Un artículo del periódico Wall Street Journal titulado "Los maestros rigurosos producen buenos resultados" tocó un punto sensible; resonó con muchos de nosotros, quienes nos sentimos un poco consternados con la dirección que ha tomado la educación hoy en día.

Todos recordamos a aquel maestro o maestra (¡tienes que tener mucha suerte para haber tenido a más de uno!) que sobresalía del montón. No por su calidez (aunque no tengo nada en contra de la calidez), ni por su creatividad (aunque no tengo nada en contra de la creatividad), ni por sus alabanzas efusivas y no merecidas (con las que si tengo algo en contra), sino que sobresalía porque era riguroso pero justo. Tenía expectativas, pero no del tipo irracional. Nos hacía trabajar duro, pero por nuestro propio beneficio. Era estricto, pero lo hacía para que tomáramos las lecciones seriamente. Nos hacía entrenar una y otra vez porque era una estrategia de enseñanza efectiva. No aguantaba las tonterías y no se conformaba con la mediocridad.

El nombre de mi maestrea era Srta. Dick. Era mi maestra de francés en la escuela secundaria. No era particularmente amigable o popular, pero nos hacia trabajar y nos desafiaba a tener éxito. Yo la respetaba.

Ella se parecía al Sr. Kupchynsky al cual hace referencia el artículo, cuyas estrategias de enseñanza el autor elogia y cuyas filosofías son elaboradas en el libro Strings Attached: One Tough Teacher and the Gift of Great Expectations (Ataduras: Un maestro riguroso y el regalo de las grandes expectativas).

Pero no puedo decir lo mismo de mi maestro de inglés, quien trataba mucho de estar en onda, de estar “au currant”, de ser nuestro amigo... y quien más adelante apareció en una de las fiestas de estudiantes de primer año. ¡Puaj! En su clase no aprendí nada y él no engendraba ningún tipo de respeto.

El Sr. Kupshynsky tenía ciertas filosofías educacionales básicas, muchas de las cuales, desgraciadamente, hoy no son populares.

Una de ellas era que está bien fallar. Sí, leíste bien. Contrario a la creencia popular, los niños aprenden más si están preparados para fallar, si están preparados para tomar riesgos. Nadie se beneficia cuando “todos son ganadores” o cuando juegan demasiado a la segura. Los estudiantes del Sr. K decían: “Él nos enseñó cómo fallar... y cómo levantarnos nuevamente”.

La fuerza de voluntad y la tolerancia a la frustración son más importantes que el talento.

Esto es crucial. Nunca intentaremos nada —ya sea aprender a esquiar, tocar un instrumento, resolver una ecuación matemática difícil o descubrir la cura para el cáncer— si tenemos miedo al fracaso. La mayoría de las personas exitosas (hombres de negocios, científicos, escritores, etc.), tuvieron muchos fracasos bajo sus cinturones antes de convertirse en exitosos, ¡e incluso después de ello! El fracaso no es el problema, sino cómo respondemos a él.

Un amigo me dijo que cuando entrevista a potenciales nuevos empleados les pide: “Cuéntame sobre alguno de tus fracasos”. Él cree que aprenderá más del carácter del candidato a partir de esto que de una historia de éxito. Los niños y los adultos deben aprender a fallar, a tolerar la frustración, a lidiar con la desilusión, y a volver a subirse al caballo. El Sr. K estaba preparando a sus estudiantes para vidas exitosas, a pesar de que puedan haber fallado en un examen o dos. Puede que él no se haya dado cuenta, pero también estaba poniendo en práctica la sabiduría del Rey Salomón, quien escribió en Proverbios (24:16) “el justo cae siete veces, pero se levanta”.

Otro de los principios fundamentales del Sr. Kupshynsky era que el coraje —determinación, perseverancia, tenacidad— supera al talento. El talento es un regalo: algunos lo tienen, algunos no. Pero todos podemos trabajar duro. Especialmente si creemos que podemos mejorar. Si nos dicen que ya somos especiales y perfectos, no hay adónde ir. Pero si nos dicen que tenemos la habilidad para tener éxito, con las herramientas apropiadas y el trabajo apropiado, entonces las posibilidades son infinitas. La fuerza de voluntad es más importante que el talento. La tolerancia a la frustración es más importante que el talento. El optimismo en relación a las posibilidades futuras es más importante que el talento. Y trabajar muy duro es ciertamente más importante que el talento.

El Sr. K suena como un maestro muy sabio y centrado. Estoy ansiosa de leer el libro. Pero conmigo, él estaría simplemente “sermoneando al coro”. Yo ya comparto sus filosofías. Sólo espero que aquellos que no —padres, maestros, administradores, oficiales de gobierno, etc.— al menos miren la portada y lean lo que sus estudiantes dijeron sobre él. El futuro de nuestros hijos puede depender de ello.