Cuando los agentes de aduana alemanes subieron al tren en una noche de setiembre del 2010, no tenían demasiadas razones para sospechar que hubiera algo extraño. El tren acababa de partir de Zúrich y cruzaba Alemania rumbo a Múnich, una de las decenas de viajes similares que efectúa cada semana.

Cuando le pidieron a cada pasajero su pasaporte, un anciano alemán se puso muy nervioso. Alarmados, los agentes de aduana comenzaron a revisar sus pertenencias y encontraron algo curioso: dieciocho crujientes billetes de 500 Euros. Llevar esa cantidad de dinero no era un crimen (unos 9.000 Euros o un poco más de 10.000 dólares), pero el pasajero se comportaba de una forma tan extraña que los agentes decidieron llamar a la policía.

El pasajero era Cornelius Gurlitt, un empresario solitario que vivía en Múnich. Él dijo haber estado en Suiza para vender un cuadro, pero tenía poca documentación de la transacción. La policía alemana investigó sus finanzas y eventualmente obtuvo una orden de allanamiento de su pequeño departamento. Lo que encontraron allí sacudió el mundo del arte.

Cornelius Gurlitt

Dentro de armarios y en maletas había centenares de obras de arte de algunos de los artistas más famosos del mundo. En un estante había acumulados 121 cuadros y dibujos enmarcados. En cajones y ficheros había 1.258 obras sin enmarcar. Las obras estaban sucias pero indemnes.

Los policías no podían creer lo que veían al sacar una tela tras otra del equipaje y de otros rincones en los que habían sido apilados en el pequeño espacio. Muchos de los cuadros llevaban las firmas de Renoir, Matisse, Monet, Picasso, Chagall, Durer, Delacroix y otros artistas famosos. Se trataba de valiosísimas obras de arte. La más antigua era un grabado de Albrecht Durer del siglo XVI. El botín posteriormente fue valuado en 1.350 millones de dólares.

No fue difícil entender cómo llegó el Señor Gurlitt a poseer semejante colección: su padre, Hildebrand Gurlitt fue uno de los principales marchantes de arte del Tercer Reich, y ayudó a los nazis a robar y vender cientos de miles de obras de arte entre 1930 y 1945. Los historiadores creen que más del 20% de todo el arte en la Europa ocupada por los nazis fue robado por el régimen nazi y revendido o en algunos casos como en el de Gurlitt, mantenido en escondites secretos.

Hildebrand Gurlitt nació en 1895 en una familia de artistas y se convirtió en director de museo y un defensor del arte vanguardista popular en los años 1920 y 1930, que luego fue considerado “degenerado” por el nuevo régimen nazi. Gurlitt trabajó primero para el Museo Konig Albert en Zwickau, en la región de Sajonia de Alemania, y luego en el Museo Kunstverein en Hamburgo. La insistencia de Gurlitt en promover a figuras del arte moderno tales como Max Pechman, George Grosz, Max Beckmann, Otto Dix y otros, llevó a que lo despidieran de ambos puestos. Después de 1933, cuando lo obligaron a dejar su puesto en Hamburgo, Gurlitt fue clasificado como un judío bajo las draconianas leyes raciales de los nazis, porque el padre de su madre había sido judío, aunque él mismo no se consideraba judío y estaba casado con Helene, que era una alemana aria.

Hildebrand Gurlitt

En la década del 30 el nuevo régimen nazi comenzó a apoderarse del arte “degenerado” y obligó a los marchantes a vender ese arte por debajo de los precios del mercado. Los nazis vendieron esas obras al exterior como una forma de recaudar dinero para sus actividades políticas. Este canal clandestino de venta de arte fue publicitado como “Departamento IX” del Ministerio de Ilustración Pública y Propaganda. Gurlitt aplicó para un puesto y se convirtió en uno de los cuatro marchantes de arte autorizados a trabajar para el Tercer Reich. (Para asegurarse que nadie descubriera a su abuela judía, Gurlitt registró su negocio con el nombre de Helene). Él presionó a otros vendedores de arte a venderle a él sus colecciones, a menudo con el entendimiento implícito de que no tenían más opción que venderle sus colecciones a menos precio de lo que valían en el mercado. Muchas de esas obras fueron vendidas al exterior, sobre todo en París. Algunas fueron guardadas para un museo que Hitler planeaba construir en la ciudad alemana de Linz.

Parte de la colección de Gurlitt

Gurlitt prosperó especialmente a expensas de los marchantes de arte judíos. En 1935 todos los marchantes de arte alemanes tuvieron que convertirse en miembros de la Cámara de Bellas Artes del Reich, y ese cuerpo comenzó a excluir sistemáticamente a los judíos. Desesperados, los marchantes de arte judíos comenzaron a vender sus colecciones por sumas miserables. Rein Wolfs, director del museo Bundeskunsthalle en Bonn explica: “Cuando hablamos de saqueo y robo de obras de arte, por lo general no se trata de simples robos. Era una forma más sutil de apropiarse de esas obras… Especialmente a través de la represión o presionando tanto al dueño hasta que se veía obligado a venderla”.

Durante la década del 30 los nazis se apoderaron del arte moderno, a menudo creado por artistas judíos, de los museos y de colecciones privadas, considerando que sus obras eran demasiado “degeneradas” para mostrarse en público. En 1937, el oficial nazi Joseph Goebbels organizó en Múnich una exhibición de 650 de estas obras de arte robadas. La exhibición atrajo a más de dos millones de personas, entre ellas a Adolf Hitler. Posteriormente las obras fueron destruidas o entregadas a Gurlitt y a otro marchante de arte aprobado por los nazis para que las vendieran fuera del país.

Muy pronto Hildebrand Gurlitt se destacó como uno de los más redituables marchantes de arte nazi. Él vendía rutinariamente al exterior a los grandes maestros, porque sabía que de ellos podía recibir los más altos precios. Asimismo, muchas obras llegaron a su colección personal. Es difícil comprender la escala del robo. El historiador de arte Meike Hoffmann estima que más de 650.000 cuadros, dibujos, libros, esculturas y otras obras de arte fueron sacadas de museos, colecciones de arte e iglesias en la Europa ocupada por los nazis. La historiadora Susan Ronald señala en su libro Hitler’s Art Thief; Hildebrand Gurlitt, the Nazis, and the Looting of Europe’s Treasures, que para el año 1939 habían robado tantas obras de arte que el depósito de arte nazi en Kopenikerstrasse en Berlín se convirtió de facto en una de las mayores colecciones de arte, con más de 12.000 obras. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en setiembre de 1939 ese número se elevó terriblemente.

Después de la guerra, Gurlitt se presentó como una víctima de la persecución nazi, basado en su abuela judía, y le permitieron consevar gran cantidad de sus obras de arte. Él les dijo a los investigadores aliados que su colección de arte privada había sido destruida en los ataques aéreos de los aliados. En tiempos de paz, Gurlitt trabajó para una colección de arte en Alemania Occidental llamada “Kunstvereins fur die Rheinlande und Westfalen”, donde propició a los artistas modernos a finales de la década del 40 y comienzos de los años 50, tal como lo había hecho en los años 30, como si la guerra nunca hubiera tenido lugar. Cuando murió en 1956 a los 61 años, Hildebrand Gurlitt dejó su enorme colección secreta de arte a su hijo Cornelius y a su hija Renate.

Cornelius era una figura solitaria. Nadie fuera de su pequeña familia sabía sobre los valiosos tesoros que guardaba acumulados en el departamento que heredó de su padre, hasta que la policía allanó el departamento en el año 2012. Ese mismo año murió Renate. Quienes revisaron sus pertenencias encontraron en su casa dieciocho obras de arte de dudosa procedencia y las enviaron a la Fundación de Arte Alemán Perdido, que ayuda a buscar a los dueños de las obras de arte robadas en la era nazi.

La fundación logró encontrar a los dueños de cuatro de las obras que tenía Renate: dos dibujos del artista Charles Dominique Joseph Eisen, un cuadro de Augustin de Saint-Aubin, y un autorretrato de Anne Vallayer-Coster. Estas cuatro obras estaban colgadas en las paredes de la familia Deutsch de la Meurthe en París cuando los nazis se apoderaron de su departamento y de sus bienes. Una hija, Georgette, sobrevivió al Holocausto y pudo recuperar las obras de arte de su familia.

En el caso de la colección de arte mucho más grande de Cornelius Gurlitt, las autoridades alemanas no hicieron nada durante meses. Sólo un año más tarde, cuando la revista alemana Focus reportó sobre la existencia de la colección, la presión del público llevó a que las autoridades comenzaran a esforzarse por encontrar a los herederos de los dueños originales de las obras de arte. En la mayoría de los casos fue muy poco lo que pudieron hacer. Alemania estableció una división especial para ocuparse del botín de Gurlitt. Así lograron identificar 499 obras que pudieron probar que fueron robadas por los nazis. La división especial sólo logró encontrar a los herederos de cuatro obras de arte. Después de dos años, anunciaron que la división se disolvía, pero la presión internacional logró que continuaran su trabajo, aunque hubo pocos cambios. En muchos casos, parece que ha pasado demasiado tiempo. Los dueños originales de las obras robadas fallecieron y no se encontraron herederos que pudieran reclamarlas.

Cornelius Gurlitt murió en el 2014. Al parecer cambió su postura antes de morir y finalmente quiso que las obras de arte robadas regresaran a sus verdaderos dueños. Él legó las obras de arte al Museo de Bellas Artes en Bern, Suiza, con la condición de que el museo continúe tratando de devolver las obras a sus dueños. Aunque es una tarea difícil, el museo encontró una forma creativa de sacar a la luz el problema del robo nazi y de asegurar que el botín de Gurlitt sea visto por mucha gente, En el año 2017 abrieron una exhibición especial en Berna, así como exhibiciones en Bonn y en Berlín, donde se muestran algunas obras robadas y se educa a los asistentes al museo sobre las actividades de los nazis.

En este momento también hay una exhibición en el Museo Israel en Jerusalem llamada “Decisiones fatídicas: el arte del Botín de Gurlitt”, donde se presentan cientos de obras de la colección. La exhibición es un recordatorio de la forma en que los robos nazis cambiaron el mundo del arte en Europa y en el mundo. Al visitar la exhibición en Jerusalem, la embajadora de Alemania en Israel, Susanne Wasum-Rainer dijo: “La exhibición saca a la luz el robo sistemático de obras de arte por parte de la Alemania nazi. La exhibición es un éxito visible de la maravillosa cooperación a lo largo de las fronteras en el campo de investigación de la procedencia de las obras de arte. Es un homenaje a las familias, coleccionistas y artistas que sufrieron en la guerra”.