Después de que su esposo había fallecido, la abuela de mi esposo estaba lamentándose con su hija sobre su soledad. “Puedes hablar conmigo”, la consoló su hija.

“No quiero hablar contigo; ¡quiero hablar sobre ti!”, respondió la afligida madre.

La soledad viene en muchas formas. Afecta a los ricos y a los pobres, altos y bajos, educados y analfabetos. Nuestro trabajo es ser sensibles a ella y responder ante las necesidades de las otras personas de la mejor manera posible.

En el escenario anterior, claramente mi suegra no era la persona indicada para resolver la soledad de su madre. Ella necesitaba pares, amigas y quizás otro esposo. Una de las cosas principales que debemos entender es que la soledad es diferente para cada persona. No hay una solución de “talla única” para la soledad, tal como no hay una descripción única de ella. La soledad es diferente para cada persona.

Algunas cosas son obvias. Vemos a los solteros, los divorciados y los viudos, y nuestro corazón sufre por ellos. Sabemos que debemos invitarlos a cenar, salir con ellos a tomar un café y como mínimo llamarlos. Nos conmueve su situación… y luego seguimos con nuestras vidas. Es una especie de insensibilidad en la que tenemos que trabajar duro para remediar.

Pero (¡como siempre les digo a mis hijos!), el matrimonio no es la solución para la soledad. Muchas personas se sienten solas dentro de sus matrimonios. Y eso puede ser incluso más triste que las situaciones más obvias… ¿quién puede juzgar?

De vez en cuando nos encontramos con alguien —en un almuerzo, en una fiesta, una clase— que parece monopolizar la conversación, que parece hablar y hablar y hablar y hablar… hasta que yo educadamente miro mi reloj y muestro (falsa) sorpresa de cuán tarde es. Yo solía catalogar a esas personas como engreídos, egoístas y odiosos. Pero al mirarlos con más compasión, ahora pienso que esas personas son realmente personas solitarias. Muchos de ellos están casados, pero ya sea que el matrimonio es limitado o que la necesidad es muy grande, su deseo de conexión no está siendo satisfecho.

Somos seres sociales; necesitamos desesperadamente conectarnos. E intentaremos hacer que eso ocurra de cualquier forma posible (a veces con consecuencias destructivas).

Para algunas de estas situaciones hay organizaciones que intentan ayudar, organizaciones maravillosas en realidad. Pero nada reemplaza el toque personal, la nota o la invitación que dice “estoy pensando en ti” y, más importante todavía, “me importas”.

Todos estamos ocupados. Todos estamos involucrados en organizaciones comunitarias y atendiendo a nuestras familias. Pero si desviamos la irada nos estamos haciendo daño. No podemos ayudar a todos, pero uno o dos o tres; como dicen nuestros sabios, “Una Mitzvá lleva a otra”. Un poco más de bondad, un poco más de consideración, un poco más de esfuerzo… podemos hacerlo.

En el fondo, entendemos cómo se siente nuestro prójimo porque en realidad todos nos sentimos solos. Al final, la única relación que provee consuelo y llena ese hoyo es nuestra relación con Dios. Todos nosotros tenemos que desarrollar esa relación. Todos nosotros tenemos que poner nuestra atención ahí. Todos nosotros tenemos que reconocer que esa es la única cura. Pero darles a otros es un buen comienzo…