Hace veinte años, cuando les explicábamos a nuestros huéspedes de Shabat por qué no usábamos aparatos eléctricos en Shabat (autos, hornos, incluso teléfonos), ellos trataban de ocultar su sorpresa y arqueaban las cejas con una simpática expresión de: “¡pobrecitos, qué primitivos!”. Sus tibios comentarios apenas podían ocultar el desdén: “Que lindo que sigan observando las antiguas tradiciones de nuestro pueblo”.

Hoy, las miradas condescendientes de simpatía fueron reemplazadas por ojos anhelantes y llenos de envidia.

Los huéspedes descubren que una vez a la semana nuestra familia deja de lado sus teléfonos inteligentes y otros artefactos y pasa el día juntos, conversando. ¡Compartiendo! ¡Comiendo en calma varios platos! ¡Jugando juegos de mesa en familia! ¡Yendo a la cama temprano! ¡Leyendo libros!

¡Qué cambio!

Especialmente las mujeres se emocionan al oírlo. Sus rostros expresan un profundo anhelo, una remota esperanza de que de alguna manera, algún día puedan tener la atención completa de sus esposos, alejados del teléfono. Y que un día también ellos puedan pasar tiempo con sus hijos sin mirar constantemente sus aparatos, concentrándose en compartir los eventos cotidianos del día.

Hoy los judíos religiosos ya no son los únicos cautelosos de los efectos secundarios negativos de los teléfonos inteligentes. Innumerables artículos y estudios documentan el incremento de la soledad, la pérdida de la capacidad de atención y la inmensa pérdida de tiempo. En un artículo del New York Times (25 de febrero del 2019) llamado “Ditching Those Bad Phone Habits” (Cómo abandonar esos malos hábitos con el teléfono), Kevin Roose enumera muchas de las soluciones progresivas que ofrece en la actualidad la incipiente industria del “Bienestar Digital”. Uno de ellos fue promocionado como el Light Phone o 'Teléfono liviano', un artefacto con funciones limitadas que tiene el objetivo de alejar a las personas de las aplicaciones que le roban el tiempo. ¿Te suena conocido? Está bien, suena mejor que nuestro “teléfono kósher” que tiene un acceso limitado y similares funciones, pero es básicamente lo mismo.

Para aquellos que como el Sr. Roose se sienten incapaces de leer libros, ver una película completa o mantener conversaciones largas e ininterrumpidas, él recomienda los beneficios del “Shabat digital”, pasar 24 horas sin ninguna tecnología.

El Sr. Roose decidió probar esta opción, y después de dudarlo bastante, lo intentó. Se sorprendió ante los resultados: “Disfruté del ocio del Siglo XIX, sentí que mis nervios se calmaban y mi capacidad de atención se expandía. Leí libros, armé rompecabezas… observé las estrellas. También sentí ráfagas de enojo: conmigo mismo por desperdiciar esos "sentimientos de aburrimiento restaurador" durante tantos años; enojo con los ingenieros de Silicon Valley que pasan sus días aprovechándose de nuestras debilidades cognitivas, y enojo con toda la industria telefónica por habernos convencido de que un rectángulo de 15 centímetros de vidrio y metal es el conducto ideal para experimentar el mundo”.

Hace poco estuve en Nueva York y viajé bastante en el metro subterráneo. Uno ya no ve personas con libros. Todas las cabezas están enterradas en teléfonos inteligentes. Bueno, todos excepto los judíos ortodoxos y los borrachos.

El judaísmo nunca propuso que hay que alejarse de la tecnología y no es sorprendente que gran parte de la tecnología más moderna y más utilizada en el mundo haya emergido de Israel. Pero nosotros nos relacionamos con ella con mucha precaución, analizando cuidadosamente sus beneficios y sus peligros para cuidar así nuestros mayores tesoros: nuestra pareja, nuestros hijos, nuestros amigos y nuestra relación con nosotros mismos.

Para mí, la lección más convincente que compartió el Sr. Roose fue una que a él lo sorprendió pero que es la razón principal por la cual los judíos hemos protegido nuestro amor por el Shabat y nuestro cuidado respecto a la tecnología. “Hace un par de semanas el mundo de mi teléfono parecía más atractivo que el mundo fuera de su conexión: más colorido, se movía más rápido y con una gama más amplia de recompensas… Pero ahora también me emociona el mundo físico, en el cual hay lugar para el aburrimiento, para las manos quietas y espacio para pensar. Miro a la gente a los ojos y escucho lo que dicen. Subo al ascensor con las manos vacías. Y cuando me veo atrapado por mi teléfono, presto atención y lo corrijo. Por primera vez en mucho tiempo, comencé a sentirme nuevamente un humano”.

Cada siete días reiniciamos el circuito y durante 24 horas nos desconectamos para lograr conectarnos con lo que realmente importa en nuestras vidas. El Shabat es la antigua herramienta que ahora necesitamos más que nunca.