De acuerdo a investigadores de la Universidad de Cambridge, la madre promedio y su hija adolescente tienen una discusión de 15 minutos cada 2 días y medio.

Eso es en realidad buenas noticias. Yo creo que estoy por sobre la curva. Al menos en los intervalos entre peleas. Eso si no estoy segura de la duración. Depende de si la prolongada mala cara después es considerada parte de los 15 minutos de tiempo de pelea o no. ¿Qué hay del tiempo que ella pasa quejándose con sus amigas sobre los terribles padres que le tocaron? ¿Qué hay de la conversación paralela que yo estoy teniendo con mi esposo?

Cualquiera sea la estadística, todos sabemos que educar hijas adolescentes puede ser un camino difícil. Es algo que pone a prueba la dinámica madre-hija.

Y si bien es verdad que una cierta cantidad de fricción es inevitable, creo que hay ciertas herramientas que nosotras, como madres, podemos utilizar para mantener el ruido en un nivel bajo – literal y figurativamente.

Una de las estrategias más importantes al lidiar con adolescentes – y probablemente la más difícil de todas – es no tomar su comportamiento de manera personal. Esto es particularmente difícil cuando las palabras sugieren lo contrario, cuando ella dice "Eres tan injusta, tu simplemente no entiendes, te odio". Pero debemos ignorar las palabras e intentar mirar bajo la superficie.

Nuestras hijas son un torbellino de emociones que pareciera arrasar con todo en momentos inesperados e inapropiados. Pero estos ataques no están realmente dirigidos a nosotras. Las emociones son tan intensas que ellas no saben donde ponerlas. Y ahí estamos nosotras oportunamente. Pero es simplemente una liberación de presión de carga emocional y no realmente una condena hacia nosotras.

Por más difícil que sea creer eso en el momento, es crucial para nuestra relación que no reaccionemos a la defensiva, que no tomemos sus palabras como un ataque personal. Queremos una relación, no una lucha de poder. Queremos ser empáticas con su turbulento estado, no asertivas de nuestro propio poder, posición o exactitud.

Esto es muy difícil – digamos extremadamente difícil – de hacer. Lo que lo hace del todo posible es el reconocimiento de que bajo toda la fanfarronería y bravuconería hay solamente una asustada, niña pequeña – alguien que simultáneamente quiere su independencia y está aterrada de ella. Ella quiere separarse y quiere correr de regreso a la comodidad de nuestros brazos. Quiere arreglarse sola y quiere que la cuidemos. No sabe quién quiere ser ni qué le depara el futuro. Y es intimidante. Pero ella no puede reconocer eso. Quiere abrir sus alas pero quiere que la seguridad del nido siga allí, esperándola. En palabras simples, ella es como una niña de dos años pero con esteroides... digo, hormonas.

Es tan difícil no reaccionar cuando te atacan. Es tan difícil no sentir "Después de todo lo que he hecho por ti" o simplemente dolor o humillación. Pero tenemos que ser los adultos aquí. Tenemos que ser los fuertes y no los necesitados.

Debemos proveerles a nuestras hijas la base que ellas necesitan para realmente pasar a la adultez. Debemos soportar lo que sea que nos lancen. Y ellas necesitan saber que siempre estaremos ahí para ellas, sin importar lo que pase. Y que no hay ningún desafío que ellas – y nosotras – no podamos enfrentar.

Ser padres es una responsabilidad increíble. Y, al educar adolescentes, recibimos algunos golpes. Pero, si Dios quiere, finalmente nos acercamos los unos a los otros y nos fortalecemos a partir de la experiencia.

No dejes que las peleas te desanimen. Ya vez que son comunes (¡consuélate si estás bajo el promedio!) y cruciales para el crecimiento de nuestras hijas. Sólo mantente constante en tu amor y apoyo. Este es realmente un caso en donde el amor lo conquista todo (¡especialmente cuando está mezclado con una saludable cuota de rezos!).