Nada nos pone más ansiosos que la educación de nuestros hijos. Estamos constantemente cuestionando nuestras propias decisiones, agonizando por cada decisión, acción, palabra. Leemos libros y asistimos a clases buscando las respuestas mágicas, desesperados por hacer lo correcto.

Llegó a un punto, cuando mis hijos eran pequeños y mi esposo y yo teníamos muy pocas noches para nosotros, en que yo me puse firme. "¡¡No voy a pasar el poco tiempo que tenemos juntos asistiendo a clases de educación!!".

Pero debido a que son tan preciados para nosotros, no podemos evitarlo. Terminamos leyendo otro artículo, asistiendo a otro taller, llamando a amigos y a profesores para pedir consejo. Todo está, por supuesto, en las manos de Dios, pero hay algunos principios que son universales. Este es sólo uno de ellos:

Los niños requieren desesperadamente nuestra atención. Sabemos que si no la consiguen de la forma correcta ellos la buscarán de la forma incorrecta. También sabemos que debemos alentarlos y reforzar conductas apropiadas. Sin embargo nos equivocamos frecuentemente en este aspecto. Ignoramos al niño que se está comportando bien porque estamos ocupados reprendiendo o lidiando con aquel que no se está comportando bien.

A menudo ignoramos al niño que se está comportando bien porque estamos ocupados reprendiendo al que no se está comportando bien.

Es crucial darles a nuestros hijos atención por hacer lo correcto y no por hacer lo incorrecto. Esto no es solamente para que no busquen nuestra atención en formas negativas, sino también porque a veces los niños que se comportan bien son descuidados por las necesidades de aquellos que se comportan mal.

Nunca olvidaré un empleo de verano que tuve una vez en la universidad. Uno de mis compañeros de trabajo, otro estudiante, siempre llegaba tarde. El único día de todo el verano en que llegó a la hora, todos se dieron cuenta y lo felicitaron. Yo no obtuve nada de crédito por llegar a tiempo todos los días. Este no fue un trauma serio pero sí me enseñó una lección sobre educación. Si nos enfocamos en el niño que está comiendo con las manos en vez del que está comiendo ordenadamente, el niño que está luchando con sentarse y hacer su tarea por sobre el alumno estrella, podemos transmitir el mensaje equivocado. Podemos, Dios no lo quiera, desalentar al niño que se comporta apropiadamente y alentar al otro a continuar con sus acciones “no tan ideales”.

Es un balance, pero debemos tener cuidado de “hacia donde se carga la balanza”. Es verdad que debemos pasar más tiempo en la tarea de matemáticas del niño que no entiende la materia, sin embargo no podemos olvidar elogiar al que sí entiende. No podemos asumir que ellos valoran sus logros, y con certeza no sabrán que nosotros lo hacemos a menos de que lo expresemos verbalmente.

Todos los niños, los inquietos y los pasivos, los estudiantes estrella y los estudiantes promedio, los amables y los egoístas, están buscando desesperadamente nuestro amor y atención. Nuestra labor – fácil de decir y difícil de hacer – es darles esto.