Mi amiga tuvo un grave accidente de tránsito hace unos días. Gracias a Dios, tanto ella como su esposo están “bien”. No perfectamente bien; tienen esguinces y dolores, pero no sufrieron heridas serias, así que ella eligió decir que están bien. Fue un accidente aterrador, se abrieron las bolsas de aire y el auto quedó destruido.

El accidente ocurrió temprano en la mañana durante las vacaciones de invierno, cuando el tráfico era bastante ligero. Por eso a veces la gente presta menos atención. La jovencita que cruzó con el semáforo en rojo y se estrelló contra el auto de mi amiga entra en esa categoría. Ella no había bebido alcohol (¡era un poco temprano para eso!), ni estaba enviando mensajes de texto (ni siquiera tenía su teléfono con ella). Simplemente no estaba concentrada y no esperaba encontrarse con otros autos. Gracias a Dios, su falta de concentración no tuvo consecuencias más serias.

La joven salió del auto sin siquiera un rasguño, pero ciertamente alterada por la situación. Mi amiga, aunque agitada, tuvo piedad de esa jovencita. Siendo madre y abuela, pudo empatizar con los pensamientos y las preocupaciones de esa conductora. Ella vio su susto y su dolor y, en vez de enfocarse en sí misma se esforzó por consolar a la joven.

Después de tranquilizarla diciéndole que estarían bien (y de recibir los datos del seguro), mi amiga tuvo la bondad y la calma de darle un gran abrazo y despedirse deseándole que tuviera un buen día. Yo me impresioné al escuchar la historia. Fue un acto de tanto altruismo. Y de autocontrol.

La reacción más típica en ese escenario hubiera sido saltar afuera del auto y gritar, “¡¿No me viste?! ¡¿Por qué no estabas mirando por dónde ibas?!”. Preguntas inútiles, pero demasiado comunes. Entre el miedo, el enojo y el posible dolor, las personas normalmente no muestran la mejor parte sí mismas en esta clase de situaciones.

Sin embargo mi amiga sí lo hizo. Ella no se enfocó en su propia incomodidad y dolor. Ella no pensó en su auto destruido y cómo eso afectaría su carrera y sus actividades diarias. Ella no se preocupó por las cuentas, las visitas al médico y las subsiguientes dificultades. Ella solamente pensó en una jovencita asustada y cómo podía tranquilizarla.

El otro día fui a visitar a mi amiga. Ella está prácticamente confinada a su casa (excepto por las visitas al médico), luchando para recuperarse de los efectos del accidente. Camina con cautela y sufre dolores constantes. Pero no se arrepiente de cómo se comportó y sigue sintiendo solamente compasión por la jovencita que la chocó.

Como por el momento no puede ir a trabajar, pasa su tiempo pensando en cuán afortunada es de estar viva, enfocándose en todo lo bueno que tiene en su vida e intentando descifrar cómo puede crecer a partir de esta experiencia. ¡Yo creo que ya lo hizo! Pero tal vez no comprende que ella no es la única. A través de su ejemplo, todos nosotras, sus amigas, también hemos crecido. Ahora valoramos más, tenemos más gratitud y hemos aprendido lo que significa pensar en los demás, incluso en una situación muy estresante.

Realmente lamento que ella haya tenido que experimentar el accidente y sus consecuencias, pero no lamento haber tenido la oportunidad de aprender y crecer a partir de su reacción.