La revista Rolling Stone está siendo bombardeada de críticas por su portada en donde aparece la fotografía del sospechoso del atentado en Boston, Dzhokhar Tsarnaev. El artículo, escrito por la editora Janet Reitman, se titula “El Terrorista: Cómo un popular y prometedor estudiante fue defraudado por su familia, cayó en el Islam radical y se convirtió en un monstruo”. El reportaje incluye entrevistas con amigos de la infancia y de la universidad, maestros, vecinos y los oficiales de policía. Los lectores, sobre todo en Boston, criticaron duramente a la revista en su página de Facebook, alegando que la portada está transformando a un terrorista en una "estrella de rock".

La Farmacia CVS, Walgreens y las tiendas Tedeschi se han rehusado a vender copias de la revista. Tedeschi escribió en su página de Facebook: "No podemos apoyar las acciones que sirven para glorificar las malvadas acciones de alguien. La música y el terrorismo no se pueden mezclar”. La cadena CVS, con sede en Woonsocket, escribió en su página de Facebook: “Como empresa con profundas raíces en Nueva Inglaterra y una fuerte presencia en Boston, creemos que esta es la decisión correcta por respeto a las víctimas del ataque y a sus seres queridos”.

Estos son algunos de los comentarios de los lectores de Rolling Stone en la página de Facebook de la revista:

“Jeff Bauman, quien perdió ambas piernas, debería estar en la portada”.

“Este es el mejor ejemplo de por qué Facebook necesita un botón de 'No me Gusta'”.

"Estoy tan decepcionado con la revista Rolling Stone. Hasta ahora había disfrutado de la revista. Ya no voy a comprarla/leerla nunca más. Acaban de transformar a este terrorista en una 'estrella de rock' ¿Cómo pudieron?”.

Al leer estos comentarios y ver la glamorosa fotografía del asesino en la portada, recordé una conversación que tuve en una cena en Nueva York hace años. Estábamos de visita en Nueva York durante el apogeo de la Intifada, y parecía que cada semana había otro ataque terrorista. No podíamos entrar en un restaurante o abordar un autobús sin mirar alrededor con miedo, y habíamos estado a sólo un par de cuadras cuando explotó una bomba en la pizzería Sbarro. Estando en Nueva York, yo todavía podía escuchar el eco de la horrible explosión y las sirenas que parecían no terminar nunca.

Una de las personas sentadas en nuestra mesa comenzó a hablar del conflicto en Israel y me preguntó si yo pensaba que los terroristas debían ser compadecidos por sus extremas circunstancias de pobreza. Casi me atraganté con mi comida. ¿Cómo podía él preguntar eso? ¿Acaso la pobreza es una excusa para cometer asesinato? ¿El hecho de que le hayan inculcado el mal a una persona la excusa de tomar sus propias decisiones de llevar ese mal a la práctica?

Yo no dije nada de eso. En cambio, lo miré fijamente por un momento antes de preguntar: “Si uno de sus hijos hubiese sido asesinado en un ataque terrorista, ¿acaso usted preguntaría eso? Si usted mismo hubiese perdido un brazo o una pierna, ¿haría esta misma pregunta?”.

“Sí, creo que sí”, contestó él.

Yo no le contesté, y tampoco le creí, ni siquiera por un momento. Y no creo que la editora de la revista Rolling Stone hubiera publicado este artículo si ella hubiese perdido sus piernas en un atentado. O si hubiese perdido a su hijo. O ambos brazos. O si sintiera algo parecido al dolor con el cual las víctimas del atentado de la maratón de Boston todavía están luchando.

El pasado Tishá B'Av, el rabino Wallerstein leyó en voz alta una lista de los distintos tipos de sufrimiento que azotan a nuestra generación: la infertilidad, los pobres, las personas solas que no pueden encontrar pareja, los drogadictos, las personas que sufren de cáncer, trastornos de alimentación, problemas en el matrimonio... La lista era larga, y al final de ella, él se detuvo y dijo que algunas de las personas en la audiencia no se veían afectadas por estas cosas. Y de hecho, tal vez algunos de nosotros tenemos matrimonios felices, niños hermosos, situación económica estable y buena salud. Y tal vez escuchamos la lista anterior y pensamos, Eso es triste, pero ¿qué tiene que ver conmigo? Mi vida está bien, así que ¿a quién le importa? Nosotros no lo decimos en voz alta, pero quizás lo pensamos.

Esta falta de empatía es la antítesis del judaísmo. Si no podemos sentir el dolor del otro, entonces Dios no puede sentir nuestro dolor. Si no podemos ponernos en el lugar del otro, entonces no tenemos un verdadero sentido de un “yo” espiritual. No hay tal cosa como “ocúpate de tus propios asuntos” en la Torá.

Una vez, un hombre se acercó al Jafetz Jaim y le pidió una bendición para curar una enfermedad terminal. El Jafetz Jaim le dio una bendición y poco después, este hombre se curó. Años más tarde, un pariente de este hombre fue golpeado con la misma enfermedad, por lo que el hombre volvió al Jafetz Jaim y le pidió una bendición para curar a su pariente. La respuesta del Jafetz Jaim fue escalofriante:

“Hace años, yo te di una bendición para que te curaras, pero no fue sólo la bendición la que te curó. Yo ayuné 30 días para que te recuperaras. Y lo siento, pero ahora estoy demasiado viejo como para ayunar de esa manera otra vez”. Durante 30 días, el Jafetz Jaim había ayunado por alguien que ni siquiera conocía. Con esa profundidad él sentía el dolor del otro.

Pero ahora estamos tan lejos de sentir el dolor del otro. ¿Dónde está nuestro sentido de la decencia humana y compasión? ¿Cómo podemos glorificar a un asesino poniéndolo en la misma portada que una estrella de rock? El dolor de las víctimas del atentado en la maratón de Boston sigue tan vivo. Muchos de ellos todavía están aprendiendo a vivir sin extremidades. Sin hijos. Sin amargura. Y he aquí una fotografía gritándole en sus caras: “No me sucedió a mí. Es muy triste. Pero no me importa. Estoy más interesado en el furor que produce este chico, en mostrarle a todos lo 'normal' que era y en explicar por qué es una pobre 'víctima'”.

Esto no es lo que somos realmente. Nadie debería ser así, incluyendo a los editores de la revista Rolling Stone. Incluso si es una “buena historia”. No ser capaces de sentir el dolor del otro es una trágica falta.