Hace tres meses que no puedo dormir bien. Tengo un agujero en el estómago que no desaparece. Gracias a Dios mi familia está sana. Me siento realmente bendecido en muchos sentidos y trato de agradecer cada día. Por lo general me siento feliz y actúo con alegría, pero a pesar de todo, estos días vivo con una continua inquietud, una incomodidad de la que no me puedo liberar.

Creo que el dolor es la ausencia de confianza, la agitación es la pérdida de la certeza.

Hace sólo tres meses éramos capaces de saber, de planificar. Al fin de cuentas, vivimos en la era de la información. Todo lo que teníamos que hacer era escribir una pregunta en Google y en segundos obteníamos un terabyte de respuestas. Buscábamos en YouTube y teníamos acceso a innumerables videos que nos enseñaban paso a paso cómo arreglar, reparar o construir casi cualquier cosa. Teníamos respuestas, teníamos soluciones, teníamos control, teníamos la capacidad de predecir, de anticipar de prepararnos y de planear.

Ahora no sabemos casi nada. No podemos planear, no tenemos respuestas, no podemos predecir lo que ocurrirá y no podemos resolver este problema buscando en Google. Este virus llevó incluso a quienes no lo han contraído a diversos niveles de impotencia, incompetencia e incapacidad, y esto es muy doloroso. 

La incomodidad y la inquietud son sentimientos de pena, de pérdida. En un artículo publicado poco después de que la pandemia provocara el primer cierre del país, David Kessler, considerado el máximo experto mundial en duelo, clasificó este sentimiento como “duelo anticipatorio”: “Duelo anticipatorio es ese sentimiento que tenemos cuando es incierto lo que nos depara el futuro. Por lo general gira en torno a la muerte. Lo sentimos cuando alguien recibe un grave diagnóstico o cuando tenemos el pensamiento normal de que algún día perderemos a nuestros padres”.

Muchos sentimos este duelo a diario. Perdimos la vida y el estilo de vida que conocíamos; los lujos que pensábamos que eran obvios se desvanecieron. Mientras más tiempo continúe esto, menos confianza y certeza tendremos.

¿Cuándo podremos volver a rezar dentro de un edificio? ¿Alguna vez volveremos a tener clases presenciales? ¿Volveremos a compartir un kidush en la sinagoga? ¿Nuestros hijos tendrán campamentos de verano? ¿El año que viene volverán a ir a la escuela? ¿Podremos irnos de vacaciones este verano? ¿Cómo serán nuestras semajot? Que Dios no lo permita, si perdemos a un ser querido, ¿podremos guardar duelo de la forma debida? ¿Qué impacto económico tendrá esto sobre nosotros? ¿Cuándo va a terminar y cómo se va a ver la vida después? ¿Qué va a ser diferente y algo volverá a ser cómo era antes?

Anhelamos tener certezas, prosperamos con la previsibilidad, y simplemente no hay nada de esto.

Nos vamos a dormir y no sabemos cómo será el mundo cuando nos despertemos. Si hace cuatro meses te hubiera dicho que una pandemia iba a clausurar el mundo, que perderíamos a personas valiosas de un momento a otro y que desaparecerían industrias completas, no me lo hubieses creído.

Y si hace una semana te hubiera dicho que en medio de esta cuarentena colectiva de repente toda la nación se encontraría en medio de una conversación crítica sobre el racismo y que habría un pandemonio nacional que incluiría disturbios, saqueos y la destrucción de innumerables negocios, no me lo hubieras creído, y por una buena razón.

Pandemia y pandemonio, ¿qué sigue después? ¿Qué más no podemos imaginar hoy y será nuestra realidad mañana?

Anhelamos tener certezas, prosperamos con la previsibilidad y simplemente no hay nada de esto. Confiamos en los planes y en este momento no podemos planear. Necesitamos tener el control y en este momento no tenemos ningún control. Comprender esto desalienta y nos deja aturdidos. Ya no existen la estructura ni las rutinas en las que confiábamos y eso nos hace sentir perdidos y desorientados. Es difícil estar completamente presentes en algo cuando hay tanta incertidumbre.

Estuve pensando en todo esto y me pregunto si tenemos una perspectiva errónea.
Pienso que perdimos la certidumbre y la previsibilidad pero quizás nunca deberíamos haber sentido que las teníamos. Nos duele la pérdida de la sensación de control, pero lo máximo que teníamos era una ilusión de control. En realidad, ya sea que experimentemos una pandemia o un paraíso, estamos en un perpetuo estado de crisis, de dependencia.

Armados con este entendimiento, necesitamos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Y ahora qué? Podemos revolcarnos de dolor por la pérdida de la era de la previsibilidad, la confianza y la certeza; podemos pasarnos el día lamentando la incapacidad de planificar el futuro, o podemos adaptarnos, crear nuevos paradigmas, nuevas suposiciones, y crear nuevos estilos de vida. Quizás todo será algo temporario, tal vez dure mucho tiempo o algunas partes incluso se vuelvan permanentes, pero en este momento, después de tres meses, llegó el momento de pasar de ser víctimas a vencedores, de ser pasivos a apasionados, de ser espectadores a escribir el guión.

No somos los primeros de nuestro pueblo ni de ningún otro pueblo que viven con incertidumbre. No hubo certezas durante la Plaga Negra ni durante la gripe española, durante la Inquisición ni en las Cruzadas, durante la Guerra de los Seis Días ni en los días, semanas y meses luego del 11 de septiembre.

Quienes nos precedieron tuvieron no sólo la capacidad de sobrevivir sino de prosperar a pesar de la incertidumbre. Ellos no sabían qué iba a ocurrir después, pero sabían que seguirían adelante, basados en su profunda confianza en Dios.

¿Qué pasa con nosotros? ¿Estamos dispuestos a dejar de guardar duelo por la pérdida de control y tomar el control de lo que nos queda, de lo que podemos saber? Tómate el tiempo, conversa con tu pareja, un amigo o incluso contigo mismo sobre cómo puedes vivir lo mejor posible incluso cuando las cosas no marchan de la mejor manera. Trabaja sobre tu confianza en Dios. Fija objetivos significativos y realistas, personales y profesionales, espirituales y físicos para este nuevo período y articula un plan para cumplirlos y para medir tu progreso a medida que avanzas.

Vivimos en medio de una gran turbulencia y el viento trata desesperadamente de cambiar nuestra dirección. Ahora es el momento de tomar el volante y decidir ser el piloto y no un pasajero en tu vida.