Hay una pregunta que todas las madres, tarde o temprano, aprenden a no formular: ¿Cómo te fue hoy en la escuela?

No es una pregunta particularmente invasiva, demasiado personal o demandante. A lo sumo es demasiado vaga. Como respuesta obtiene gruñidos o la ignoran por completo. Yo solía formularla cuando mis hijos subían al auto al final de un largo día de escuela. Pero finalmente comprendí que no llevaba a nada, que anunciaba el fin de la conversación más que el comienzo.

¿Por qué preguntar “¿Cómo te fue hoy en la escuela?” provoca que los niños se sientan incómodos? Creo que se debe a que es una pregunta demasiado abierta. Como cuando alguien pregunta: “¿Qué hay de nuevo?”, y yo nunca sé cuál es la respuesta apropiada para esa pregunta. Es: “nada”, lo cual a menos que vivas en una cueva no es verdad. Es: “Ya sabes, status quo”, que es sólo una forma de evitar responder. O es una extensa descripción de todos los nuevos desafíos en mi vida. De cierta forma, no creo que eso sea lo que ellos esperaban.

Entonces la pregunta nos pone incómodos porque no sabemos por dónde empezar. No sabemos qué quiere escuchar la persona que lo preguntó o cuán personales debemos ser.

Creo que ponemos a nuestros hijos en una posición similar. Puede ser que nosotros tengamos tiempo, pero ellos están cansados, hambrientos y no tienen energía para una larga respuesta. Si ocurrió algo personal, ellos no quieren revelarlo frente a un amigo o un hermano. Quizás sienten que lo único que queremos escuchar es “genial” y no otra saga de peleas con un maestro o luchas en el patio. Quizás no hubo nada que se destaque como para ser compartido. Ellos quieren olvidar el día y relajarse. Hay muchas posibilidades.

Sin embargo, como padres, naturalmente queremos entablar una conversación con nuestros hijos al final de un largo día. ¡No queremos que sus maestros se lleven lo “mejor” de ellos!

Una posible solución es tratar de ser más específicos.

“Estabas muy preocupado por el examen de matemáticas; ¿las preguntas fueron más fáciles o más difíciles de lo que pensabas?”.

“Recuerdo que mencionaste que hoy había una venta de dulces. ¿Cuál se veía más delicioso?”.

“Compramos esos nuevos lápices de pastel para la clase de arte. ¿En qué estás trabajando?”.

Mientras más especifica sea la pregunta, mejor. Eso hace que les sea más difícil evitar responder, pero lo más importante es que les permite saber que realmente te importa, que en verdad los escuchas, que no tratas simplemente de mantener una conversación.

Incluso con nuestros hijos a veces parece que la conversación se apega a un formato. Decimos lo que ellos esperan escuchar, comentamos lo que los padres deben decir. Nuestros hijos son sensibles a estos detalles. Ellos quieren una conversación que sea sobre ellos, no sólo palabras para llenar el espacio hasta que llegues al estacionamiento.

Tener una conversación real requiere esfuerzo y escuchar de verdad. También nosotros muchas veces estamos cansados al final del día. Es posible que sólo deseemos formular la pregunta, recibir la respuesta y salir del paso. Necesitamos liberar nuestra energía para las tareas siguientes: deberes, cena, hora de dormir…

Pero si no formulamos las preguntas reales, malgastamos las verdaderas oportunidades de entender la vida de nuestros hijos, sus necesidades y preocupaciones académicas, sus alegrías y aflicciones sociales, sus altibajos emocionales. Este es el verdadero trabajo de los padres, la tarea que no puede ser delegada o postergada.

Es posible que instintivamente preguntemos: “¿Cómo te fue hoy?”, pero podemos darnos cuenta y seguir con: “¿Lograste participar en el juego que querías? ¿Cómo estuvo?”. “¿Qué libro escogiste para tu reporte? ¿Por qué precisamente ese?”. Bueno, entendieron la idea.

También ellos la entenderán…