“Padre obliga a su hija a vestir vergonzosa camiseta en la escuela por romper toque de queda” decía el titular del Huffington Post hace un tiempo atrás. Aparentemente la humillación es la nueva herramienta a la que recurren los padres desesperados.

El artículo citaba otras instancias en las cuales los padres avergonzaban a sus hijos para enseñarles una lección.

Desgraciadamente, ellos podrían no estar enseñando la lección que creen. La Torá compara el hecho de avergonzar a alguien en público con asesinato, así de profunda es la vergüenza.

Digo padres "desesperados" porque sé como se sienten. Están frustrados y perdieron la paciencia. Sus hijos no escuchan, se aprovechan de ellos, son desafiantes, abusan de su confianza. En otras palabras, son típicos adolescentes.

Sin embargo, ellos necesitan el amor de sus padres, un amor más profundo y más fuerte que la rebelión, un amor duradero, un amor incondicional.

La humillación pública no transmite esa lección.

Otra idea importante que la humillación no transmite es la confianza que tiene un padre en su hijo. Los asustados adolescentes necesitan saber que todo va a resultar bien, que nosotros, sus padres, tenemos confianza en su habilidad para resolver las cosas, para estar a la altura de la ocasión, para tomar buenas decisiones.

Avergonzarlos en público tiene el efecto contrario. Debilita la autoestima; aviva sus sentimientos de ineptitud e impotencia.

Asumo que estos padres tienen buenas intenciones. Asumo que ellos quieren lo mejor para sus hijos. Pero, de manera equivocada, les están causando mucho dolor.

Una amiga mía recientemente me consultó con respecto a un nombre para su primer hijo. El que ella tenía en mente era un tanto inusual, por decir lo menos. Le aconsejé otro nombre. ¿Por qué poner a tu hijo en esa posición? ¿Una posición en la que destacarán innecesariamente? ¿En que se burlarán de ellos o serán incomprendidos?

Los niños no son un proyecto de vanidad, un lugar para demostrar nuestra creatividad a través de nombres originales o estilos de crianza. Debemos tratarlos como los seres humanos complejos que son, o que serán.

Lo siento mucho por los niños en el artículo. Y me siento mal por sus padres también. Ellos están permitiendo que su frustración bloquee su empatía, que inhiba su sentido común.

Todos estamos en riesgo. La educación, especialmente de adolescentes, puede ser muy difícil. Padres e hijos pueden sucumbir ante la frustración y la desesperación.

Gracias a Dios, tenemos la Torá para regresarnos al camino, para darnos perspectiva, para recordarnos las cualidades de bondad y compasión de Dios que queremos emular. Y para enseñarnos que nunca debemos —bajo ninguna circunstancia—, avergonzar a otro ser humano en público, especialmente a nuestros padres, pareja o hijos. Esta idea no sirve para diseñar una camiseta llamativa como la que diseñó el padre del artículo, pero ciertamente sirve para tener una vida mejor.