Escuché el rumor de que en ciertos kibutzim izquierdistas comen cerdo en Iom Kipur. Su meta aparente es demostrar que el día es completamente irrelevante para ellos. Siempre pensé que si realmente no significara nada, ellos lo tratarían realmente como un día normal y no organizarían una comida dramáticamente desafiante. Claramente aún significa algo para ellos.

Lo mismo ocurre con los niños que pelean con sus padres para probar su independencia. La independencia no necesita ser afirmada. Los niños que han madurado y cultivado su propia individualidad no necesitan provocar una pelea con sus padres para demostrarlo.

Y creo que lo mismo aplica para Kjerstin Gruys, una estudiante de doctorado de UCLA que pasó un año entero sin verse en ningún espejo para alejarse de una insaludable obsesión con su imagen corporal (y presumiblemente para escribir su libro Mirror, Mirror Off the Wall). Sin embargo, el espejo no es el problema (aunque ella dice que la mujer promedio se mira en el espejo un promedio de 70 veces al día, ¿Es eso posible? ¡¿No estamos todas demasiado ocupadas para eso?!). Al igual que con los otros ejemplos, la verdadera independencia de su obsesión transformaría a los espejos en algo irrelevante, y no en algo tabú.

Yo ciertamente estoy de acuerdo con la Srta. Gruys en que mirarse al espejo 70 veces al día es demasiado. Pero no creo que los espejos sean realmente el problema. El problema es el deseo de vernos atractivos. Es natural y normal. E incluso puede ser algo bueno. Queremos asegurarnos de que estamos presentando una imagen apropiada de nosotros mismos.

Y ahí es donde está el problema. La obsesión con la apariencia en detrimento de todo lo demás significa que hemos pasado por alto una de las lecciones cruciales de la vida en el camino, una lección que no puede aprenderse simplemente evitando todos los espejos.

Significa que nadie nos enseñó que nuestro yo interno es más importante que nuestro yo externo. Nadie nos aconsejó enfatizar el carácter por sobre la belleza. O quizás sí lo hicieron, pero no les creímos porque no vimos a nadie dando el ejemplo. Y eso es una verdadera lástima.

Es un balance delicado. Que el carácter sea nuestro foco principal no significa que debemos andar sucias, descuidadas y vistiendo una arpillera. Eso tampoco es independencia.

La preocupación sobre nuestra apariencia física está aquí para quedarse. Sólo que no debe ser nuestro foco principal.

Queremos vernos presentables. Queremos vernos dignas. Queremos que nuestra apariencia refleje nuestra bondad interna. No queremos vernos como que no nos importa y no queremos vernos como que nos importa demasiado. No queremos estar obsesionadas y no queremos ser despreocupadas. Queremos un balance saludable, una relación saludable con nosotras mismas, una perspectiva saludable sobre nuestros cuerpos, una actitud saludable en relación a nuestra apariencia externa y un enfoque saludable en nuestras características y nuestras almas.

Las reacciones extremas usualmente no son efectivas, al igual que las dietas relámpago no duran mucho. Los espejos son parte de nuestras vidas. La preocupación sobre nuestra apariencia física está aquí para quedarse. Sólo que no debe ser nuestro foco principal.

La Srta. Gruys ciertamente tenía razón en tratar de restarle importancia al rol de la apariencia física; de disminuir el tiempo invertido en mirarse al espejo. Pero si todo el tiempo y esfuerzo utilizado en enfocarse en el yo externo no fue remplazado con un enfoque en desarrollar la personalidad interna entonces quizás todo el experimento fue para nada.