Cuando mis hijos eran pequeños les encantaba escuchar una canción sobre un padre que no hace caso al consejo de su amigo y lleva a sus hijos a un negocio. Lo que ocurre a continuación es una letanía de demandas y una cacofonía de ruidos hasta que el pobre padre acosado se rinde y les compra a sus hijos lo que le piden. Lo gracioso de la canción es que una hora después de volver a casa… ¡todos los niños se quejan de estar aburridos!

La canción es graciosa (y dolorosa) tanto para los padres como para los hijos porque toca un punto sensible. Todos lo experimentamos. Lo que me interesa no es la idea de los niños que se quejan de estar aburridos, sino nuestra reacción. Si observamos el mundo actual, parece que los padres están aterrorizados ante esa posibilidad. Los niños tienen programas desde la mañana hasta la noche, corren de la escuela a las clases de deporte, danza y música. Las minivans tienen incorporados reproductores de DVD para que en los viajes largos los niños puedan ver una película y no nos arriesguemos a que se aburran (o peleen con sus hermanos, que era la actividad preferida por muchos niños en los días de antaño). Los restaurantes tienen en las mesas iPads para mantener ocupados a los más pequeños. Incluso a mi pequeña nieta de 18 meses le gusta sentarse con algún teléfono y pasar las fotografías. Ahora resulta tierno, pero no siempre lo será…

¿Las necesidades de quién se satisfacen aquí? ¿Por qué la frenética compulsión de llenar cada minuto?

Pienso que todo se basa en el miedo. Quizás hay dos miedos principales. No digo que sean miedos irracionales, pero quizás son miedos que tenemos que enfrentar, aceptar y superar.

El primero es el miedo de que si nuestros hijos se aburren, nos busquen a nosotros para entretenerse. Para la mayoría de los padres, esta es una idea aterradora. No sólo no nos sentimos aptos para la tarea, sino que además sentimos que tenemos demasiadas otras cosas que hacer y no tenemos tiempo para entretener a nuestros hijos. Puedo sentir empatía hacia  este primer miedo. No todos somos creativos, no se nos ocurren siempre proyectos o juegos emocionantes y ni quiero empezar a hablar del posible desorden resultante.

Pero tras haber dicho eso, debo afirmar que tengo menos empatía hacia el segundo argumento. Sí, todos estamos ocupados. Pero pasar tiempo desestructurado con nuestros hijos es parte de nuestra tarea, es parte de la forma en que creamos vínculos con ellos, es parte de cómo creamos recuerdos perdurables. Cuando nuestros hijos están aburridos y acuden a nosotros, es nuestra oportunidad de escuchar, de prestarles atención, de finalmente dedicarles ese tiempo de calidad que decimos querer.

Eso es desde la perspectiva del adulto.

Desde la perspectiva del niño, aunque inicialmente puedan armar un escándalo por su falta de acceso a la computadora, al televisor o a cualquier otro aparato, si nos mantenemos firmes, si nos rehusamos por completo a proveer entretenimiento (porque realmente estamos ocupados o porque pensamos que es la mejor opción en esa situación), finalmente se entretendrán solos. Y en el proceso descubrirán reservas de creatividad que estaban ocultas.

Innumerables “shows” se crearon en tardes sin ningún programa. En nuestro patio tuvieron lugar innumerables actuaciones. Parece que Lin-Manuel Miranda, el creador de “Hamilton”, el exitoso show de Broadway, se inspiró en sus momentos de aburrimiento en su habitación infantil.

Podemos racionalizar o realmente creer que ayudamos a nuestros hijos al mantenerlos demasiado ocupados como para que lleguen a aburrirse, pero me parece que eso impide su crecimiento e inhibe su capacidad de desarrollar herramientas para entretenerse a sí mismos, para aprender sobre el mundo, para crear literatura o nuevas tecnologías. Incluso para fantasear.

Créanme. Entiendo la desesperación que sienten los padres al escuchar esas palabras. Pero una vez que reconocemos que es para su propio bien; que no sólo no es nuestra obligación entretenerlos, sino que ni siquiera es bueno que lo hagamos, entonces podemos decir con seguridad que no somos sus líderes del campamento de verano y dar media vuelta. Más tarde podemos regresar en puntas de pie para verlos o escucharlos hacer sus propios planes y crear su propia distracción.