Soy enfermera en la guarda psiquiátrica de un hospital infantil. Antes era enfermera en la guardia de oncología pediátrica. He visto y escuchado mucho. Recuerdo a una madre cuya hija fue admitida después de un intento de suicidio. El cuerpo pálido y delegado de la niña yacía dócilmente sobre la camilla, sus muñecas fuertemente vendadas. La madre suspiró y me dijo: “Esto es tan difícil. Tan escalofriante. Y uno está tan solo…”.

Cualquier enfermedad es difícil. Se supone que los niños deben estar en casa, no en el hospital. Estremece pensar: “Mi hijo está en el hospital”. Sus cuerpos pequeños simplemente no pertenecen dentro de las grandes camas hospitalarias.

Pero en la guardia pediátrica “regular” reverbera un fuerte vínculo entre los padres y sus hijos, un nexo de amor y de necesidad mutua. “Te amo. Estoy aquí. Todo va a estar bien”. Las lágrimas de dolor fluyen libremente. Se las comprende y son bienvenidas. Allí se recibe mucho apoyo de parientes y amigos.

Aquí, en la guardia psiquiátrica, la madre oye a su hijo decirle con enojo: “Te odio. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Por qué no me dejaste morir?”. No hay nadie a su lado para murmurarle: “Mantente fuerte. Todo va a estar bien”. Ella está completamente sola, no sólo con su temor y su dolor, sino también con su resentimiento, su culpa y su vergüenza.

En la guardia “regular” los niños se animan al recibir regalos, globos, tarjetas con buenos deseos. Ver su alegría te llena el corazón de felicidad y crea más espacio para el amor y la entrega.

En la guardia psiquiátrica escuchas: “¡Rompí la tarjeta en mil pedazos! Son unos mentirosos. Yo sé que a nadie le importo”.

Tu espíritu se empequeñece y se marchita.

En la guardia regular, los padres responden con compasión a las súplicas de sus hijos de regresar a casa: “Muy pronto volveremos a casa. Todos te están esperando”.

Pero en la guardia psiquiátrica, en respuesta a una orden furiosa de “¡Sácame de aquí ahora!”, puedes ahogarte al pensar: “En verdad no quiero que vuelvas a casa”.

También están los juicios duros de quienes sólo ven lo externo y no entienden toda la imagen. Ellos pueden ver un cabello grasoso, la ropa descuidada y notar cierto olor corporal y preguntarle a la madre gentilmente: “¿Por qué no le dices que se cuide más a sí mismo?”. O son testigos de un estallido del niño en medio de un comercio: “Te odio. ¡Nunca me compras nada!”, y te aconsejan con sabiduría: “¿Cómo permites que te hable de esa forma? Tienes que enseñarle a hablar con respeto a sus padres. No es bueno ceder a todas sus demandas”. O incluso pueden tratar de enseñarle una lección a tu hijo.

Ellos desconocen los gritos, los ataques físicos y verbales que te hacen ser víctima y abusador al mismo tiempo.

Ellos no saben cuánto te esfuerzas. Ellos desconocen los gritos, los ataques físicos y verbales que te hacen ser víctima y abusador al mismo tiempo. Ni el bombardeo de acusaciones de ser una mala madre o un mal padre, egoísta, que te llevan a sentir enojo e impotencia. Ni el silencio ensordecedor cuando tu hijo se marchita por falta de alegría.

Ellos no comprenden cuánta energía es necesaria para controlar los daños, sin mencionar las responsabilidades de seguir adelante con todo el estrés y mantener tu casa, tu trabajo, la comunidad, y tu apariencia “normal” hacia el mundo exterior.

¿Quién puede valorar tu terrible esfuerzo por sobreponerte a tu propio enojo y dolor y amarlo tal como amarías a un hijo “normal”? Todo eso permanece oculto, sólo Dios lo sabe.

Tu hijo sufre una enfermedad, una enfermedad debilitante que afecta a toda la familia. Pero sólo tú sientes que además es una enfermedad vergonzante. Puedes sentirte avergonzado de contarlo a tus compañeros de trabajo, a los vecinos, amigos e incluso a los parientes. Puedes sentir vergüenza de compartir el nombre de tu hijo para que recen por él. No quieres despertar preguntas bien intencionadas ni dar lugar a chismeríos curiosos.

Por eso nadie se ofrece a prepararte comidas, a cuidar de tus otros hijos, a apoyarte o alentarte. Y esto sigue siendo tan difícil, atemorizador y solitario.

Puede que tengas un largo camino por delante para llegar a aceptarte, para aceptar a tu hijo y a la decisión de Dios, Quien inexplicablemente orquestó esto precisamente para ti. Los demás pueden verte a veces triste, sin fuerzas o al borde de tu capacidad, pero Dios ve tu espíritu gigante que persiste y no se rinde… Otra medicación, otra clase de terapia, un enfoque diferente… Sigues estando allí para tu hijo, porque es tu hijo.

Sentí la fuerte necesidad de escribirles esta carta abierta a ustedes, padres de los pacientes de la guardia de psiquiatría infantil, y decirles que:

Son increíbles.

Son valientes.

Son cariñosos, maravillosos y fuertes.

Hacen un trabajo sorprendente solamente al estar presentes. Puede ser que hayan olvidado cómo sonaban estas palabras, puede que les parezca imposible aplicarlas a ustedes mismos, puede que no lo entiendan o no lo crean por completo, pero yo lo digo porque sé que es la verdad.

Si no hay nadie más que pueda elogiarlos, yo estoy aquí para proclamar: USTEDES SON MIS HÉROES.