Este año será el Bat Mitzvá de mi nieta, y nosotros no hemos sido invitados. Todo el mundo habla de los niños como las víctimas del divorcio, lo cual ciertamente es verdad, pero nadie habla del hecho que los abuelos también son dejados de lado.

Cuando mi hijo y su mujer se divorciaron, sus hijos eran realmente muy pequeños, cinco y tres años de edad. Circunstancias extenuantes hicieron que ellos vieran a su padre esporádicamente durante los primeros años después del divorcio. Ellos se mudaron a una ciudad muy lejos de nosotros, y a pesar de nuestros intentos por mantenernos en contacto con nuestros nietos —e incluso teniendo una orden judicial en la mano—, fuimos constantemente rechazados por su madre. Los regalos de Januca fueron devueltos sin ser abiertos, los cheques de cumpleaños se mantuvieron sin cobrar y las llamadas telefónicas se iban directo al buzón de voz.

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Cuando nuestro hijo recuperó su derecho de ver a sus hijos, el daño ya estaba hecho, tan profundamente que fue muy difícil de reparar. Armados con fotos de tías, tíos y primos, tratamos de recordarles a los niños de aquellos miembros de la familia que ya habían olvidado, miembros de la familia que deseaban ser parte de sus vidas. Los niños miraban a los extraños en las fotografías sin ninguna emoción. Cuando relatábamos eventos familiares en los cuales ellos habían participado, no recordaban nada porque en ese entonces eran demasiado pequeños.

Nos trataron con recelo; los padres de su madre eran los únicos abuelos que conocían. Nosotros éramos oscuras figuras del pasado, quienes aparecían repentinamente y querían ser parte de sus vidas. Les compramos regalos, salimos a comer pizza, tratamos de crear nuevos recuerdos familiares, pero ellos nunca pudieron dejar de lado el hecho de que habíamos sido alejados de sus vidas por tanto tiempo. Nosotros éramos virtuales extraños.

Ya no creo en mi corazón que ella o su hermano vuelvan donde nosotros alguna vez.

Yo trato de aceptar que su madre debe sentir que de alguna manera está protegiendo a sus hijos. Obviamente nos ve a nosotros como una mala influencia. Un amargo divorcio nos ha convertido en adversarios cuando alguna vez fuimos una familia. El dolor y la rabia que ella siente por nuestro hijo no ha dejado lugar para la aceptación de aquellos que quedamos como víctimas de esas poderosas emociones.

Años atrás, cuando todo esto era nuevo y el dolor era latente, mis amigos me decían que me rindiera. “Olvida a lo niños y sigue adelante. Algún día ellos se darán cuenta de lo que les hicieron y volverán por si solos”.

Los años han pasado. El Bat Mitzvá de mi nieta se acerca rápidamente, y a ella ni siquiera se le ocurrirá preguntarse por mi ausencia en ese importante evento de su vida. Aunque no sé cuál es la fecha exacta, si sé su cumpleaños hebreo (después de todo, ¿no estuve yo en el hospital a meras horas de su nacimiento? Mi preciosa primera nieta que me transformó en Bubby). Voy a mirar el calendario y a pensar en ella, me preguntaré qué se habrá puesto, qué tipo de Dvar Torá habrá dado, en qué tipo de persona se estará convirtiendo.

Ya no creo en mi corazón que ella o su hermano volverán algún día donde nosotros. Tengo muchos najes y alegrías de mis otros nietos, pero una parte de mi corazón me duele continuamente por los dos que faltan.

Estos niños son inocentes víctimas del divorcio de sus padres, y nosotros, sus abuelos, tíos, tías y primos, también somos víctimas de esta guerra.