Alice Roosevelt fue, aparentemente, una vivaz adolescente. Su padre, el Presidente Teddy Roosevelt, comentó una vez, "Puedo ser el presidente de los Estados Unidos, o puedo controlar a Alice. No puedo hacer ambas cosas al mismo tiempo". ¡Y supuestamente el tenía un equipo que lo ayudaba!

Pero con todo respeto, creo que él estaba equivocado. Sin importar cuan poderosos seamos, sin importar cuantos recursos tengamos a nuestra disposición, no podemos "controlar" a nuestros adolescentes.

Y quizás no deberíamos hacerlo. ¿Establecer límites? Sí. ¿Establecer algunas guías y directrices? Sí. ¿Disciplina (muy) ocasional? Sí.

Pero creo que el esfuerzo por controlar es inapropiado. No sólo porque será un fracaso garantizado —o al menos inefectivo—, sino que probablemente terminaremos dañando nuestra relación con nuestros hijos en el proceso. Si intentamos ejercer "control", probablemente terminaremos en una lucha de poder sin salida y potencialmente desastrosa.

A mi esposo le gusta utilizar una analogía de pesca (no estoy segura de por qué; no creo que nunca en la vida haya ido a pescar). Debemos soltar el sedal (la cuerda) gentilmente, tan lejos como pensemos que es seguro. Y en el punto en que ya no es seguro (emocionalmente, físicamente, psicológicamente), tenemos que cuidadosa y gentilmente enrollarlos nuevamente, ‘cuidadosamente’ es la palabra clave en este caso.

Con niños de todas las edades, y especialmente adolescentes, una de las mejores estrategias es darles opciones ("Puedes regresar a la casa a las 9:59 o a las 10:01; ¿Cuál prefieres?" ¡Es una de nuestras favoritas!). "Puedes comprar los zapatos o el vestido". "Puedes quedarte afuera ½ hora extra esta noche o el sábado por la noche". "Puedes usar el auto esta tarde o esta noche". "Puedes ir a este concierto o a ese otro, pero NO a este" (alguien tendrá que llenar los espacios en blanco por mí aquí).

Lo último que los adolescentes quieren sentir es que no tienen poder, probablemente porque en realidad así se sienten por dentro. Nosotros no queremos elevar su ansiedad y por lo tanto aumentar su necesidad de reafirmar el control.

Así que tenemos que retroceder. Debemos mantenernos al margen. Debemos pisotear nuestro propio deseo de control.

Esto es más fácil cuando reconocemos que, de todas formas, nuestro sentido de control es solamente ilusorio; Dios está manejando el espectáculo en realidad.

Y también podemos reformular ciertas reglas que pueden ser (mal) interpretadas por nuestros hijos como demasiado restrictivas (esperen; ¡eso aplica para todas las reglas!) o como intentos de control.

"Me pongo nerviosa cuando…" "No puedo dormir cuando…" "Sería un favor para mí si…" esto les permite mantener la apariencia frente a sus amigos, ya que pueden culpar a sus neuróticos padres. También les da permiso y libertad para retirarse de una situación incómoda con gracia y con su ego y su reputación intacta.

Estoy segura que Teddy Roosevelt tenía razón y que no podría controlar a su hija, Alice. El error es que pensó que podía intentarlo.