Algunas personas aprenden sobre Dios en libros de plegarias, otros salen a la naturaleza y buscan a Dios en los ríos y los árboles. Yo descubrí al Creador del mundo al ver jugar al fútbol a Diego Armando Maradona.

Era el verano de 1986. Yo vivía en Israel. Con mis amigos acabábamos de terminar cuarto grado y en México se congregaron 24 equipos de fútbol para enfrentarse por la copa mundial.

Justo antes del Mundial del 86, la fábrica de helados más importante de Israel sacó una edición especial de helados con los colores de los principales equipos. Si alentabas a Italia, optabas por uno de frutilla, lima y limón, en rojo, blanco y verde. Si alentabas a Inglaterra comprabas uno de limón y frambuesa, rojo y blanco. Para quienes apoyaban a Argentina, blanco y celeste, el helado tenía cierto sabor a ananá. Los que alentaban a Alemania, no tenían ningún helado.

Consumíamos estas golosinas congeladas casi con un placer metafísico. Para nosotros, el Mundial era más que sólo fútbol. El deporte nos atraía por la misma razón que los preadolescentes a menudo eligen hacer cualquier cosa, era un punto conveniente desde el cual comenzar a entender el mundo. Era un dominio pequeño, delimitado y posible de entender. Con un poco de tiempo libre y buena memoria uno podía llegar a dominarlo. Nuestros padres, nuestros maestros, nuestros cuerpos, las niñas, etcétera: Esos eran misterios fuera de nuestra comprensión. La política, la muerte y el dinero eran ideas tan abstractas a los 10 años que para nosotros bien podían ser productos de la imaginación. Pero el fútbol era diferente. Podías aprender la formación de la selección nacional de Francia por ejemplo, y entonces afirmar tranquilamente: “Sé algo sobre el mundo”. Así que aprendimos. Y cuando finalmente comenzó el campeonato, nos reunimos en el sofá de pana azul de mis padres para ver los partidos y poner a prueba nuestros conocimientos.

A mí me gustaba Inglaterra. Quizás tenía algo que ver con las historias que me contaba mi abuela sobre el Mandato británico, y los johnys exasperados con sus boinas rojas persiguiendo a los astutos luchadores clandestinos judíos alrededor de Jerusalem. O quizás porque era un intelectual y mis cálculos de la sección de deportes me decían que tener uno de los mejores arqueros, Peter Shilton, y un delantero talentoso como Gary Lineker, implicaba que Inglaterra tenía muchas probabilidades de ganar el Mundial. Cualquiera sea la razón, vitoreaba frente al televisor cada vez que los ingleses entraban al campo de juego.

Las dos primeras rondas del campeonato transcurrieron sin incidentes. Inglaterra perdió ante Portugal, empató con Marruecos y derrotó a Polonia para llegar a los octavos de final, donde superó al equipo de Paraguay. Luego llegó a los cuartos de final y enfrentó a Argentina, y a su “redentor”, Maradona.

La terminología religiosa no está del todo fuera de lugar. Cuando un joven Maradona entró por primera vez a las grandes ligas jugando para el Barcelona, sus compañeros (algunos de los mejores futbolistas del mundo) dejaron de entrenar y lo observaron asombrados. Uno de sus compañeros recordó: "Cuando Maradona corría con la pelota o se escabullía entre la defensa, parecía tener la pelota atada a sus botas". Dos años después, cuando se pasó al Nápoles, 75.000 aficionados llenaron el estadio sólo para darle la bienvenida a la ciudad. Un periódico local señaló que “Nápoles carece de casas, escuelas, autobuses, empleo y saneamiento, pero nada de esto importa porque tenemos a Maradona”.

Tan capaz de empezar una pelea como de orquestar una jugada celestial, Maradona pertenecía a la rara raza de atletas impulsados por un instinto que es un don Divino. No tanto un jugador sino más bien un mago. “Diego era capaz de cosas que nadie podía igualar. Lo que yo podía hacer con una pelota de fútbol él lo podía hacer con una naranja”, dijo el francés Michel Platini, amigo y rival de Maradona.

Me resultó aterrador. No porque no disfrutara de su destreza, era difícil reprimir el impulso de aplaudir cada vez que él tocaba la pelota. Pero Maradona era caos, y el caos era lo que yo más temía ad-portas de la pubertad, ansioso por reafirmar cierto sentido de autoestima. Ahí estaba yo, diciéndoles a mis amigos que para los argentinos sería difícil recuperarse de un gol de Italia marcado por Altobelli en un penal a los seis minutos de juego, y allí estaba él, persiguiendo una pelota salvaje y pateándola en el aire mientras corría, directamente a la red de Giovanni Galli.

Cuando Maradona y su equipo se enfrentaron a Lineker y al resto de mis ídolos ingleses, entré en pánico. Sí, a los 10 años los equipos deportivos son un portal para descubrirse a uno mismo, pero también son una identidad prefabricada. Sabía que si Inglaterra perdía no habría fin a las burlas. Me tildarían de perdedor por los errores de los 11 hombres que jugaron durante 90 minutos en la otra mitad del mundo.

Durante la primera mitad del partido no pasó nada. Más de 114.000 aficionados acudieron a ver el partido en persona, casi el triple de los espectadores que fueron a ver ese mismo día a Bélgica cuando venció a España. Todos estaban allí para ver a Maradona. A los cincuenta y un minutos de juego obtuvieron lo que buscaban.

Al hacer un pase a su compañero de equipo Jorge Valdano, Maradona vio cómo la pelota terminó finalmente en los pies de Steve Hodge, el centrocampista de Inglaterra. Al tratar de alejar la pelota del jugador argentino, Hodge la perdió y la pateó hacia Shilton. El imponente arquero salió corriendo con la esperanza de tomar el control de la situación. Pero Maradona tuvo otra idea: él mantuvo el brazo izquierdo estirado y le pegó a la pelota, pasando a Shilton, directamente al arco, marcando el 1-0 en favor de Argentina.

Si realmente quieres valorar el genio de Maradona o mi indignación al presenciar ese caos, puedes ver la grabación. Si la observas, puedes ver claramente a Maradona inclinando el cuello en un movimiento exagerado diseñado para convencer al árbitro de que marcó el gol con la cabeza y no con la mano. Al observar esa obra de teatro, los compañeros de Maradona se quedaron inmóviles, seguros de que el árbitro descartaría la validez del gol. Al igual que yo y otros millones de espectadores de todo el mundo, también ellos vieron claramente que su brillante estrella rompió la regla más básica del fútbol. Pero Maradona no se inmutó: corrió hacia el estrado y con la mano hizo un gesto a sus compañeros para que fueran a abrazarlo. Posteriormente admitió que quiso que el equipo celebrara en el campo para disuadir al árbitro de anular el gol. En otras palabras: fue un engaño absoluto.

Dejé que mi helado blanco y rojo goteara sobre mi muslo y sentí un vacío que se expandió en mi estómago. El gol de Maradona no fue sólo una pizca de perfidia, una mala pasada de un gran jugador, sino que me pareció un repudio al constructo de la moralidad. El fútbol me atraía porque era ordenado, porque tenía reglas que podía seguir, porque podía entenderlo, porque me presentaba una pequeña franja de existencia que podía afirmar que conocía sin demasiadas limitaciones o signos de interrogación. Pero justo cuando mi certeza y mi sentido de seguridad se estaban fortaleciendo, entró ese diminuto agente del caos con el cabello negro rizado, deslizó su puño hacia mi pequeño y ordenado universo y triunfó haciendo trampa.

En ese mismo momento tuve mi primera crisis teológica, mi primer lamento por las cosas malas que les pasan a los buenos equipos de fútbol. En un momento febril pensé que, si Dios permitió que Maradona anotara ese gol impunemente, entonces Dios era injusto. (A propósito, Maradona tenía ideas teológicas diferentes. En entrevistas posteriores él dijo que el gol se hizo "un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios").

Mi crisis de fe duró exactamente cuatro minutos. Seguía furioso por la injusticia y me preguntaba si tendría que encontrar otra obsesión ahora que el futbol había demostrado ser existencialmente tan poco confiable… En ese momento, Maradona recibió la pelota y se lanzó a lo que más tarde llegó a conocerse como “el gol del siglo”, la hazaña más majestuosa del fútbol que el mundo vio alguna vez y casi tengo la certeza de que nunca más se volverá a ver. Corriendo desde más atrás de la mitad de la cancha, Maradona maniobró la pelota utilizando exclusivamente su pierna izquierda. Pasó por delante de Peter Beardsley, sorteó a Steve Hodge, esquivó a Peter Reid, se escabulló frente a Terry Butcher e hizo una pirueta alrededor de Terry Fenwick, todos ellos talentosos jugadores. Shilton salió para intentar detener la carnicería, pero terminó de espaldas. Maradona pateó y marcó el gol. Durante toda la ofensiva tocó la pelota sólo 11 veces, sin necesitar ayuda de nadie más que del Padre Celestial.

Posteriormente, Gary Lineker dijo: “Cuando Diego anotó ese segundo gol en nuestra contra, tuve ganas de aplaudir. Nunca antes había sentido eso, pero es verdad… Y no sólo porque era un partido tan importante. Era imposible hacer un gol tan bello. Él es el mejor jugador de todos los tiempos. Un verdadero fenómeno”.

Si eso era lo que sentía el capitán de Inglaterra, era imposible que los aficionados no estuviéramos de acuerdo. Porque el significado del segundo gol, que tuvo lugar tan cerca del primero, era profundo: estaba allí para enseñarnos que el mundo es un misterio, sin importar cuánto uno se esfuerce para organizarlo en categorías claras y precisas.

El gol estaba allí para mostrarnos que nuestra incapacidad de comprender la creación de Dios en su totalidad no es necesariamente una desventaja, sino que, en cambio, es precisamente el punto mismo de la existencia; una dosis diaria de asombro radical que nos permite deleitarnos con el plan Divino incluso cuando no podemos ni siquiera comenzar a comprenderlo. El gol estaba allí para enseñarnos que la ‘traición’ y la ‘trascendencia’ a menudo están sólo a unos cuantos minutos de distancia y que, para vivir de manera correcta, debemos aprender a tolerar la primera tal como celebramos la segunda.

Después Lineker hizo un gol. No fue suficiente. El partido había terminado. Inglaterra perdió. Pero ya no me importaba. Yo estaba sentado en silencio, observando a Maradona y deseando sentir siempre esa emoción, esa sorpresa, ese dichoso desamparo ante ese algo que claramente manejaba las cosas y que es de otro mundo; ese algo que es claramente benevolente y que obviamente estaba a cargo de todo. Cada cuatro años, cuando llega la Copa del Mundo, cuando la vida se detiene y el fútbol estalla en toda su gloria salvaje, eso es lo que siento nuevamente.


Publicado originalmente en Tablet Magazine