¿Acaso un furioso defensor de la supremacía blanca, neonazi y líder del Ku Klux Klan puede llegar a cambiar? TM Garret, un alemán-norteamericano que portaba todas esas etiquetas, dice que sí.

Su nombre de nacimiento es Ajim Schmid. De joven, llevaba tatuajes de skinhead. Como un abuelo de 44 años, es un campeón de la paz y de los derechos humanos, y a veces usa una kipá cuando visita una sinagoga.

Garret habla en sinagogas, mezquitas, iglesias, universidades y escuelas por todo el territorio de los Estados Unidos para ayudar a la gente a entender las raíces del odio y saber cómo responder. En el caso de Garret, cuando tenía 13 años, empezar a contar bromas sobre el Holocausto le permitió por primera vez en su vida sentir que pertenecía. Hoy, él diferencia entre antisemitismo intencional y sin intención, y asegura que sus insultos caían en la segunda categoría.

Fanatismo: una forma de integrarse

Con una carga de heridas de la infancia, él se portaba mal para recibir atención y encontrar su lugar. “Yo no nací en un ambiente lleno de odio”, afirma Garret al enumerar varios de los factores que provocaron que se sintiera marginado en el pequeño pueblo alemán de su juventud. Sus dos padres tenían problemas con el alcohol y se divorciaron poco después de su nacimiento. Ellos eran católicos entre 500 vecinos principalmente protestantes. Su madre criaba sola cuatro niños, algo que era inusual en esos días.

“Mi madre estaba demasiado ocupada luchando con sus demonios. Yo simplemente pensé que no le importaba nada de mi vida. Me faltaba apoyo emocional”. La hermana mayor de Garret se ocupaba de él. Su padre ausente falleció cuando él tenía 8 años.

“Yo era el niño raro, con una familia rara, sin pasatiempos y con una madre sola. Era una víctima perfecta para los abusadores. Eso fue lo que ocurrió. Fui acosado y molestado en la escuela”.

Pero todo cambió cuando su clase comenzó a estudiar sobre el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Los adolescentes contaban chistes sobre el Holocausto. Como los otros niños, también Garret condimentaba sus bromas con chistes antisemitas y sobre Hitler. Los últimos eran políticamente incorrectos, si no definitivamente ofensivos. Pero Garret continuó haciéndolo por los beneficios que recibía.

“Los abusos terminaron porque nadie quería meterse con un nazi”, recuerda. “Me pusieron un rótulo. De allí en adelante fui conocido como el niño nazi. Antes era un don nadie. Eso me dio una identidad, a pesar de que no me gustaba”.

Su personaje se volvió más aterrador cuando a los 17 años se unió al partido nazi. A los 19 años encontró un vehículo para difundir sus mensajes de odio más ampliamente como un cantautor neonazi. La gente lo escuchaba. Él se sentía importante.

A finales de los años noventa, su antisemitismo había mutado de ser algo sin intención a algo intencional, gracias a la propaganda contra los judíos que encontró en Internet. A los 23 años era un supremacista blanco y líder del Ku Klux Klan en Europa.

Pero Garret sufría de paranoia. Él temía que la policía llegara a su puerta y lo llevaran a la cárcel por las estrictas reglas contra el odio que hay en Alemania. Él temía que los grupos a los que odiaba, incluyendo a los judíos, se apoderaran del mundo.

“Pensé que si me llevaban a prisión, no sería bueno para mis hijos. Había tensión en la familia. Por eso renuncié a los grupos, aunque seguía siendo racista”.

Garret comenzó a cuestionar su vida y en el año 2002 se armó de valor y se fue con su familia a vivir a otra ciudad a 160 kilómetros de distancia. Decidió dejar atrás 15 años de ideología y la red de apoyo asociada con ella.

La bondad: un giro inesperado

La familia alquiló un departamento en un edificio que pertenecía a un turco musulmán, lo cual no le cayó muy bien a Garret. “Miré a mi esposa y le pregunté si realmente queríamos hacer eso. Pero yo estaba desesperado”. En ese momento no supo que se trataba del punto de cambio.

El dueño musulmán, que vivía en el piso inferior, todo el tiempo tenía problemas con su computadora y le ofrecía a Garret trabajo para repararla. Siempre era amable y le ofrecía té turco y pasteles. Seis meses más tarde, el hombre invitó a Garret a cenar con su familia.

“Él me mostró compasión. Sentí que todo el odio que tenía se desmigajó. Tuve que decidir si tomaba esas migajas y las volvía a unir en una hogaza de odio o si tenía que analizar la situación”.

Garret comenzó a hacer cambios radicales en su vida. Empezó a estudiar sobre los grupos que odiaba, comenzando por los musulmanes en Alemania.

En el 2012 concretó su sueño de infancia al irse a vivir a los Estados Unidos. Después de asentarse en el área de Memphis por sus conexiones de negocios, comenzó a conocer a afroamericanos y judíos y comenzó a sentar las bases para su futuro trabajo interreligioso.

El activista de derechos humanos fundó C.H.A.N.G.E (cambio), una sigla que alude a que significa Care (preocupación), Hope (esperanza), Awareness (conciencia), Need (necesidad), Give (dar) y Education (educación). El grupo sin fines de lucro organiza programas de participación comunitaria, colectas de alimentos, seminarios y campañas antirracismo y antiviolencia.

Garret también ayuda a otras personas en la transición al dejar organizaciones extremistas y a remover tatuajes racistas y de odio, tal como él lo hizo. Es el fundador y organizador de la Conferencia de Paz anual de Memphis y habla en las universidades en contra del antisemitismo, representando al Centro Simón Wiesenthal.

La compasión: la clave para la conexión

“Podrías decir que mi negocio es la compasión. Hubo una época en mi vida en la que no había compasión… Por un lado, me encantaría regresar y cambiar mi vida. Pero de esa forma no tendría la experiencia para hacer lo que hago ahora”.

Garret sugiere que debemos buscar compasión por aquellos con los que no estamos de acuerdo, ya sea religiosa, cultural o políticamente. Debemos tratar de entenderlos como personas, incluso cuando es difícil, y no dejarlas de lado con una etiqueta. Buscar formas para sostener una conversación. Buscar un territorio común.

Garret enfatiza que cuando se trata de incidentes de odio, los límites legales y el castigo son importantes. Si ves odio en las redes sociales no te involucres en una conversación. Reporta el post a Facebook o usa una aplicación como CombatHate, creada por el Centro Simon Wiesenthal.