La mayoría de los días de ayuno son días de duelo para el pueblo judío. Cuando mis hijos eran jóvenes y tenían permitido comer, no les dejaba comer ninguna golosina en un día de ayuno. “Algo triste le ocurrió al pueblo judío hoy”, les decía. “No es apropiado comer dulces u otras golosinas”.

No así con Iom Kipur. De hecho, en Iom Kipur lo contrario era verdad. Los niños que eran demasiado jóvenes para ayunar eran alentados a comer algo especial. Quería que entendieran que Iom Kipur es en realidad un día feliz. Quería que entendieran que Iom Kipur es un día de alegría y oportunidad.

En otros días de ayuno, la falta de alimentación es una privación que enfatiza nuestro estado de duelo.

En Iom Kipur no comemos porque somos como ángeles. Estamos volando sobre la tierra, viviendo como almas, no atados a las necesidades de nuestros cuerpos.

En Iom Kipur, se nos muestra "quienes podemos ser" si no caemos nuevamente en los patrones y conductas negativas familiares. Sólo por ese día trascendemos nuestra corporalidad y tocamos el infinito (o al menos lo intentamos).

Y vivimos la alegría – la alegría de saber que no hay limites para lo que podemos lograr y cuánto podemos crecer, la alegría de saber que no estamos atrapados por nuestras acciones del pasado, la alegría de la oportunidad de comenzar nuevamente, la alegría de nuestro nuevo comienzo.

Todos los errores que cometimos en el pasado son extinguidos, son inexistentes. Podemos hacer nuevos compromisos (pequeños) y tomar nuestras decisiones (también pequeñas).

Así que es un día feliz. Un día de limpieza. Un día espiritual prometedor. Sabemos demasiado bien como funciona la rutina, la inercia del hábito, el estancamiento de nuestros patrones usuales. Esta es nuestra oportunidad de liberarnos, para (citando a un cierto líder mundial) “apretar el botón de reajuste”.