Estábamos en la casa de unos amigos con nuestro rabino. Nuestro amigo le ofreció al rabino una taza de té. Cuando el rabino aceptó la oferta, nuestro amigo le pidió a su esposa que le preparara una taza de té. Para su esposa fue un placer hacerlo; pero el rabino reprendió suavemente a nuestro amigo: “Veo que no te encuentras entre aquellos cuya meta en la vida es el crecimiento personal. Cuando ellos le ofrecen a alguien una bondad, ¡lo hacen ellos mismos!”.

Este episodio tuvo un gran impacto sobre mi esposo y sobre mí. Aunque no siempre tenemos suficiente conciencia para comportarnos de la forma más apropiada, después siempre nos damos cuenta y lo único que tenemos que hacer es comenzar la frase con: “Veo que no te encuentras entre aquellos cuya meta en la vida es el crecimiento personal…” Es una alerta automática.

Pero no es una idea original de nuestro rabino. Él lo aprendió de la Torá. Cuando Abraham corrió a recibir a los tres extraños, le pidió a su esposa Sará que amasara y preparara pasteles y a su hijo, Ishmael, que preparara un ternero. No es que Abraham no hiciera nada; él sirvió a sus visitantes, les lavó los pies, estuvo muy involucrado. Pero él ofreció a los invitados bondades particulares para las que luego reclutó la ayuda de otros. Eso tuvo consecuencias. Los actos que Abraham hizo por sí mismo fueron recompensados directamente por Dios. Pero aquellos actos en los que reclutó la ayuda de otros, Dios hizo lo mismo y lo recompensó a través de un mensajero, de un ángel.

Es una línea fina. Queremos hacer participar a otros. Necesitamos su ayuda, es por su bien, queremos preparar a nuestros hijos… Pero tenemos que asegurarnos de hacer nuestra parte, de no estar aprovechándonos ni forzándolos, de no hacer nuestro jésed, nuestros 'actos de bondad', a costa de ellos.

Recuerdo que cuando mis hijas estaban en la escuela secundaria tenían un programa de jésed. Mis hijas se inscribieron para ayudar después de la escuela a madres que estaban abrumadas con las tareas escolares, quehaceres domésticos, lo que se te ocurra. El problema (está bien, ¡el desafío!) era que las familias por lo general vivían bastante lejos y mis hijas todavía no podían conducir. Ya puedes ver a dónde apunto… Muchas tardes, justo antes de la la cena y de las tareas de los niños más pequeños, tenía que llevar a mis hijas a cumplir sus compromisos de jésed. No sólo dejaban atrás a su propia madre abrumada sino que yo sentía que la escuela no podía obligarlas a hacer jésed a costa mía; actos de bondad que no podían realizarse sin mi participación.

Quizás yo hubiese escogido hacerlo de todas formas. Quizás hubiera pensado que era suficientemente valioso para mis hijas y que valía la pena mi esfuerzo extra (¡o quizás no!). Pero pensaba que tenía que ser mi elección y sentía resentimiento porque me forzaban a hacerlo.

Por otro lado, cuando tenemos invitados, ya hace años que mantengo una rotación para poner la mesa y ciertamente una expectativa sobreentendida respecto a ayudar a servir. Me gusta pensar que mis hijos lo hacen porque quieren, porque es un reflejo de su propia bondad desarrollada e interiorizada; pero es posible que ellos piensen que soy hospitalaria a costa de ellos. La vida es complicada.

Yo no tengo todas las respuestas, sólo presento las preguntas. Creo que lo que aquí hace falta es conciencia y pensamiento (como en todas las cosas). Cuando tienes una familia numerosa, a menudo se asume que los hijos mayores deben ayudar a criar a los menores, y de esa forma alivianar la carga de la madre. Yo nunca estuve de acuerdo con esta idea porque sentía que mis hijos no escogieron tener más hermanos. Esa fue mi decisión, por lo tanto era mi responsabilidad y no la de ellos (Si les preguntan a ellos pueden oír una historia diferente, así que, por favor, no les pregunten).

No es que Abraham (o mi amigo) estuviera equivocado per se. Sólo no era el comportamiento que recibe todos los créditos. Hay ciertos momentos en los que es apropiado solicitar la ayuda de otros (al planificar un gran evento para recaudar fondos, por ejemplo). Pero cuando se ofrecen bondades personales, entonces quien lo ofrece debe ser quien lo hace.

A veces (de acuerdo, no demasiado a menudo) nos invitan para alguna comida de Shabat. Yo ofrezco llevar el postre. Si una de mis hijas tiene ganas de hornear (sí, eso pasa por aquí) y prepara el postre para nuestros amigos, no me parece estar transgrediendo este principio. Pero, ¿qué pasa si yo le pido que lo prepare?

Es una cuestión de criterio; puede ser sutil. Pero como todas las ideas de Torá, da para pensarlo y nos recuerda que siempre tenemos que estar alertas y conscientes.