"Es mejor ir a una casa de duelo que a una casa de fiesta". (Eclesiastés)

Es una gran mitzvá compartir la alegría de nuestros amigos. Nos regocijamos con sus logros – graduaciones, ascensos en el trabajo – y bailamos en sus celebraciones – Bar Mitzvas, bodas, etc. Tan grande es el imperativo de alegrar a la novia y al novio que incluso nuestros más grandes rabinos bailan con salvaje despreocupación frente a ellos. Cuando nuestras amigas dan a luz, organizamos fiestas, compramos regalos, cocinamos. Somos muy buenos para compartir alegrías y eso no es algo pequeño. Es un privilegio ser parte de una comunidad y preocuparse profunda e íntimamente por el bienestar de otros. Saltamos ante la oportunidad de ir a una fiesta de compromiso, una boda, un brit milá. Participamos con entusiasmo en la felicidad de nuestros hermanos.

No somos tan entusiastas cuando se trata de hacer visitas de shivá. Por razones obvias. Se siente extraño. Es doloroso. No sabemos qué decir (nada hasta que el doliente hable primero). Y por lo tanto las evitamos. Tenemos un montón de racionalizaciones (yo sé; he utilizado varias de ellas). "No conocía en realidad muy bien a la persona que falleció". "No soy tan cercano al doliente".

Pero puedo decirles del otro lado que una visita de shivá es un acto de bondad mucho mayor que asistir a una boda. Es más necesario. Es más apreciado. Y no tienes que ser cercano para hacer una diferencia.

Cuando mi hija estaba sentada en shivá por la perdida de su bebé, yo observé a cada persona que vino – y a quien no vino (me gustaría poder decir que fui una mejor persona que eso pero no sería honesto de mi parte), cada persona que llamó y quien no llamó. Cada persona que vino o que llamó ayudó. Cada persona quitó un pequeño pedacito del dolor. Cada persona trajo nuevo y adicional consuelo.

A veces eran personas que conocíamos menos cuya conducta nos emocionó más. Nos emocionó que se tomaran la molestia de venir. A veces las palabras de un amigo, o su abrazo, su empático silencio, o incluso su broma, eran justo lo que necesitábamos. Una de nuestras buenas amigas se había quebrado recién su pie y el doctor le ordenó quedarse en casa. Pero ella no pudo faltar…

Eso nos conmovió también. ¿Quien "no puede faltar" a una casa en shivá? Las personas a quienes realmente les importa, quienes están apoyándote, quienes viven tu dolor como un dolor propio.

Aquellos que entregan durante una shivá no tienen idea lo que significa para los dolientes, cuan profundamente es apreciada solamente su presencia. No necesitas las palabras apropiadas, no necesitas la sabiduría de los sabios, solamente necesitas venir.

Es maravilloso compartir las alegrías de nuestros amigos. Es una preciosa parte de la vida comunitaria. Pero es incluso más necesario y más profundo compartir el dolor. Es mucho más difícil pero mucho más importante e impactante. Compartir dolor es también una preciosa parte de la vida comunitaria, incluso más preciosa que compartir alegría, e incluso más apreciada. Y al final de cuentas, irónicamente, es mucho más vigorizante.