidad, están retrasando a la sociedad en vez de hacerla avanzar. Tenemos que perder la paciencia con los problemas dañinos que se han introducido en nuestro sistema moral y elevarnos por encima de ellos.

En su libro The Road to Character (El camino al carácter), David Brooks escribe, “No vivimos por la felicidad, vivimos por la santidad”. El mundo a nuestro alrededor nos sigue diciendo que merecemos ser felices y que podemos hacer lo que queramos, siempre y cuando no dañe a otros. Pero como dice Brooks, a las personas que adhieren a esta filosofía les falta el ingrediente clave para una vida de virtud y carácter. No es felicidad por lo que vivimos; sino que vivimos por una vida de santidad.

Tenemos que revisar la temperatura del agua en nuestra olla y cómo ella está afectando a nuestra alma y nuestra vida, y comprometernos nuevamente a buscar santidad en nuestras vidas.

Cuidar nuestros ojos y protegernos de la vulgaridad siempre ha sido un desafío, pero nunca ha sido tan difícil como lo es hoy en día. No es solamente la facilidad de acceso a contenido gráfico debido a la exposición a aparatos electrónicos y la proliferación de Internet, el problema mayor es que vivimos en una sociedad que ha borrado completamente el tabú y los estigmas asociados a ello.

Todos somos humanos, todos tenemos momentos de debilidad y áreas en las que debemos trabajar. Pero, ¿qué pasó con estar cohibido o al menos avergonzado de hacer cosas que son bajas para nosotros? ¿Qué pasó con mantenerlas en el ámbito de lo privado y lo personal?

Rav Abraham Itzjak Kook escribe (Orot HaKodesh, 3:296) de un momento en que el mundo verá con gran admiración y asombro la búsqueda de pureza del pueblo judío. Los judíos le han dado al mundo grandes avances tecnológicos y descubrimientos médicos. Ha llegado el momento también de dar un ejemplo de lo que significa participar y contribuir al mundo a nuestro alrededor, sin comprometer o ceder en nuestros estándares de santidad e integridad.