Como muchos, yo asumí que la pandemia sería mala para las relaciones: padres e hijos, hermanos y hermanas, amigos y amigas, marido y mujer. No sólo que cada persona enfrenta las dificultades de forma diferente, sino que nos vimos forzados a pasar demasiado tiempo juntos. Hubo meses en que no pudimos ver a nadie más, no se podía salir a ninguna parte. Claramente eso incrementaría la tensión incluso en las mejores relaciones.

No voy a referirme a estas situaciones en general, sino a los matrimonios (aunque escuché que, en contra de lo esperado, después de haber tenido la oportunidad de pasar mucho tiempo con sus hijos muchos padres no ansían regresar a sus trabajos). A los matrimonios que ya sufrían tensiones, a las relaciones que ya tenían fisuras significativas, no les fue bien durante el COVID. Muchas uniones fracturadas no sobrevivieron.

Pero de acuerdo con algunos estudios recientes, los matrimonios fuertes se fortalecieron todavía más. ¿Cómo puede ser? Han sugerido varias posibilidades: el hecho de tener a alguien en quien apoyarse en los momentos difíciles, haber invertido en la relación durante el año (mientras más das, más te importa) y aprender a no dar a nuestra pareja por sentado, quizás incluso redescubrir cuánto la valoramos.

Estas son maravillosas e inesperadas consecuencias de un año difícil. O quizás, como sugieren algunas de las investigaciones, sea el resultado de un año difícil. Ver esto nos alienta.

Creo que hay otro factor que el artículo no mencionó. Al pasar más tiempo con nuestra pareja, muchos pudimos redescubrir cuánto nos gustaba esa persona, cuánto disfrutamos conversar con ella, las ideas que compartimos, los temas que nos gusta discutir. Antes del Corona seguíamos adelante por rutina, prácticamente sin nada que nos nutriera. ¿Quién tenía tiempo para hablar con su pareja más que para asegurarse que se pagara la hipoteca, que sacaran la basura y el material de reciclaje en el día correspondiente y que alguien recogiera a los niños de la escuela? Estábamos demasiado ocupados corriendo de aquí para allá. Del trabajo a la clase de fútbol, a las clases de música, a preparar la cena y lavar la ropa… No nos conectábamos.

La pandemia permitió una especie de reconexión. Recibimos el increíble regalo del tiempo, aparentemente en cantidades inagotables: tiempo para salir a caminar, tiempo para hablar sobre lo trivial y sobre lo significativo, tiempo para revivir sueños por mucho tiempo dormidos, tiempo para discutir sobre metas futuras, cambios y reinvenciones.

Lejos del ajetreo, tuvimos libertad para considerar nuevas posibilidades y reenfocarnos en lo bueno de nuestra pareja, para disfrutarnos el uno al otro sin las presiones de estar en cierto lugar a cierta hora (¡a menos que ese lugar fuera frente a la pantalla de tu computadora en una habitación de tu casa!).

Por supuesto, no podemos disminuir los terribles, espantosos desenlaces que algunos experimentaron durante el último año y medio; no pretendo decir que todo fue color de rosas. Pero hubo algo bueno, al parecer algo significativamente bueno. Hubo tiempo real para invertir en crecer y profundizar nuestros matrimonios, tiempo cuyos beneficios estamos cosechando ahora y algo que no queremos perder.

No importa qué nos depare el futuro, ya sea que tengamos la posibilidad de trabajar remotamente o debamos ir a la oficina (o un híbrido), continuemos valorando el regalo de nuestra pareja, sigamos viendo lo bueno en el otro, compartamos juntos tiempo de calidad, nos sintamos agradecidos por ello y mantengamos nuestra conversación elevada y nuestros sueños vivos (y al mismo tiempo nos aseguremos de que sí se paguen las cuentas).