Los estudios muestran que los niños absorben mucha información de las historias familiares y que las mejores incluyen lecciones de vida.

“Cumplen una función muy importante al enseñarle a los niños: ‘Aquí pertenezco. Soy parte de estas historias’. Proveen no sólo un libreto para la vida, sino un set de valores y guías”, afirmó Robyn Fivush, profesora de psicología y directora del Instituto de Humanidades de la Universidad Emory.

Por supuesto esto es algo que el pueblo judío sabe hace tiempo; es una tradición que cumplimos cada semana, cada año. Las historias familiares son la columna vertebral de nuestra existencia. Ellas nos sostienen y nos nutren, nos educan y nos guían.

La historia de nuestra familia es, por supuesto, nuestra Torá, nuestras instrucciones de vida, nuestra brújula moral. Es el regalo que Dios nos dio y nuestra herencia familiar. Nosotros pensamos en la familia en un sentido mucho más amplio que la autora de ese artículo.

Ella cita el ejemplo del profundo impacto que tienen en los nietos las historias de las vidas y los desafíos de sus abuelos. Pero los judíos vamos mucho más lejos. Nosotros nos vemos inspirados y conmovidos por las acciones de nuestros patriarcas Abraham, Itzjak y Iaakov y de nuestras matriarcas Sará, Rivká, Rajel y Leá. Y por todos sus descendientes.

Nuestras historias familiares son relatadas en la Torá, las leemos semanalmente y las transmitimos de generación en generación. Dios entiende la fuerza que tienen las historias. Él hubiera podido darnos un documento seco que solamente enumerara los mandamientos. Pero Él sabe que las historias son cautivadoras; que ruegan ser relatadas una y otra vez. Ellas están sujetas a la interpretación y el entendimiento. Podemos adoptarlas como propias.

Las historias nunca envejecen. Siempre hay algo nuevo que aprender, que descubrir, un entendimiento que deducir, una pregunta que formular. Siempre hay algo para cada edad y para cada generación. No nos aburrimos cuando crecemos; simplemente vamos más profundo.

Hay muchas historias familiares que pueden ser inspiradoras, muchas que pueden alentar, muchas que deberían provocar gratitud, muchas que definitivamente deben ser contadas y transmitidas.

Yo disfruto al ir a casas en las que hacen shivá (sé que suena extraño, pero sigan leyendo) porque me encanta escuchar sobre las vidas vividas por los padres de mis amigos y conocidos, personas que yo nunca vi o apenas conocí. Cada una es un mundo.

Hace poco escuché toda una historia sobre los viajes de una persona desde Alemania hasta Shangái, a los Estados Unidos, a Bolivia y de regreso a los Estados Unidos. Fue fascinante. Todo un mundo, tanto para aprender… Nunca debemos dejar de contar esas historias y de formular preguntas para darles lugar.

Es una lástima guardar las historias familiares importantes sólo para contarlas una vez al año (¡que pena reunirse tan poco!). Qué afortunados somos de relatar constantemente nuestra historia familiar. En Pirkei Avot se nos advierte no sentirnos nunca satisfechos con lo que aprendimos. ¿Quién se cansa de escuchar una buena historia?

Me encantan las historias, desde Dr. Seuss a Tolstoi, pero las historias de nuestra familia, las historias de lo que nos formó, son las mejores de todas. A los niños pequeños les encantan las historias de cuando sus padres eran pequeños (¡en especial de las veces que nos metimos en problemas!). Ellos pueden aprender, crecer, tranquilizarse a partir de nuestras experiencias. Pero la mejor historia de todas es la que nos dio Dios, la historia de nuestro pueblo y de nuestra relación especial con el Rey del Universo.  

Ahora pónganse el pijama y siéntense cómodos, ¡tengo una gran historia para contarles!