El Shabat pasado leí una de las últimas entrevistas que Rav Lord Jonathan Sacks dio antes de morir (1), tan sólo unas cuantas semanas antes de que la enfermedad terminal que enfrentaba le arrebatara su vida a la temprana edad de 72 años.

Es difícil creer la cantidad de escenarios en los cuales Rav Sacks tuvo el privilegio de ser un portavoz del pueblo judío, literalmente frente a reyes y príncipes, pero hay una historia en particular —y un mensaje en particular— que me emocionó profundamente y que me gustaría compartir con ustedes. 

En el año 2000, Rav Sacks se convirtió en el primer judío que fue invitado a hablar en el Castillo de Windsor frente al Príncipe Felipe duque de Edimburgo, a la Reina Isabel II de Inglaterra y a toda la familia real.

Uno tiene que entender que el Castillo de Windsor no es un edificio cualquiera. El Castillo de Windsor es el edificio que ha servido como residencia oficial de los Reyes de Inglaterra desde tiempos de Enrique I (siglo XII), hecho que lo convierte en una de las residencias reales de ocupación más antigua en el mundo, por casi un milenio sin interrupción.

Antes de comenzar a hablar, Rav Sacks recordó que en ese mismo lugar en el que estaba parado había vivido el Rey Eduardo II, quien expulsó a todos los judíos de Inglaterra en julio del año 1290. El Rav Sacks se dijo a sí mismo en ese momento: “Me voy a parar en este lugar, y pensaré en todos aquellos judíos que fueron expulsados, todos ellos están mirándome desde el cielo en este momento, y voy a intentar decir algo que les devuelva su honor que fue pisoteado”.

Rav Sacks también sabía que había bastantes judíos presentes en la audiencia y que el discurso sería televisado y transmitido a todo el país y que muchos otros judíos lo verían, y quiso aprovechar la oportunidad para enviar un mensaje que tocara el corazón de todos esos judíos y que los enorgulleciera. Esto fue lo que dijo:

Verán, este castillo que ustedes tienen acá es absolutamente espléndido. A los judíos nunca se nos permitió quedarnos en un lugar por mucho tiempo como para construir un castillo, siempre fuimos expulsados de los países en los que habitamos, así que no construimos castillos.

Pero tenemos un “edificio” que según nuestra opinión no es menos hermoso que este castillo; es un edificio que no está construido de piedras y de madera, sino de valores.

Intento por un instante imaginar qué es lo que siente alguien que hereda un castillo tan hermoso como este en el cual nos encontramos aquí reunidos. Tú sabes que si eres el Rey o la Reina de Inglaterra o el Príncipe Felipe, heredarás este maravilloso castillo. ¡Qué privilegio! ¡Qué tesoro más grande! Pero el tema es que no puedes rechazar esta heredad. No puedes destruir el castillo y decir: ‘Voy a construir un bungalow en vez’. Si heredaste el Castillo de Windsor, tienes una obligación moral con el que vino antes de ti. Tu obligación es cuidar el castillo, e incluso mejorarlo, por el bien de aquel que vendrá después de ti.

Así es exactamente con alguien que tiene el privilegio de nacer judío. Recibiste un “castillo” digno de reyes, un castillo que está construido de valores. Un castillo que ha estado en pie cuatro veces más tiempo que el Castillo de Windsor. Y tú lo heredaste. ¡No puedes derribarlo y comenzar de cero! Sobre tus hombros recae la responsabilidad de hacer lo mejor que puedas con esta preciada heredad, esta posesión que por decreto del destino cayó en tus manos, y tienes la obligación de cuidarla y traspasarla en buen estado a las generaciones que vendrán después de ti.

¡Qué hermoso y profundo mensaje!

Cuando un edificio tan magnífico como el Castillo de Windsor pertenece a nuestra familia, lo lógico es que ansiemos saber todo lo que podamos sobre él. Nos sentimos orgullosos y emocionados por el privilegio de habitar en él. Disfrutamos descubriendo sus habitaciones, largos corredores, jardines y pasajes secretos.

Y así también nosotros. Cuán orgullosos y emocionados tenemos que estar por el privilegio de habitar en nuestro “castillo”. Cuán satisfactorio es recorrer sus largos corredores y descubrir nuestra sabiduría, nuestra memoria y nuestros principios. Ya que es precisamente este palacio de valores que hemos heredado el que nos ha resguardado más de lo que podría habernos protegido cualquier muralla de ladrillos y cemento.

No cometamos el error de derribar nuestro castillo milenario para construir una pequeña cabaña en vez. No lo menospreciemos. Es nuestro. Habitemos en él con orgullo. Cuidémoslo. Valorémoslo. Para que así podamos traspasarlo a nuestras futuras generaciones con el debido honor y respeto que merece.


NOTAS:

(1) Revista Mishpajá en hebreo, edición 1483, 12/11/2020.