Nos cuenta el Talmud, que durante el mes de Adar, aumentamos nuestra alegría. Este sentido de celebración culmina con la festividad de Purim, con disfraces, la lectura de la Megilá, bebida, comida y con el intercambio de regalos de alimentos. ¿Quién no le sonríe a las pequeñas niñas vestidas de Reina Ester o Vashti o a los pequeños niños disfrazados de Mordejai o de Hamán? Un poco de licor, un poco de festejo - ¿Qué puede ser más alegre?

Excepto que esa no es en realidad la fuente de la alegría. Esta no es alegría basada en frivolidad y risas, en suntuosas comidas o en un buen whisky. Es alegría basada en un profundo entendimiento del mundo, en la importante comprensión del rol de Dios en nuestras vidas, de Su providencia constante.

Cuando bebemos en Purim hay solamente un objetivo (y no es lo que tú crees) – tomar lo suficiente para remover las barreras que hemos erguido en nuestras mentes y psiques que nos bloquean para ver la presencia de Dios en el mundo. Esto es particularmente cierto en situaciones que aparentar ser negativas, desesperadas, dolorosas o sin esperanzas. Esos son los momentos en que estamos más bloqueados, cuando nos retiramos y nos escondemos detrás de nuestras barricadas. Esos son los momentos en que más necesitamos pelar las capas y reconocer que todo proviene de Dios y que todo está en Sus manos.

La verdadera lección de Purim es que todo – lo aparentemente bueno y lo aparentemente malo – es una sola cosa; ambos aspectos provienen de nuestro perfecto Creador. Es esta realización la que nos trae alegría. Es este reconocimiento de que todo es exactamente como debería ser, que no hay otras fuerzas operando, lo que nos permite aceptar nuestros desafíos con verdadera alegría.

Todos los comentaristas destacan que el nombre de Dios no es mencionado ni una sola vez en la historia de Purim. En este inhóspito momento en la historia del pueblo judío, Él está tras bambalinas, tirando de los hilos, convirtiendo dolor en alegría, revelando el significado de nuestras tribulaciones individuales y colectivas.

Este año, mientras enfrento los desafíos médicos que afectan a un ser querido, no me he sentido de ánimo para celebrar Purim. Después de ver y experimentar el dolor de una aterrorizante enfermedad, no he sido capaz de acceder a esa alegría. Me siento inclinada a cancelar todas las actividades de Purim a excepción de las más obligatorias.

Pero sé que eso es un error. Sé que justamente se perdería todo el sentido del día. Esta situación, también, viene de Dios. Esta lucha también, es parte de Su plan. Aunque las cortinas permanecen cerradas y no podemos asomarnos a través de ellas para descubrir el significado, es un principio fundamental de nuestra creencia que Dios está en control, que no hay otros poderes.

Necesitamos invertir nuestra experiencia de Purim con excepcional fervor en los años en que es más difícil. Esa es la enseñanza de Purim. Es la relación con Dios, la profundamente interiorizada comprensión de que esto también es algo bueno, lo que nos ayudará a superar nuestras batallas. Y eso es algo por lo que debemos celebrar.