Si eres como yo, probablemente has asistido a muchas bodas (gracias a Dios). Y si eres como yo, probablemente has esperado con ansiosa expectación que el novio rompa la copa para que todos puedan gritar "¡Mazel Tov!" y puedan empezar las celebraciones.

Sabemos que rompemos la copa para recordar la destrucción del Templo en Jerusalem. Quizás incluso pusimos atención cuando el rabino mencionó que la alegría del pueblo judío nunca está completa precisamente por esta pérdida. Quizás incluso derramamos una lágrima cuando el vocalista cantó, "Si me olvidase de ti Oh Jerusalem…" Pero luego rápidamente seguimos adelante.

No está mal seguir adelante. Es una simjá, una celebración y nuestra labor es alegrar a la novia y al novio.

Pero experimentar el dolor de la pérdida – la sensación de que algo está faltando – debería ser real. Es una tarea difícil. Para la mayoría de nosotros la pérdida del Templo es ilusoria, está fuera de nuestra experiencia. Es demasiado fácil olvidarse de él, si es que fue alguna vez realmente recordado.

Yo solía sentirme así. ¿El Templo? ¿El dolor? Una idea intelectual. Ningún molesto sentido de pérdida impediría mi alegría en una boda. ¿Cómo podía conectarme con ese antiguo dolor?

Pero ya no me siento más así. Desde la muerte de mi pequeña nieta, cargo conmigo una sensación de dolor donde quiera que vaya. La pérdida está siempre presente. A veces está escondida bajo la superficie – pero emerge en momentos inesperados.

Estoy consciente de que ella no está más aquí. El dolor se eleva, y no es apaciguado con nada.

E, irónicamente o no, he encontrado que las bodas son uno de esos momentos. En medio de la alegría y la familia, entre los niños y nietos y tías, tíos y primos presentes en la simjá de todos, yo estoy vívidamente consciente de nuestra pérdida. Estoy consciente de que ella no está más aquí. El dolor se eleva, y no es apaciguado con nada.

Y pienso en mí misma (después de que controlo mis emociones y pongo una sonrisa en mi cara), así es como deberíamos sentirnos por nuestra pérdida nacional – la destrucción del Sagrado Templo.

El dolor siempre debería estar allí, al borde de nuestra conciencia, listo para elevarse en nuestros momentos de alegría, de tristeza y de todo lo que hay entremedio.

Mientras la novia y el novio se unen y comienzan a construir su hogar, nosotros no deberíamos olvidar que el hogar de Dios fue destruido, que Él ya no tiene un lugar para residir en este mundo.

Nos sentimos cómodos, nos sentimos satisfechos. No siempre nos damos cuenta que algo está faltando. Sin embargo, las bodas nos recuerdan. Nuestros deseos para la pareja reflejan no solamente nuestro deseo por su alegría y logro personal sino nuestras aspiraciones nacionales también – como dice la bendición, "Que se escuche pronto en las ciudades de Iehudá y en las calles de Jerusalem el sonido de alegría y el sonido de regocijo".

Incluso los hogares que construimos deben ser un Beit Hamikdash meat – un “Templo en miniatura”, un pequeño santuario hasta que el Tercer Templo en Jerusalem sea reconstruido. Queremos crear un lugar sagrado para que Dios resida dentro de nuestras casas, manteniendo en mente la meta de un hogar para todos.

Sí, a veces es difícil enfocarse en la pérdida. A veces leemos historias del Holocausto y reflexionamos sobre recientes actos de terrorismo para recordarnos. Y a veces accedemos a nuestras tragedias personales también.

Pero también quiero sugerir una forma de avanzar este año, una forma de invocar el pasado mientras miramos hacia el futuro. Quizás si todos decidimos que realmente queremos que nuestros hogares sean pequeños tabernáculos, lugares para que Dios resida en este mundo – y nos aplicamos seriamente para crear la atmósfera correspondiente – un hogar de respeto, de cortesía, de dignidad, de calidez, de santidad – quizás si todos convertimos nuestro hogar en un lugar especial (ya sea que vivamos solos, con nuestros padres, con una compañera de cuarto, con nuestra pareja o con nuestros hijos), entonces crearemos las condiciones en la tierra para que ese sagrado espacio mayor sea reconstruido.

Sí, deberíamos compenetrarnos con la alegría de una boda. Deberíamos bailar con exhuberancia y placer. Pero nuestras emociones deberían siempre ser matizadas por el recuerdo de esa dolorosa y constante tragedia de la historia judía, así como las mías están siempre matizadas por la memoria de Rena. Nunca viviré el quiebre de una copa de la misma forma otra vez.