Nuestros hijos son nuestros más grandes maestros. De ellos aprendemos a apreciar e interactuar con todo tipo de personalidades, conocemos las innumerables diferentes combinaciones de características posibles y poco a poco nos instruimos para saber cómo navegar esas potencialmente aguas engañosas.

Creo que una de las lecciones más importantes que aprendemos de nuestros hijos es la compasión: por los desafíos de otros, por aquellos que son diferentes a nosotros, por lo difícil que puede ser la vida para algunos, por las diferentes habilidades para manejar las vicisitudes de la vida.

Pensé en todo esto cuando leí un extracto del nuevo libro de Heather Lanier, Raising a Rare Girl: A Memoir (educando a una niña única: una memoria), sobre su hija con síndrome de Wolf-Hirschhorn (madre e hija están en la foto de arriba). Como todos los padres y particularmente los padres de hijos con necesidades especiales, puede haber mucho juicio aquí. Quizás lo peor de todo es el tweet del biólogo evolutivo, Richard Dawkins. A sus ojos, era inmoral para una mujer dar a luz a sabiendas a un hijo con Síndrome de Down porque “las discapacidades disminuyen la felicidad e incrementan el sufrimiento”.

No voy a comentar sobre su crueldad e insensibilidad. Ni siquiera voy a hablar sobre cuán lejos está de entender el valor de la vida de cada individuo, lo que podemos aprender de cada ser humano, su camino individual de crecimiento y más.

Solamente me voy a enfocar en la errónea suposición principal de Dawkins: que de alguna manera la vida se trata de 'aumentar felicidad y disminuir sufrimiento'. Esta definitivamente NO es la posición judía. En primer lugar, felicidad y sufrimiento no son mutuamente excluyentes. El crecimiento puede llegar a través de sufrimiento y la felicidad puede ser una consecuencia de ese crecimiento. No podemos evitar sufrir, sin importar cuanto lo intentemos. Aprendemos a través del sufrimiento. Descubrimos nuestro potencial latente a través del sufrimiento.

Aunque no lo escogeríamos necesariamente, a menudo estamos agradecidos por la forma en que esas experiencias dolorosas y desafiantes nos moldean (lee el conmovedor artículo de Jodi Samuel).

Segundo, la meta de la vida no es la felicidad (o su búsqueda). Una vida bien vivida, una vida de preocuparse por otros, de conectarse con Dios y una comunidad, a menudo lleva a un sentimiento de felicidad, pero ese nunca es el fin en sí mismo. Una vida utilizada para intentar aumentar la felicidad y evitar el sufrimiento, es a menudo una vida vacía, desprovista de significado y de las relaciones que hacen a la vida tan preciosa, ¡y simultáneamente tan desafiante!

La Sra. Lanier llega al reconocimiento a través de sus experiencias criando a su hija con necesidades especiales y lo expresa más hermoso y articulado que yo. Ella da crédito a su hija por haberle otrogado el regalo de este entendimiento y la perfecta refutación para Dawkins.

Ella escribe: “Una mejor vida no es aquella que se mantiene alejada de la mayoría de las situaciones que producen dolor, o en donde la persona se las arregla para llegar al final y que todos declaren 'La tuvo fácil', o 'Ella era la persona menos sufrida que conozco'. Esta creencia en la virtud de una vida ‘feliz’ y libre de sufrimiento, nos esteriliza y nos reduce, minimizando lo que hace al ser humano hermoso”.

Leí esto en un día en que me estaba sintiendo un poquito (de acuerdo, ¡muy!) abrumada por todas las “oportunidades de crecimiento” en mi vida y las vidas de aquellos que quiero, por el aparente aumento del sufrimiento (¡aunque obviamente no corresponde a la diminución de la felicidad!) y fue un bienvenido recordatorio para reenfocar mi concentración en el crecimiento disponible y no en el dolor padecido o esfuerzo requerido. Esta historia de lucha no me deprimió; me levantó el ánimo mientras apreciaba el amor y preocupación y alegría que los seres humanos son capaces de descubrir y compartir.