Intento ser consciente del uso del tiempo, me desagrada mucho la expresión “matar el tiempo” e intento aprovechar cada momento al máximo. Pero el buzón de entrada de mi email me pone a prueba casi todos los días. No es la cantidad de correos electrónicos de trabajo lo que me agobia. No son los chistes reenviados (porque si fue reenviado probablemente ni siquiera me voy a molestar en leerlo, ¡remitentes tomen nota!). No son las cadenas de email (envía este correo a 5 personas para salvar a…) o el catálogo de nuevas novelas de Amazon que podrían llegar a interesarme.

No, por más que me gusta pensar que soy inmune, por más que me gusta enorgullecerme de mi conciencia sobre lo valioso del tiempo, ¡las ofertas me atrapan y seducen completamente!

Sin importar cuántas veces intente salirme de las listas de correos e ignorar las ofertas con visibles signos de exclamación en mi bandeja de entrada, no lo puedo evitar. Hago clic. Ya sea una oferta de moda de fin de temporada o una oferta por tiempo limitado, o una oferta de Groupon que sé que quiero tener, soy arrastrada. Sólo voy a mirar, me digo a mí misma. Solamente voy a mirar por unos cuantos minutos, digo. Es mi forma de relajarme. Y antes de darme cuenta, ha pasado media hora. Sólo cinco minutos mas… Y antes de darme cuenta, otra media hora ha pasado ¡y ya hice clic en “COMPRAR”!

¿Cómo caí en la trampa? Creo que hay dos fuerzas seductoras en acción (puede que haya más, las compañías de anuncios ganan mucho dinero por alguna razón). Una es la palabra “oferta”. Ya sea en letras negras o seguida de un signo de exclamación o junto a una lista de altos precios tachados, la palabra “oferta” es poderosa. No estamos gastando dinero, estamos adquiriendo una ganga. Estamos haciendo lo que cualquier persona sana y racional haría. Estamos en realidad ahorrando dinero. ¡Seríamos tontos si no aprovechamos la oportunidad! Esa es una fuerza poderosa. Y ciertamente respondo a ella, a pesar de que el balance de mi cuenta de banco claramente demuestra la falacia de ese razonamiento.

La otra —y más insidiosa— atracción, es la imagen que te están vendiendo. Algunas compañías ya no son sutiles. Algunos catálogos incluso describen la escena en la que utilizarás el vestido que te ofrecen. “Es medianoche en París, hay luna llena y sientes una suave brisa del río Sena”. Ciertamente es más atractivo que “Eres una dueña de casa cansada, acabas de terminar de preparar los almuerzos y de lavar los platos”. Compramos la imagen. Compramos la narrativa. Sin importar cuán racionales seamos, sin importar cuán considerados seamos, caemos en la trampa en cierto nivel.

Me odio a mí misma por esto, pero nunca olvidaré los anuncios de Cybil Shepherd para el maquillaje Cover Girl. A pesar de lo que el espejo y la ciencia me dicen, yo estaba convencida de que sería alta, flaca y rubia si compraba el labial que ella usaba.

La publicidad funciona. Nos atrae. Y tenemos que estar atentos. He intentado detener los catálogos que llegan a mi puerta y la inundación de correos en mi buzón de entrada, pero pareciera ser que apenas detengo uno, entonces, aparece otro. Voy a tener que ejercitar autocontrol. Tengo que comprometerme a borrarlos inmediatamente, ¡incluso abrir el correo para darme de baja es un peligro! Solamente voy a mirar ese lindo atuendo...

Voy a comprometerme a dejar de comprar en línea. Solamente me conectaré a Internet para leer los comentarios de mis artículos en AishLatino.com y revisar las noticias... un segundo... ¿Es eso un anuncio de ofertas al lado de ese artículo?