El Coronavirus se propagó por China, Medio Oriente y Europa; hay personas infectadas en los Estados Unidos, América Latina y cada vez en más lugares. Ya se reportaron miles de muertes. El ministerio de salud de Israel urgió a sus ciudadanos a reconsiderar los viajes no esenciales al exterior debido al temor por la propagación de esta enfermedad potencialmente mortal.

Uno de los principales encargados de los centros de control y prevención de las enfermedades en los Estados Unidos advirtió esta semana: “En definitiva, esperamos ver la propagación en este país. No es tanto una cuestión de si esto sucederá o no, sino más bien de cuándo ocurrirá exactamente y cuántas personas en este país sufrirán una enfermedad grave”. La agencia misma publicó en Twitter: “Llegó el momento de que los comercios, hospitales y comunidades de los Estados Unidos comiencen a prepararse para una posible difusión del COVID-19”.

De hecho, ahora es el momento para hacer todo lo posible para prepararnos y detener la propagación de esta enfermedad, pero también hay una lección importante que podemos aprender de lo que ocurre.

China y los estados Unidos no podrían estar más lejos, no solo geográficamente, sino también en lo que respecta a la vida familiar, los valores sociales y las costumbres religiosas. Uno es el modelo del capitalismo y el otro la personificación del comunismo. Por estas y otras razones, los ciudadanos norteamericanos y chinos se sienten muy diferentes, como si tuvieran muy poco en común. Sin embargo, el Coronavirus nos recuerda cuán interconectados estamos, cuánto impactamos los unos a los otros, y cuán importante es encontrar un plano común y trabajar juntos para el beneficio mutuo.

Considera cómo comenzó el Coronavirus y dónde estamos ahora. El 31 de diciembre las autoridades chinas reportaron a la Organización Mundial de la Salud un caso de neumonía con una causa desconocida en Wuhan, provincia de Hubei. El 3 de enero ya se habían reportado 44 casos similares. Dos meses más tarde, hay más de 80.000 personas diagnosticadas con la enfermedad en todo el mundo.

Algo que comenzó "muy lejos" nos amenaza "aquí mismo" e impactó la economía de todo el mundo, afecta las líneas de suministro, importación, exportación, fabricación, banca y más. No podemos ignorarla o quitarle importancia porque no comenzó aquí o no comenzó teniendo impacto sobre alguien con quien podamos relacionarnos. La humanidad —la población del mundo— es una. Todos estamos interconectados y nos vemos afectados por el comportamiento, las políticas y las precauciones de los demás, nos guste o no.

Si reconocemos aquello que tenemos en común y nos unimos para enfrentar esta enfermedad mortal, podemos aislarla, tratarla y eliminarla. Focalizados en nuestras diferencias, negamos nuestro destino común, no logramos cooperar ni comunicarnos, y puede llegar a crecer hasta adquirir proporciones de pandemia, estando todos bajo amenza.

En cierta forma, esta es la historia y el mensaje de la fiesta de Purim. El pueblo judío enfrento la extinción y el aniquilamiento cuando vivió con una actitud de “am mefuzar umeforad bein haamim", 'una nación dispersa y disgregada entre pueblos desconectados'. El pueblo judío encontró la redención y la seguridad sólo cuando siguieron la directiva de la Reina Ester: “lej kenot et kol haiehudim", 've y reúne a todos los judíos', conviértanse en uno y actúen de forma unificada.

Describimos a Dios como nuestro "Padre en el Cielo". ¿Qué padre se ve inclinado a intervenir e interceder en beneficio de sus hijos que no pueden llevarse bien entre ellos, que no cooperan ni muestran lealtad los unos a los otros? Por otro lado, cuando los hijos se unen y funcionan como una familia devota, los padres están dispuestos a hacer cualquier cosa que puedan para ayudarlos.

Cuando somos egoístas, narcisistas y nos preocupamos sólo por nuestro propio bienestar, entonces, corremos peligro. Pero cuando vemos que nuestro destino está entrelazado, cuando tu dolor me afecta y mis luchas son las tuyas, juntos podemos soportar y superar cualquier cosa.

No es una coincidencia que las mitzvot de Purim giren en torno a conectarse con los demás, estar al servicio de otros y tratar de aliviar su dolor. Entregamos Mishloaj Manot 'regalos de alimentos' para profundizar nuestras conexiones y lazos y distribuimos matanot laevionimm, 'regalos a los pobres' para sentir el dolor de aquellos menos privilegiados.

Cuando estamos unificados, unidos en nuestra historia y destino, focalizados en lo que tenemos en común en vez de mirar lo que nos divide, somos más grandes y más fuertes que la suma de nuestras partes. Somos tanto dignos como capaces de confrontar, perseverar y triunfar sobre cualquier desafío o amenaza que enfrentemos. Ese es el mensaje de Purim para los judíos y quizás ese sea el mensaje del Coronavirus para la humanidad.

El virus del odio nos recuerda que nuestros actos nunca son locales; ellos pueden tener implicancias cósmicas, para mal, pero también para bien. En 1963, el meteorólogo Edward Lorenz introdujo lo que él llamó el “efecto mariposa”. Él demostró que el aleteo de las alas de una mariposa en Australia puede provocar un tornado en Kansas, un monzón en Indonesia o un huracán en Boca Ratón. La tesis de Lorenz es parte de una gran teoría llamada 'Teoría del caos' que en esencia postula que los actos pequeños tienen grandes consecuencias. La Teoría del caos se aplica en matemáticas, microbiología, ciencias informáticas, economía, filosofía, física, política y muchos otros campos.

Rav Lord Jonathan Sacks aplicó la Teoría del caos en el ámbito espiritual. En su libro To Heal a Fractured World, él acuñó la frase “teoría del caos de la virtud”, demostrando cómo pequeños actos de bondad pueden tener consecuencias inconmensurables en el mundo. Si una persona en una zona aislada puede difundir algo que puede impactar a todo el mundo para mal, entonces, una persona, en cualquier lugar del mundo, puede infectar al mundo con bondad y positivismo.

Vivimos en un mundo cada vez más polarizado y en una época cada vez más partisana. Hay conflictos y tensiones entre países y hay divisiones y desacuerdos dentro de las naciones, de los pueblos, de las religiones y de las familias.

En esta atmósfera, el Coronavirus no sólo nos presenta un desafío, sino que puede enseñarnos algo. Si nos focalizamos en nuestras diferencias, no cooperamos ni nos unimos, como resultado nos veremos amenazados. Por otro lado, si encontramos un territorio común, podemos colaborar y eliminar una amenaza al unirnos.

Nunca subestimes el próximo acto virtuoso que puedas llegar a hacer. Sacude tus alas y eso puede cambiar a todo el mundo. Al comenzar el mes de adar y la cuenta regresiva hacia la celebración de Purim, esperemos y recemos que lo único que se vuelva viral sea un espíritu de cooperación, unidad y amor.