Puede sorprenderte comprender que todo el mundo es humano.

Estoy esperando mi turno en una larga y lenta línea en el banco con mi bebé de 4 meses hambriento. La cajera es una mujer embarazada, imperturbable detrás de su pared de vidrio. Justo cuando parece que llega mi turno, antes de que el hambre se convierta en una crisis, la cajera decide tomarse su recreo para almorzar y se va con su sándwich a la cocina de los empleados. Como ella es religiosa, comer el sándwich no será un proceso rápido. Primero tiene que lavarse las manos y cuando termine deberá recitar la larga bendición que se dice después de comer pan.

Observo al resto de las personas que están esperando. Nadie más parece estar impaciente o molesto. Esperar parece formar parte de la esencia de la vida israelí. Pero no hay forma de que mi bebé pueda esperar calmado hasta que ella termine con su almuerzo. Entonces levanto a mi bebé, establezco contacto visual con la empleada que tiene el rostro más amigable y le pregunto si hay algún lugar más privado donde pueda amamantarlo. Con instantánea empatía, ella toma sus llaves y me hace señas para que la siga… hacia la misma cocina en la que está la cajera que estoy esperando.

Me acomodo en una silla dándole la espalda, con la intención de establecer entre nosotras alguna distancia profesional. Pero seamos honestos: ella espera un bebé, yo tengo un bebé y en definitiva somos sólo dos madres en una habitación. Los límites comienzan a borrarse.

En definitiva somos sólo dos madres en una habitación. Los límites comienzan a borrarse.

Otros empleados entrando a buscar sus yogures, conversan brevemente y yo me olvido en dónde estoy. La energía amistosa de una cocina tiene muchísimo más poder que la fría e impersonal atmosfera de un banco. Presto atención a unos cuantos lugares en donde la pintura se saltó o donde el logo del banco se está despegando. Los edificios van y vienen, pero las madres y los bebés perduran.

La cajera y el bebé terminan de comer casi al mismo tiempo. Salgo de la cocina y regreso al escenario, asumiendo mi rol de cliente en espera. El banco cambió. Ya no es un lugar de trabajo distante y profesional; ahora es una habitación como cualquier otra, llena de empleados que de repente se volvieron humanos. Ya no son fríos funcionarios de banco, sino personas que hacen su trabajo y esperan sus propios momentos de descanso para almorzar.

La cajera se despoja de su imagen de “hambrienta mujer embarazada” y también retoma su rol al sentarse detrás del mostrador. Cuando me toca el turno, nuestros ojos se encuentran con una mínima chispa de reconocimiento y humor. ¿Qué se supone que debo decirle? “¿Cómo estuvo tu sándwich?”. Dejo que pase el momento y completo mi transacción, como si la representación fuera la realidad y el poder de las cocinas solamente fuera una fachada.

¿Cuántas veces vamos por la vida de esta forma, solamente representando nuestros papeles e ignorando el hilo común de humanidad subyacente? Es tan fácil enredarse en las externalidades del taxista, de la vendedora, de la azafata. ¿Cuán a menudo miramos más profundo, buscando a la persona completa a quien con tanta rapidez resumimos en una sola frase? Somos muy rápidos para juzgar, para ver sólo lo que aparece a primera vista.

Superhéroes ocultos

Nunca olvidaré a una pareja de ancianos que alojó a mi familia un Shabat que viajamos fuera de la ciudad. Fueron anfitriones atentos y valoramos su hospitalidad. Sin embargo, en mi evaluación inconsciente de 20 segundos, de inmediato los etiqueté como “comunes y corrientes”. Sin siquiera darme cuenta de que los estaba juzgando, a partir de las fotos de la familia que había en la pared, del prolijo plato con huevos rellenos en el refrigerador, los calendarios escolares y las listas de cosas por hacer pegadas en la cocina, decidí que nuestros anfitriones eran personas comunes y corrientes, sin nada que las distinguiera.

¿Cuánta compasión, paciencia, amor y fuerza interior es necesaria para tomar semejante decisión?

Sólo hacia el final del Shabat supimos que uno de sus hijos nació con Síndrome de Down y que posteriormente habían adoptado a otro niño con Down. Mi percepción de ellos cambió de inmediato. ¿Cuánta compasión, paciencia, amor y fuerza interior es necesaria para tomar semejante decisión? ¿Cuánto compromiso y determinación? Nuestros anfitriones no eran personas comunes y corrientes… ¡eran superhéroes! Una vez que mi perspectiva se expandió, pude ver a esa pareja “común y corriente” con una mirada más verdadera y humilde.

Por supuesto, profesionalmente no siempre es aconsejable dejar caer la máscara e interactuar desde un lugar de conexión personal. Pero tampoco es saludable pasarse toda la vida sobre el escenario.

Especialmente en esta época del año, al prepararnos para presentarnos en Rosh HaShaná ante Quien lo ve todo, debemos recordar que cada relación tiene tanto un nivel interno como un nivel externo. Las personas son mucho más complejas (¡e interesantes!) que los simples roles que les asignamos. A menudo nuestras convicciones más profundas y nuestro yo más significativo queda enterrado bajo nuestros títulos profesionales.

Tal como deseamos que Dios vea más allá de nuestro ser superficial y que tenga compasión por nuestras luchas y fracasos, así también debemos esforzarnos para ver a los demás de manera completa. Que por ese mérito todos (los cajeros y las madres, los taxistas y los padres adoptivos) seamos bendecidos con un nuevo año dulce y alegre.