Las historias del Holocausto son con certeza tristes, pero también creo que son inspiradoras. Me sacan de mí misma, me dan perspectiva. Personas que continúan dando (quizás dan incluso más), personas que continúan confiando (quizás confían incluso más) después de una experiencia como esa, ponen a mi insignificante egoísmo y a mis quejas en vergüenza.

Salgo de cada encuentro con sobrevivientes del Holocausto – ya sea personal o por medio de palabra escrita – con determinación renovada, creencia y esperanza.

Desgraciadamente, no siempre dura. Desafortunadamente, necesito recordatorios frecuentes. Recientemente caí en una trampa familiar, cometí un error muy común. Después de que Yaakov, nuestro patriarca sobrevivió a los encuentros con Esav y el trauma de la experiencia de su hija en Shjem, él fue y se asentó en la tierra de Canaan. Algunos de los comentaristas sugieren que la palabra “vaieshev” –se asentó– implica que él se relajó, se hizo displicente. Él pensó que ya había tenido sus problemas, que ya había tenido sus pruebas y que ahora podía descansar tranquilo. Pero así no es como Dios maneja el mundo. Yaakov podía crecer aún más, él tenía más potencial que alcanzar. Dios no podía permitirle dormirse en los laureles.

A veces yo cometo el mismo error (¡al menos estoy en buena compañía!). Yo pienso “OK, acabamos de pasar una experiencia dolorosa y difícil; todo debería ir bien de ahora en adelante. De hecho, Dios me debe una”.

Pero, por supuesto, Él no me debe nada. Todo lo que tengo es un regalo y parte de ese regalo es que Él no deja de presionarnos para que seamos “todo lo que podemos ser”. Sería malo para mí si se me permitiera vivir el resto de mi vida en piloto automático. Él sigue presionando. Él sigue desafiando.

Las historias de sobrevivientes me ayudan aquí también. Si bien ellos fueron afortunados y sobrevivieron la guerra, ellos aún enfrentaron la pobreza, la falta de vivienda, la perdida de familia y el continuado antisemitismo. Para casi todos ellos, muchos desafíos aún se avecinaban. Si ellos pudieron enfrentarlos con gracia, ¿acaso yo no puedo hacer lo mismo?

La Historia de Sol Teichman

Mi esposo y yo conocimos recientemente a Sol Teichman, ahora un hombre de negocios en Los Ángeles, quien compartió su historia con nosotros. Yo definitivamente salí inspirada. Yo definitivamente me fui con perspectiva (al menos por ese día). Yo definitivamente fui impresionada. Aquí está solamente la punta del iceberg:

A los judíos de Munkacz se les dio una hora para desalojar sus casas y fueron acarreados hacia los guetos.

La casa de la familia Teichman ocupó en una época dos cuadras en el pueblo de Munkacz en Ucrania. Si miras cuidadosamente aún puedes ver sus iniciales en lo alto de la casa. Ellas son todo lo que queda de lo que alguna vez fue una prospera comunidad judía llena de Jasidismo Belzer y Munkacz.

Cuando Sol Teichman nació en 1927 en Munkacz, el pueblo consistía de unas 40.000 personas, de las cuales un 75 a 80% eran judías, con unos 90 a 95% de los judíos siendo observantes de Shabat. Aunque la comunidad era fuerte, siempre había antisemitismo en los alrededores. Sol recuerda que cuando él visitaba a sus abuelos en su granja, ellos no tenían permitido salir afuera los domingos por la mañana. Después de la iglesia, mientras los curas marchaban con sus cruces en mano, sus feligreses escupían y pateaban a cualquier judío que se cruzara por su camino.

Sin embargo, en general, los judíos se mantenían aislados y todo parecía bien. El Sr. Teichman era afortunado de ser cercano al Belzer Rebbe y al Munkaczer Rebbe, el Minjat Elazar. Él recuerda vívidamente al último de ellos exhortando a sus seguidores (en idish por supuesto) “Cuiden el Shabat y será bueno para ustedes”.

Poco después del Bar Mitzvá de Sol en 1940, su padre fue llevado a un campo de trabajo húngaro. En el segundo día de Pesaj de 1944, a todos los judíos de Munkacz se les dio una hora para desalojar sus casas y fueron acarreados hacia los guetos.

En junio, fueron transportados a Auschwitz. Esa fue la última vez que Sol Teichman vio a su madre, a su hermana y a tres de sus hermanos.

“Si no tenías esperanzas, plegarias, fe en Dios, no tenías nada por lo que vivir”, nos dice el Sr. Teichman. Él no comía en Iom Kipur, él compartía sus pobres raciones con otros, e incluso aunque su peso bajó a tan solo 30 kilos, Sol Teichman se mantuvo fuerte.

A medida que se acercaba el final de la guerra, los Nazis forzaron a muchos de sus prisioneros judíos a participar en sus infames marchas de la muerte a Dachau. Sol y su hermano Steve comenzaron la marcha. Pero la fuerza de Steve se agotó y Sol lo cargó por el resto del viaje. De los 6.000 que comenzaron la marcha, solamente unos 600 sobrevivieron, Sol y su hermano entre ellos.

“Nunca te deja; se queda contigo todo el tiempo”.

Años después, el Sr. Teichman todavía agita su cabeza con asombro. Él aún no puede comprender cómo alguien sobrevivió. “Es algo que nunca te deja; se queda contigo todo el tiempo”, repite él.

En un punto, cuando la guerra estaba llegando a su fin, Sol, su hermano Steve, un primo y muchos otros, fueron cargados en un tren para ser asesinados. Pero los Aliados comenzaron a bombardear y el tren dejó de moverse. Sin querer tomar ningún riesgo, todos saltaron del tren y corrieron por una peligrosa cuesta que había a un costado. Sol y Steve perdieron a su primo de vista y asumieron que había fallecido.

La guerra finalmente terminó. Sol y Steve fueron a Budapest a buscar a su padre. Ellos entraron a una tienda y dos minutos después, entró su primo. Fue una reunión particularmente conmovedora, ya que su primo le había informado previamente al padre que sus hijos no estaban vivos.

Desgraciadamente su tiempo juntos fue breve. Su padre, quien estaba ganándose la vida vendiendo mercancía en el mercado negro, fue reportado a las autoridades y arrestado. Sol y Steve estaban solos nuevamente. Se registraron con el gobierno de Estados Unidos, esperando que sus parientes americanos sirvieran de patrocinadores. Ellos fueron escogidos para estar entre los 200 huérfanos patrocinados por Eleanor Roosevelt para entrar a Estados Unidos, los primeros niños de Europa.

Aunque frecuentemente llamamos a un niño con solamente un padre restante un huérfano, esta no era aparentemente la definición del gobierno. Cuando el barco estaba a punto de dejar el puerto, el capitán recibió un telegrama: "Baja inmediatamente a los niños Teichman; su padre está vivo, ellos no son huérfanos". Sol y Steve fueron llevados, temblando y llorando, a la oficina del capitán. Como ellos solamente hablaban idish, se contrataron los servicios de un intérprete.

“¿Qué harán con nosotros?”, continuaban preguntando los aterrorizados niños.

El capitán del barco se conmovió con la historia de los pequeños. “¿Qué voy a hacer?”, dijo él. “¿Castigar a estos pequeños niños porque su padre está vivo? Rompan el telegrama”.

Los hermanos Teichman partieron hacia América. El bote atracó en Nueva York en una tarde de Shabat. Sol y su hermano se rehusaron a desembarcar hasta que Shabat hubiera terminado. La voz del Minjat Elazar resonaba en sus oídos, "Cuiden el Shabat y será bueno para ustedes".

Tomó tres largos años para que su padre los acompañara en América, tres años de trabajar y escatimar y enviar cualquier centavo extra a parientes en Europa. Junto con su padre, los Teichman se mudaron a Los Ángeles y una nueva vida comenzó.

“Yo sé que intenté ayudar a mi familia y al pueblo judío”.

Unos años después, un amigo envió a Sol a recibir a su sobrina que llegaba a Los Ángeles de vacaciones. Ella en realidad tenía un pase de tres meses del ejército israelí porque se rehusó a participar en ejercicios de entrenamiento en Shabat (desde entonces el ejercito ha modificado sus reglas). Sol se casó con está joven mujer, Ruth, en 1959, y construyeron un hogar y un negocio que personificó la resolución de Sol de que “la Torá y el yidishkeit florecerían en su casa y en todo el mundo”. Con su exitosa iniciativa de negocios, los Teichman pudieron dar un significativo apoyo a instituciones judías por todo el mundo.

“El éxito financiero es una bendición de Dios concedida para poder ayudar a otros”, es el mensaje que Sol le dio a sus hijos. Innumerables escuelas, sinagogas y otros esfuerzos educacionales judíos le deben su continuada existencia a la generosidad de la familia Teichman.

“Ha sido un viaje largo y hay muchas más historias que podría contar”, concluyó él, con ojos llorosos. “Pero lo que sea que ocurra mañana, yo sé que traté de ayudar a mi familia y al pueblo judío”.

¿Puede alguno de nosotros pedir más?