Mis primeros momentos como madre están grabados en mi cerebro con tinta indeleble. Sentada junto a la incubadora de mi hijo después de un día tedioso, traté de vislumbrar su cuerpo a través de los cables enredados y de la maquinaria. Que el pañal para recién nacidos cubra a tu bebé de la cabeza a los pies es suficiente para que toda madre primeriza se pregunte si obtuvo más de lo que puede soportar.

Y entonces me senté, y me senté, y me senté. No me permitían alzarlo debido a que había una sonda que iba a su arteria umbilical por medio de su microscópico ombligo. Por lo tanto, en lugar de eso, corría el enredado arcoíris de cables y trataba de encontrar un lugar para acariciar. Había leído que los masajes eran estimulantes para los infantes prematuros y era obvio que a este niño le iba a venir bien un poco de eso.

Él era nuestro niño y a lo largo de muchas semanas de cuidados intensivos ratificamos esa afirmación una y otra vez.

Cuando llegamos a una etapa en la que él estaba listo para recibir comida, estábamos en éxtasis. Alimentarlo significaba extraer leche de mi propio cuerpo y enviarle unas pocas gotas por un tubo que comenzaba en su nariz y terminaba en su cavidad estomacal. Mi marido sostenía el tubo y yo al bebé (¡finalmente!). Era lo más cercano a un lazo madre/hijo que podrías encontrar en la Unidad Neonatológica de Cuidados Intensivos.

La medianoche era el momento de pesarlo y darle un baño. Aprendimos a hacerlo todo nosotros mismos, convirtiendo a las enfermeras en profesionales (casi) dispensables. Noche tras noche nos quedamos en el hospital hasta que las velas ardían, así como una pareja de camioneros que cuidan una carga de gran valor.

Él era nuestro niño y a lo largo de muchas semanas de cuidados intensivos ratificamos esa afirmación una y otra vez. Como un explorador pionero que clava su poste en una montaña de tierra, yo exigía mi pequeño hálito de vida, ya sea mediante un pellizco en la mejilla, una original canción de cuna o enviándole una gota por el tubo de alimentación.

El cuarto estaba lleno de amor.

La naturaleza del amor

En su tratado sobre bondad, Rav Eliahu Dessler hace una revolucionaria declaración sobre la naturaleza del amor. Él postula que en una relación basada en el dar, el amor crecerá hasta el infinito. ¿Por qué? Porque el amor es un resultado del proceso de dar.

Mis estudiantes suelen quedar dubitativos ante esta teoría. En una relación amorosa, ¿no es el proceso de dar un resultado natural del amor? La discusión es sobre qué viene primero, si el huevo o la gallina. De acuerdo a Rav Dessler, cuanto más das, más corriente eléctrica generas en tus relaciones. Él pone el volante en nuestras manos en lugar de dejarlo a cargo de una fuerza inexplicable.

Debo admitir que simpatizaba con la postura de mis alumnos. Siendo madre primeriza, sabía que mi amor por mi hijo era exactamente eso: una fuerza intangible y hermosa, natural e imposible de cultivar.

Aproximadamente dos años después del nacimiento de nuestro primer hijo me encontré en la misma unidad neonatal con el hijo número dos. Este era un fornido niño de 33 semanas. Ya había pasado mucho tiempo desde el nacimiento de nuestro primer hijo. Sentada allí después del parto, observé aquella pálida cara enrojecerse cuando intentaba llorar, pero sin emitir ningún sonido porque el respirador estaba presionando su laringe. Aún no estaba listo para la comida, por lo que almacené el precioso elixir divino en botellas en el congelador de la Unidad Neonatológica de Cuidados Intensivos.

Todo era igual: las sillas tapizadas con tela gris a cuadros, las enfermeras en sus trajes rosados y el fuerte olor del jabón antiséptico. Sentía como si hubiese estado mirando la repetición de una serie dramática de medicina.

Fui dada de alta sin mi niño y volví a tener aquella vieja y conocida sensación de cruzar el umbral de nuestro hogar sin la pequeña vida que había tenido que dejar atrás. Sin embargo, sabía lo que me deparaban las semanas siguientes. Allí estaría a la mañana siguiente.

Mi lealtad se vio dolorosamente dividida durante las siguientes semanas entre mi pequeño y emocionalmente dependiente hijo que estaba en casa y el pequeño fardo que yacía en posición horizontal en su incubadora. Cada mañana corría al hospital para cumplir con mi obligación y luego volvía corriendo para buscar al más grande de la guardería. Siempre que era posible, volvía otra vez por la noche, pero tenía que regresar y relevar a mi marido para que él también pudiera ir a visitar. Sentía como si una parte sumamente esencial de mí hubiese sido dividida en dos, en algún profundo lugar al cual mi cerebro no podía llegar.

Mi marido iba a menudo al hospital a controlar a nuestro bebé. Me traía los reportes, algunos de los cuales me encantaban, pero otros, preferiría no haberlos oído.

En mi interior yo sabía que las cosas eran diferentes para mí esa primera tarde de Shabat con mi hijo número dos en el hospital.

?Yael, ¿quieres ir a ver al bebé? ?preguntó mi marido.

?No, ve tú; estoy cansada, necesito recuperar mis fuerzas, acabo de parir (eso nunca me había detenido antes).

Mi marido levantó las cejas y me miró de reojo. Él fue. Yo me quedé. Acurrucada en mi colcha, casi podía pretender que mi vida estaba en piloto automático.

Hice lo que tenía que hacer. No descuidé de ninguna forma mis responsabilidades como madre hacia ninguno de mis hijos. Por eso no sé por qué me sorprendí cuando alguien remarcó al pasar esa semana:

Realmente debo amar a ese bebé. Es decir, por supuesto que lo amo. ¿Qué madre no ama a su hijo?

?¡Debes amar mucho a ese bebé!

Debo amar mucho a ese bebé. Es decir, por supuesto que lo amo. ¿Qué madre no ama a su hijo? Pensé en él por un momento, con la pequeña banda de gasa cubriendo sus ojos para protegerlo de las luces de bilirrubina. Cuando lo vi esa mañana parecía estar bronceándose.

?Obvio ?contesté.

Volví a mis platos, refregando los pedazos de residuos pero aún un tanto intranquila. ¿Amo a mi hijo? ¿Mi bebé? ¿Hay algo más vergonzoso que una madre que no ama a su niño? ¿Soy yo de ese tipo?

Unas pocas semanas después lo llevamos a casa. Ese niño extraño que había visitado durante todo ese tiempo estaba ahora durmiendo en mi dormitorio. Las indispensables enfermeras habían sido dispensadas. A las tres de la mañana me despertaba de mi débil sueño por su llanto. Lo levantaba (un gordo de dos kilos) y lo anidaba en mis brazos. Aspiraba el fresco aroma del champú para bebés y pasaba suavemente mi nariz por el borde de su cuero cabelludo. Lo miraba abrir y cerrar su pequeña boca, buscando, buscándome a mí. Me necesitaba. ¡Me necesitaba!

Y yo le daba.

Y el cuarto estaba lleno de amor.

Rav Dessler tenía razón.