El doctor a cargo de la habitación de hospital de mi padre fue promocionado como un excelente especialista en enfermedades infecciosas. Mi padre tenía una destructiva infección que nadie había podido realmente localizar, pero no fue de mucha ayuda el hecho que sufriese una reacción alérgica a uno de los antibióticos administrados, ya que esto lo llevó a ser rellenado de esteroides, los que a su vez, potenciaron esa oculta e irresuelta infección transformándola en un súper bicho.

El experto entró, discutió el caso con otros especialistas, y decidió que era tiempo de matar a mi padre. "Dejen que muera con dignidad" dijo el doctor con cara de póquer, al tiempo que apuntaba en dirección al corbatín punteado que llevaba en torno a su cuello.

Yo pensé: Doctor, ¿quién lo nombró a usted como el ángel de la muerte, dándole poder para matar a estos débiles y ancianos pacientes? ¿Qué es la vida? ¿Acaso sabe usted qué es la vida y qué debe ser?

Pero mantuve mis pensamientos en privado y fui a reportarle a mi familia lo que el doctor había dicho.

Como judíos, valoramos cada parte de la vida hasta el último aliento.

Mi familia protestó enérgicamente. Queríamos a nuestro padre vivo, incluso con su deteriorada salud y discapacidades. Su mente y corazón estaban ahí con nosotros todo el tiempo, y todos queríamos que eso continuara. Como judíos, valoramos cada instante de la vida, hasta el último aliento.

Pero las cartas estaban en manos del hospital dado que mi padre no podía ingerir nada oralmente y necesitábamos enfermeras y doctores que administraran comida y fluidos. Así, el hospital desconectó abruptamente la intravenosa de mi padre y la comida, sabiendo muy bien que eso era en contra de nuestros deseos (lo que al mismo tiempo lo hacía ser ilegal). Enviamos correos electrónicos para documentar que era en contra de nuestros deseos el privar de comida a nuestro padre, después de lo cual ellos colgaron las bolsas de intravenosa y comida, esperando engañarnos y hacernos pensar que las habían conectado – pero los tubos no estaban insertados. Enviamos más correos electrónicos, luego de lo cual reconectaron la comida… pero a un goteo lento que no le daba ninguna nutrición.

Setenta y Más Allá

Mi padre no tiene miedo de la muerte. El solía citar el Rey David (Salmos 90:10) que una persona solamente puede esperar vivir 70 años. Cualquier cosa más allá de eso es un bono extra, y él estaba bien si se iba a la edad de 70.

Mi padre tampoco tiene miedo de la vida. Si Dios le diera vida más allá de los 70, él lucharía por esa vida. Le tomaba fuerza sobrehumana luchar por su vida. Su dolor era insoportable de ver. Sin embargo él luchaba con cada fibra de su cuerpo. De hecho, una noche, sin ser capaz de verlo más tiempo con ese dolor, le rogué a un doctor que lo conectase a la intravenosa para darle algunos medicamentos para el dolor. El doctor contestó que mi padre no estaba realmente conciente y que no estaba "ahí", así que no necesitaba cuidado.

En ese momento, volteé hacia mi padre y dije, "No puedo pelear con ellos por ti. Así que tú debes pelear por ti mismo".

Mi padre, con cada músculo de su cuerpo tensionándose por el esfuerzo, se dirigió a ese doctor y dejó salir un gruñido largo y lleno de dolor. El doctor se veía horrorizado y sorprendido. Mi padre "inconciente" había hecho presencia para mostrar que estaba conciente. Esa noche mi padre recibió medicamentos e intravenosa.

Al día siguiente, con un nuevo doctor de turno, la pelea comenzó nuevamente. En ese momento, decidimos que no teníamos alternativa. Llamamos a una ambulancia y le dijimos al hospital que nos íbamos a llevar a nuestro padre en contra del consejo médico. Al menos en casa no lo estaríamos privando de comida, y si Dios decía que su tiempo había terminado, mejor que fuera una muerte natural en vez de un asesinato.

Subimos a mi padre en la ambulancia, pero su respiración era dificultosa. Parecía que estaba teniendo una reacción alérgica nuevamente.

Durante los siguientes seis meses se tambaleó entre rehabilitación y hospitales, con innumerables intervenciones necesarias para preservar su cuerpo de la devastación del mal tratamiento que recibió en el primer hospital.

Mi padre aun está vivo, habiendo sobrevivido a los Nazis y ahora al especialista en enfermedades infecciosas.

Mi padre es un sobreviviente del Holocausto. Esta es la segunda vez que tuvo que luchar la privación de comida. Esta vez, fueron "compasivos" doctores y enfermeras en un centro que recibe millones de dólares para – y cito de su sitio de Internet – "mejorar la muerte".

Mi padre está luchando una gran batalla. Él aún está vivo, habiendo sobrevivido a los Nazis y ahora al especialista en enfermedades infecciosas. Debo gritar una advertencia: No confíen ciegamente en los doctores y en los hospitales que les dicen que su ser querido no tiene salvación y que debiera permitírsele "morir con dignidad". No hay ninguna dignidad en ser ejecutado. La única dignidad es vivir hasta el último aliento.

Mi padre, que viva hasta los 120, sigue avanzando y abriendo el camino hacia nuevas lecciones y entendimiento para todos nosotros.

Para aquellos que tienen un ser querido en la misma situación, Agudat Israel de América ha establecido una división que ayudará a guiar, luchar y ganar la causa de la vida sobre la muerte. Visiten: http://chayimaruchim.com/ (sitio en inglés).