Hasta que la pandemia global convirtió al ángel de la muerte en un visitante no deseado, pero demasiado evidente, la mayoría de las personas hubieran estado de acuerdo con la observación de Roger Rosenblatt respecto a que “tú piensas que la muerte es algo que sólo les ocurre a los demás, hasta que te ocurre a ti”.

Al parecer, tanto biológica como psicológicamente estamos orientados a negar nuestra mortalidad. Los investigadores dicen que esto se debe a que nuestros cerebros hacen todo lo posible para evitar que pensemos en nuestra muerte inevitable. Un estudio descubrió que el cerebro nos protege del miedo existencial categorizando a la muerte como un evento desafortunado del cual nosotros estamos exentos. En las palabras de Yair Dor-Ziderman, de la universidad Bar Ilán en Israel: “El cerebro no acepta que la muerte tenga algo que ver con nosotros. Tenemos este mecanismo primigenio que lleva a que, cuando el cerebro recibe información que conecta al ser con la muerte, algo nos dice que no es confiable y por lo tanto no debemos creerla”.

Lamentablemente, la muerte es demasiado real. Todos vamos a morir. Y como quedó trágicamente claro en los últimos meses, puede llegar sin previo aviso, condenando tanto a jóvenes como a ancianos; a aquellos que están completamente sanos y también a los enfermos.

Por eso es extraño que haya tan pocos preparativos para un encuentro universal que no puede evitarse, especialmente durante esta época de coronavirus cuando la aparición repentina de la muerte no nos dio tiempo de prepararnos ni de discutirlo.

La Dra. Laura Schellenberg Johnson, médica de atención paliativa de víctimas de COVID-19, escribió sobre la dificultad para determinar métodos de atención para aquellos que se enfermaron gravemente demasiado rápido como para poder tomar sus propias decisiones respecto a su salud. “Hace poco, el hijo de un paciente en estado crítico me pidió posponer las decisiones importantes respecto a la asistencia que se le da a su padre hasta que él se recupere lo suficiente como para participar en las conversaciones. ‘No estoy seguro qué es lo que él desearía. Nunca hablamos del tema’, me dijo el hijo. Sin lugar a dudas, esto es lo más común que escucho de las familias”.

Considera esto:

  • 90% de las personas dicen que es importante hablar con sus seres queridos sobre los cuidados paliativos y la atención médica que desean recibir al final de sus vidas. Sin embargo sólo el 27% lo ha hecho.
  • 80% de las personas dicen que si estuvieran gravemente enfermas, hablarían con su médico respecto al tratamiento médico que desean al final de su vida, pero sólo un 7% de ellas afirman haber mantenido esta conversación con su médico. (Encuesta a los californianos por la Fundaciónd de Salud de California, 2012).
  • Las investigaciones muestran que por lo menos un tercio de las personas gravemente enfermas y ancianos hospitalizados, al final de su vida reciben tratamientos invasivos que no deseaban, porque nadie habló con ellos respecto a sus deseos para su futura atención.

Por eso, aunque este tema le resulte incómodo a muchos, los aliento especialmente ahora a tomarse el tiempo necesario para tener estas tres conversaciones importantes:

1. Habla con tu rabino

Los judíos tienen mayor conciencia respecto a que un principio fundamental del judaísmo es la santidad de la vida. El Shabat, Iom Kipur y prácticamente todas las leyes religiosas pueden ser transgredidas para salvar o incluso extender una vida aunque sea por un breve período de tiempo. Por eso muchos creen que de acuerdo con la halajá, la 'ley judía', deben tomarse todas las medidas necesarias para extender la vida de la persona moribunda, sin importar que se prolongue el sufrimiento del paciente, el costo económico o la carga emocional a la familia. Pero la realidad es que, en el caso de un paciente terminal, particularmente uno que sufre dolor, estas medidas que extienden la vida no sólo pueden no ser obligatorias sino que en ciertas circunstancias incluso pueden estar prohibidas.

No entra en los parámetros de este breve artículo referirse a los serios aspectos de las decisiones al final de la vida ni traer decisiones halájicas, pero los lectores por lo menos deben tener conciencia de que la ley judía considera seriamente un equilibrio entre preservar la vida y aliviar el sufrimiento. Rav Moshé Feinstein, una destacada autoridad halájica del siglo XX, así como otras autoridades, daban un rol significativo a la autonomía del paciente. Los factores que deben considerarse incluyen una evaluación de los riesgos y el bienestar emocional del paciente.

Dado que el sufrimiento siempre es la experiencia subjetiva de la persona, todas las autoridades están de acuerdo en que un paciente con una enfermedad terminal puede elegir tolerar el sufrimiento y someterse a las intervenciones que le extenderán la vida. Pero en un caso en el que él preferiría una muerte rápida o cuando no podemos saber sus deseos, algunos rabinos importantes dictaminan que se puede permitir que tenga lugar una muerte natural, y que en ese caso no es necesario intervenir.

La ley judía busca un equilibrio entre la autonomía personal y el ideal del valor de la vida. Este delicado equilibrio necesita formularse como resultado de una seria discusión con un rabino que entienda bien el tema.

2. Habla con tu médico

Una vez que conoces los parámetros halájicos respecto a la muerte, es imperativo que transmitas tus creencias religiosas a tu médico. Lo ideal sería que esta conversación comenzara antes de que aparezcan señales de la enfermedad. Debe ser parte de tu perfil personal y algo que esté claro entre tu familia y tus seres queridos para usarlo en el caso de que seas incapaz de manifestar tus deseos.

A menos que les instruyan lo contrario, a menudo los médicos se guían por sus propias opiniones personales respecto a la muerte o por miedo a ser criticados (o demandados) por no seguir la práctica médica estandarizada. Por lo general, lo que los médicos hacen por los pacientes no es lo que ellos mismos hubieran escogido.

Un estudio del 2013 de JAMA sobre pacientes de Medicare en los Estados Unidos descubrió que pese a que la mayoría de los ancianos desean morir en sus hogares o en la casa de un ser querido, esto sólo ocurre en un tercio de los casos. La mayoría muere en hogares de ancianos, hospitales o unidades de terapia intensiva conectados a máquinas y tubos alimentarios. Entre quienes llegan a recibir atención en hospicios, la tercera parte están allí menos de tres días antes de morir. Hasta entonces, muchos son sometidos a tratamientos agresivos.

Sólo si le dejas claro a tu médico cómo deseas morir, y que eso es acorde con tus valores religiosos tal como lo discutiste con un rabino que entiende del tema, puedes estar tranquilo de que fallecerás con paz, fiel a tus valores judíos hasta el final.

3. Habla con tus hijos

Quizás el aspecto más triste de las innumerables muertes por coronavirus sea que fueron tan repentinas que evitaron cualquier palabra significativa de despedida.
Qué valiosas son las escenas del lecho de muerte de Iaakov y de Moshé. Tener tiempo con los seres amados para darles las instrucciones finales y bendecirlos, para transmitir el legado de sabiduría de una vida, para resumir los valores que le dieron valor a la vida y enseñarlos a la nueva generación… Este es un regalo divino que la Torá ilustra de forma muy bella en las últimas historias de Génesis y de Deuteronomio.

Sin embargo, nadie puede estar seguro de que la muerte le permitirá una escena final de despedida.

Por eso es que contamos con una bella tradición que se remonta a muchos siglos atrás. Tal como el mundo adoptó la práctica universal de escribir testamentos legislando la distribución adecuada de los bienes materiales, los judíos tienen la tradición de escribir a sus hijos testamentos éticos en los que comparten su sabiduría y las lecciones que aprendieron durante su vida.

Qué maravillosa idea para el mundo moderno. Hoy prácticamente no mantenemos conversaciones significativas. Los hijos ya no se sientan a compartir la comida con los padres y, si lo hacen, sus teléfonos celulares tienen precedencia antes que los que se sientan en la mesa a su lado. Es posible que nunca lleguen a saber qué es lo más significativo para nosotros, o nuestros objetivos, nuestros sueños, nuestras esperanzas y las cosas que nos inspiran.

¿Qué pasaría si muriéramos de forma repentina y nunca tuvimos la oportunidad de decírselos?

Habla con tus hijos respecto a dejar un legado de palabras en un testamento ético, tal como lo hicieron los sabios del Talmud, los hombres sabios de la Edad Media y muchas víctimas del Holocausto, y de esa forma sobrevivieron a través de sus descendientes.

Estas son tres conversaciones que te aliento a tener porque todos somos mortales, pero a través de ellas podemos ganar cierta medida de inmortalidad.